Un mundo en deuda. La catástrofe capitalista.



Por Raúl Valle

Hay una cifra que debería quitar el sueño a cualquier persona razonable, 348 billones de dólares. Eso es lo que los países del mundo entero deben, según el último informe del Instituto de Finanzas Internacionales publicado ayer, 25 de febrero de 2026. Es un récord absoluto. Solo en 2025 se sumaron casi 29 billones, el ritmo de acumulación más veloz desde la pandemia. Para dimensionarlo, es más de tres veces el producto bruto de todo el planeta. No estamos hablando del futuro distópico de una novela de ciencia ficción. Estamos hablando de hoy, de ahora mismo, del sistema que nos gobierna.

La pregunta que nadie responde en los grandes medios es obvia, si el capitalismo es tan eficiente, tan dinámico, tan superior a cualquier alternativa, ¿por qué necesita endeudarse cada vez más para seguir funcionando? ¿Por qué cada país, cada gobierno, cada banco central, sin importar su signo político, termina hundiéndose en un pozo financiero más profundo que el del año anterior? La respuesta es incómoda, y por eso se la esconde, la deuda no es un accidente del capitalismo. Es su motor.

Empecemos por la causa del sistema. Estados Unidos, la primera potencia mundial, debe 38,4 billones de dólares. Sí, billones con B. Eso equivale a unos 113.000 dólares por cada habitante del país, o 285.000 por cada hogar estadounidense. Solo en intereses, Washington ya paga más de un billón de dólares al año, una cifra que se triplicó desde 2020, cuando rondaba los 345.000 millones. El Comité para un Presupuesto Federal Responsable lo describió como "la nueva normalidad". La normalidad de la locura capitalista.

Pero acá viene lo que muy pocos dicen, la deuda de Estados Unidos es, en su enorme mayoría, una deuda interna. Aproximadamente el 80% está en manos del propio público norteamericano y sus instituciones. El Fondo Fiduciario de Seguridad Social retiene cerca de 2,4 billones de dólares en bonos del Tesoro; le siguen los fondos de retiro de empleados federales, el fondo de seguro hospitalario de Medicare, y otros organismos estatales, que en conjunto suman unos 7 billones en lo que se llama "deuda intragubernamental". Después viene la Reserva Federal, que compra deuda del gobierno con dinero que ella misma crea, un mecanismo que suena a lo que es: una máquina de fabricar billetes sin respaldo real. Y finalmente, bancos, fondos mutuos, aseguradoras, gobiernos estaduales y ciudadanos comunes con bonos de ahorro. El gobierno se debe plata a sí mismo, y le debe plata a sus propios ciudadanos. Es un circuito cerrado de endeudamiento que se sostiene por una sola razón: el dólar es la moneda de reserva mundial, y mientras el mundo la acepte, la máquina sigue girando.

La porción extranjera, sin embargo, es reveladora. En total, gobiernos y entidades de otros países tienen unos 9,4 billones de dólares en bonos del Tesoro norteamericano. Japón lidera con casi 1,2 billones, seguido por el Reino Unido con 888.500 millones. China, que durante una década fue el principal acreedor extranjero de Washington, viene desprendiéndose aceleradamente de esos papeles: sus tenencias cayeron a 682.600 millones de dólares en noviembre de 2025, el nivel más bajo en 17 años. Beijing está diversificando sus reservas hacia oro, inversiones en acciones extranjeras y monedas no estadounidenses. Un economista de la Universidad Fudan lo resumió con una claridad brutal: "La acumulación masiva de deuda se parece más a un esquema Ponzi, donde se usa deuda nueva cada vez más grande para reemplazar la vieja. Por eso China ya no quiere jugar ese juego".

Japón es un caso que merece capítulo aparte. Su deuda pública alcanzó los 1.342 billones de yenes a fines de 2025 (unos 8,6 billones de dólares), un récord histórico. En relación a su PBI, representa más del 200%, una de las ratios más altas del mundo desarrollado. Pero la particularidad japonesa es que esta deuda también es, abrumadoramente, interna. Al cierre de 2024, el 88,1% estaba en manos domésticas: el Banco de Japón poseía el 46,3%, las aseguradoras el 15,6% y los bancos nacionales el 14,5%. Japón se endeuda consigo mismo desde los años noventa, cuando estalló su burbuja inmobiliaria y comenzaron las "décadas perdidas". El gobierno emitió bonos para estimular una economía zombi, y el Banco Central los compraba para mantener las tasas bajas. Tres décadas después, ese mecanismo sigue activo y la montaña de deuda solo crece.

China presenta una arquitectura de endeudamiento distinta pero igualmente descomunal. La deuda total no financiera del país superó el 312% de su PBI en 2024, y la ratio deuda-PBI total tocó un récord de 336% en el segundo trimestre de 2025. El gobierno central mantuvo cierta disciplina formal —su deuda oficial ronda el 88-90% del PBI—, pero la trampa está en los gobiernos locales y sus tristemente célebres Vehículos de Financiamiento de Gobierno Local (LGFVs). Cuando el mercado inmobiliario se desplomó y las ventas de tierras —que financiaban el 80% de los ingresos locales— se desmoronaron, las provincias se volcaron masivamente a estos instrumentos de deuda oculta. Un tercio de las provincias chinas destina todos sus ingresos solo a pagar el servicio de deuda. El FMI estimó que si se incluyen los LGFVs, la deuda aumentada de China trepó al 124% del PBI. El Estado chino empujó los costos hacia abajo, a los bancos estatales, a las compañías de seguros, a los gobiernos subnacionales. Una ingeniería financiera que posterga el estallido pero no lo elimina.

Y después está Europa. La deuda soberana combinada de 28 países europeos supera los 15,2 billones de euros. Solo tres países —Francia, Italia y Alemania— concentran casi 9 billones de esa cifra. Grecia arrastra una relación deuda-PBI del 149,7%, Italia del 137,8%, Francia del 117,7%, y España del 103,2%. La eurozona como bloque tiene una relación deuda-PBI del 88,5%, y sigue subiendo. El Banco Central Europeo queda entrampado, no puede subir las tasas sin asfixiar a los países más endeudados, pero tampoco puede mantenerlas bajas sin alimentar la burbuja.


¿Qué pasa con los que están abajo?

Los países semicoloniales —esos a los que los manuales de economía llaman eufemísticamente "en desarrollo" o "mercados emergentes"— enfrentan una situación que solo puede describirse como saqueo organizado. La deuda total de los mercados emergentes alcanzó los 116,6 billones de dólares, con una relación deuda-PBI que superó el 235%, un nuevo récord. Más de dos tercios de los países de bajos ingresos están en situación de estrés financiero o cerca de estarlo. Y 3.400 millones de personas viven en países que gastan más en intereses de deuda que en salud o educación. Los países africanos, especialmente los subsaharianos, pagan costos de endeudamiento casi diez veces superiores a los de Estados Unidos por la misma operación. Agencias calificadoras con sede en Nueva York y Londres determinan si un país puede acceder a crédito barato o no, con evaluaciones de riesgo que ignoran las mejoras de gobernanza y subestiman las economías informales. La deuda externa de países de ingresos bajos y medios alcanzó los 8,8 billones en 2023, y gastaron 1,4 billones solo en servicio de deuda —un máximo histórico—. Entre 2022 y 2024 registraron 741.000 millones de dólares en salidas netas de deuda externa, el mayor drenaje en medio siglo.


¿Qué función cumple toda esta deuda?

Si el capitalismo fuera lo que sus defensores dicen —un sistema de libre mercado, competencia y crecimiento—, el endeudamiento debería ser excepcional, una herramienta puntual para inversiones productivas. Pero no lo es. La deuda cumple una función estructural doble. Por un lado, es la manera en que el sistema sostiene la tasa de ganancia cuando la producción real ya no la garantiza. El capital financiero creció exponencialmente porque el capital productivo se estancó. Cuando las fábricas ya no dan suficiente rentabilidad, el dinero migra a los bonos, los derivados, los mercados de deuda soberana. Por otro lado, la deuda funciona como un mecanismo de control político. Un país endeudado es un país que obedece. Y ahí es donde entra el andamiaje institucional.

El Fondo Monetario Internacional fue creado en julio de 1944, en la Conferencia de Bretton Woods, New Hampshire, junto con el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (luego Banco Mundial). Participaron 44 países. El contexto era el fin de la Segunda Guerra Mundial y la necesidad de Estados Unidos —que controlaba dos tercios del oro mundial— de diseñar un orden monetario internacional que consolidara su hegemonía. El sistema de Bretton Woods ató las monedas del mundo al dólar, y el dólar al oro. Cuando en 1971 Nixon rompió la convertibilidad oro-dólar, el FMI mutó, dejó de ser el guardián de los tipos de cambio fijos y se convirtió en el gendarme de las crisis financieras, el que decide quién recibe crédito y bajo qué condiciones. Los representantes soviéticos que asistieron a Bretton Woods se negaron a ratificar los acuerdos, denunciando que las instituciones creadas eran "sucursales de Wall Street". Tenían razón. No es por ser soviéticos, sino cualquiera con dos dedos de frente se preguntaría el porqué la convertibilidad de dolar-oro se rompió de su mandato supuestamente natural en la libertad de mercado...y lo empezó a manejar el estado yanqui...

El Club de París, por su parte, nació en 1956 con un acto fundacional que resulta casi poético en su simbolismo: su primera reunión fue con Argentina, que necesitaba renegociar su deuda pública con los acreedores occidentales. Desde entonces, este grupo informal de 22 países acreedores —entre ellos Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia y el Reino Unido— ha alcanzado 483 acuerdos con 102 países deudores, reestructurando unos 616.000 millones de dólares. La lógica es perversa, para acceder a un tratamiento de deuda del Club de París, el país deudor debe tener previamente un programa con el FMI, que exige ajustes, reformas estructurales, recortes de gasto social. Es decir, para aliviar la carga de la deuda, primero hay que aceptar las condiciones que la profundizan. Un círculo perfecto.

El caso argentino es emblemático, casi un laboratorio del endeudamiento semicolonial. Argentina se unió al FMI en 1956 y firmó su primer acuerdo Stand-By en 1958, durante la presidencia de Frondizi. Desde entonces, nunca dejó de gravitar alrededor del organismo. La dictadura cívico-militar de 1976-1983 multiplicó la deuda externa de manera obscena, convirtiendo deuda privada en pública mediante la célebre "estatización" de pasivos ordenada por Domingo Cavallo. Alfonsín la heredó. Menem la profundizó con la convertibilidad y la privatización de todo lo que se podía vender. De la Rúa la llevó al colapso de 2001 y al default más grande de la historia hasta ese momento. Kirchner no saneó la deuda, sí negoció una quita récord, pero pagó con deuda interna toda la deuda con el FMI en 2006, entonces no se hagan los cancheritos que dejó deudas dentro del estado por todas partes que llevaron a tomar deuda para pagarlo, luego. Y así los hizo Macri que volvió a abrir la puerta, en 2018 firmó con el Fondo un crédito de 57.000 millones de dólares, el más grande jamás otorgado por el organismo, destinado en gran parte a financiar la fuga de capitales que el propio modelo macrista alentaba. Hoy, al 31 de diciembre de 2025, Argentina le debe al FMI unos 57.100 millones de dólares. Es el país más expuesto al organismo en todo el mundo, su deuda equivale a 12,6 veces su cuota, un nivel sin comparación (Grecia debe 2,8 veces su cuota, Ucrania 5,4)

Con China la relación es igualmente dependiente pero menos transparente. Argentina figura entre los 20 principales receptores de créditos oficiales chinos entre 2000 y 2023, en el puesto 12, acumulando 36.000 millones de dólares. El instrumento estrella es el swap de monedas por 18.000 millones de dólares con el Banco Popular de China, del cual Argentina tiene activos 5.000 millones que viene renovando año a año. El gobierno de Alberto Fernández usó ese swap para pagarle al FMI y financiar importaciones. Milei, pese a su discurso antiChina, renovó la línea en abril de 2025 bajo presión de la necesidad de reservas. Para Washington fue una afrenta: Mauricio Claver-Carone, enviado de Trump para América Latina, calificó el acuerdo de "extorsión". Pero China respondió que "llamamos a Estados Unidos a hacer contribuciones tangibles al desarrollo de América Latina, en lugar de intentar meter una cuña". La Argentina es el campo de batalla entre EEUU y China, cada uno con su chequera.

Y no es solo el FMI y los Estados. El sector privado financiero, ese que los medios presentan como "el mercado" —como si fuera una fuerza natural y neutra—, está dominado por un puñado de gigantes. BlackRock fue fundada en 1988 por Larry Fink y siete socios, con apenas 5 millones de dólares de crédito del Grupo Blackstone. Fink venía de First Boston, donde había sido pionero en el mercado de títulos respaldados por hipotecas —sí, los mismos instrumentos que detonarían la crisis de 2008—. En 1989, los activos de BlackRock ya eran de 2.700 millones. Hoy gestiona más de 11 billones de dólares. The Vanguard Group, fundada en 1975 por John C. Bogle con su innovadora estructura donde los inversores son los dueños de la empresa, maneja unos 12 billones de dólares. State Street completa la tríada. Juntas, estas tres firmas —conocidas como los "Big Three"— son los principales accionistas del 95% de las empresas del S&P 500. Son los mayores compradores de bonos del Tesoro de Estados Unidos y de deuda soberana de al menos 87 países. Poseen participaciones dominantes en cada sector imaginable: energía, farmacéuticas, alimentos, medios de comunicación, tecnología, bienes raíces. BlackRock opera su sistema de inteligencia artificial Aladdin, que gestiona y evalúa riesgo sobre activos por valor de más de 21 billones de dólares. Vanguard es accionista principal de BlackRock. BlackRock es accionista principal de Vanguard. Un bucle de propiedad cruzada que concentra poder sin precedentes en la historia del capitalismo.

Goldman Sachs y JPMorgan Chase, los dos gigantes de la banca de inversión, operan fondos específicos de deuda de mercados emergentes. Goldman tiene su Emerging Markets Debt Portfolio, donde América Latina representa más del 40% de la asignación regional. JPMorgan elabora el índice EMBI Global Diversified, que es literalmente el termómetro con el que "el mercado" mide el riesgo de cada país del sur global —el famoso "riesgo país" que los noticieros argentinos repiten como un mantra—. En 2025, State Street se asoció con JPMorgan para lanzar un servicio de deuda digital basado en blockchain, tokenizando instrumentos de deuda para liquidarlos en tiempo real. La deuda del futuro ni siquiera será papel, será código en una cadena de bloques controlada por las mismas corporaciones de siempre.

Lo que este panorama revela no es un sistema en crisis accidental. Es un sistema que necesita la crisis. La deuda no es un error de cálculo, o un negocio capitalista, es el mecanismo mediante el cual el capital financiero extrae riqueza de los Estados, disciplina a los gobiernos, y garantiza que los flujos de valor sigan corriendo del sur al norte, de los trabajadores a los accionistas, de los servicios públicos a los balances de los bancos. Cada vez que un país del sur global pide un préstamo, acepta condiciones que abren sus mercados, privatizan sus recursos y desregulan sus economías. El FMI lo llama "reformas estructurales". El Club de París lo llama "tratamiento de deuda". BlackRock lo llama "oportunidad de inversión". En los barrios populares de Buenos Aires, Bolivia, Grecia, de Laos, de Yakarta, lo llaman hambre.

La deuda mundial de 348 billones de dólares no es un problema que el capitalismo tenga que resolver. Es la prueba de que el capitalismo, tal como existe, ya no puede funcionar sin ella. Y mientras las financieras de Nueva York, Londres y Shanghái sigan sentadas en ambos lados de la mesa —prestando el dinero, calificando el riesgo, diseñando los instrumentos, cobrando los intereses y administrando los defaults—, la fábrica de cadenas seguirá produciendo a pleno. Ninguna teoría subjetiva ni marginalista, es el capitalismo... 

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