El gancho al estómago y la estatua de Rodin

 


Por Ariel Alejo Torres

Durante la última manifestación contra la reforma laboral, fiel a mi condición de anarquista autista, me aparté de la primera línea y busqué refugio en un banco cercano al centro de la Plaza del Congreso, justo donde se erige "El Pensador"  de Rodin. A mi lado se acomodó una jubilada peronista de 89 años. Bajo la sombra de bronce, comenzamos a hablar de cómo eran las condiciones laborales de antes. Le conté de mi primer trabajo en Electrónica Liniers, allá por 1987; era en blanco y, a pesar de las devaluaciones continuas de la época alfonsinista, me pagaban siempre con aumentos que lograban empatarle o ganarle a la inflación. Ella me habló de sus inicios, a mediados de los 60, cuando se recibió de oficiala modista.

Ambos observábamos la estatua, pensativos. De pronto, la imagen me transportó. Me acordé de cuando tenía diez años y fui habitante de este mismo barrio; recordé mi patineta roja de plástico, con la que me escapaba a usar las callecitas que descendían como rampas en un Congreso desierto, para luego irme a contemplar a ese mismo Pensador. Hace unos meses supe que la obra de Rodin solo tiene dos gemelos originales: uno en París, en los Champs-Élysées, y otro en el Central Park de Nueva York. ¿Estará el Pensador pensando en dónde se encuentran sus hermanos?

Mi mente volvió al presente, a la ley que se debatía a pocos metros. Llegué a una conclusión: si algo va a multiplicar la "industria del juicio" no será otra cosa que la belicosidad extrema de esta normativa antilaboral y esclavista. Impulsada por una veintena de milmillonarios y sus lacayos, esta ley no hará más que disparar la conflictividad. Pensé también en esa extraña inercia que suele afectar a los pueblos, un *delay* trágico para comprender la profundidad de los cambios a los que son sometidos.

—¿La realidad es horrible? —pregunté al aire.

—Sí —respondió el silencio o quizás la jubilada.

El hecho es que, aunque se apruebe una media sanción, esto no cierra los conflictos. Al contrario, abre un período de muchísimas luchas. En principio, ya tenemos una pequeña gran rebelión en zona norte, en la Fábrica Argentina de Telas Engomadas (FATE), que es solo la punta del iceberg y un símbolo de la defensa del trabajo genuino y por convenio.

La vida es cambio, me dije. Como aquel cambio drástico tras la separación de mis viejos, a mis siete años, cuando nos mandaron a mi hermana y a mí a vivir con mis abuelos. Cursé tercero y cuarto grado en la escuela 90 de la calle Dante, en las calles de tierra de Hurlingham. Yo era de allá. Pero luego vino el salto abrupto, mi mamá retomó su maternidad y nos llevó a vivir al departamento de Ayacucho 23, quinto G. Fue algo que nunca hubiese querido que pasara.

Ese traslado me enfrentó a una nueva escuela, el Nicolás Avellaneda de la calle Talcahuano, frente al Teatro Colón, donde los chicos tenían una costumbre traicionera. Los más matones te encontraban distraído y te metían un gancho de derecha, abajo del esternón, justo en la boca del estómago. Para quien nunca haya pasado por esa circunstancia, les cuento el efecto: una contracción violenta de las vías respiratorias que te deja sin aire, doblado de dolor, asfixiado. No es que yo no conociera la violencia del "te espero a la salida", pero esto era otra cosa; era la maldad por la maldad misma de unos compañeros que, en su mayoría, podían pagar una escuela privada sin dificultad.

Otro recuerdo de esta misma plaza me asaltó: la vez que construí una balsa con palitos de helado entrelazados como mimbre y un grandote empezó a cascotearmela con las piedritas rojas del sendero. Recuerdo que fui hacia él y, sin mediar palabra, sin decir "agua va", le enchufé un gancho en la boca del estómago. El gordo se dobló en el piso, intentando respirar.

La vida en el barrio de Congreso se me hizo una condena. Esperaba a que llegara mi mamá del turno noche de enfermería del Sanatorio Agote, cansada y con sueño, mientras yo preparaba el desayuno para mí y para mi hermana de ocho años. Mi papá estaba semiborrado. Muchas veces pienso que me acercaría a ese Ariel de diez años y le diría: "Fuerza, va a pasar". Y así fue. Finalmente pasó. Hablé con mi papá y le pedí por favor que nos llevara con él. Pasé los últimos tres meses viviendo solo con él —mi hermana se había adaptado mejor— y regresé a cursar el final del año 81 a mi vieja y querida escuela 90. Prefería eso: tomar todos los días el colectivo 641 y reencontrarme con mis compañeros.

Al año siguiente, otro cambio: la escuela 72 Scholnik. Y otra vez, una vez más, ser el nuevo y tener que pelearme por semanas a la salida con los más bravucones, que solían ser bastante más corpulentos. Pero yo ya estaba entrenado. A mis nueve años, antes de todo esto, mi abuelo me había comprado unos guantes de boxeo y me había enseñado una lección vital: la piña tiene que pegar seco, a quebrar, bien al final del recorrido del brazo. Como un latigazo. Pero, sobre todo, me había enseñado a no negociar nunca mi dignidad.

Mi historia escolar no es muy normal; sufrí siete cambios de grado en siete años de primaria. Lo único que realmente no cambió en esos años fue que todo cambiaba, todo el tiempo. Como dice la canción: "vivir es cambiar, en cualquier foto vieja lo verás" .

Pero me fui por las ramas. Volviendo al ahora, mientras el auto de una compañera me traía y me hacía ver la ciudad desde la perspectiva elevada de la autopista, pensaba que esta reforma laboral no es más que parte de un proceso. Un largo proceso.

Lo que observo con preocupación no es solo la ley, sino la traba real del divisionismo, unos sindicatos realizando su acto en la última cuadra de Avenida de Mayo, fuera de la plaza, mientras el resto de los manifestantes se encontraba a dos cuadras, frente al Congreso. Tal como me dijo la señora jubilada sentada en el banco, lo que preocupa en este momento no es la media sanción, al menos para mí. Lo realmente preocupante es el derrotismo de los que no están yendo a llevar su solidaridad a los trabajadores de FATE. Porque, como decía otra canción: "el problema, el mayor de los problemas, es hacerse chiquitito y no buscar la solución" .

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