¿Trump está perdiendo todas las elecciones?
Por Raúl Valle
El fenómeno de Donald Trump en la política estadounidense revela una trayectoria que, a pesar de sus ruidosos retornos mediáticos, está marcada por una incapacidad estructural para sostener mayorías democráticas reales. Si rastreamos su historial, el declive comenzó poco después de su irrupción fortuita en 2016; desde entonces, el trumpismo como marca electoral ha sido una máquina de acumular derrotas en las urnas.
La primera gran señal de este agotamiento se dio en las elecciones de medio término de 2018, donde el Partido Republicano perdió estrepitosamente el control de la Cámara de Representantes, una respuesta directa de los sectores trabajadores y urbanos contra sus políticas de transferencia de riqueza hacia las élites financieras.
Luego vino el golpe definitivo de 2020, cuando el pueblo estadounidense lo desalojó de la Casa Blanca, convirtiéndolo en uno de los pocos presidentes que no logró la reelección inmediata, una humillación que intentó revertir mediante la retórica del fraude que culminó en el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, un acto de desesperación ante la pérdida del poder institucional.
Esta impunidad de la que goza tras el intento de subvertir el orden democrático representa una de las mayores afrentas a la justicia burguesa y una muestra obscena de cómo el sistema legal estadounidense protege a los dueños del capital y el poder político. Mientras cualquier trabajador o activista social enfrentaría décadas de encierro por delitos menores, el líder del movimiento reaccionario no solo evitó la prisión, sino que regresó a la Casa Blanca en enero de 2025, a pesar de que por cargos de insurrección y conspiración contra el Estado le hubiera correspondido una pena de cadena perpetua según el rigor que el propio sistema aplica a otros enemigos públicos.
La gravedad de este blindaje judicial queda en evidencia cuando miramos hacia otras latitudes donde la justicia burguesa, en lo formal, no se ha arrodillado ante el poder, como ocurrió hace apenas unos días, el 19 de febrero de 2026, cuando un tribunal de Seúl condenó a cadena perpetua al expresidente surcoreano Yoon Suk-yeol por liderar una insurrección y declarar la ley marcial para perseguir a la oposición.
La comparación internacional deja al desnudo la debilidad ética de la justicia norteamericana; mientras en Corea del Sur se aplica la máxima pena para proteger la voluntad popular, o en Brasil se ordenó en noviembre de 2025 que Jair Bolsonaro cumpla más de 27 años de prisión por su trama golpista, en Estados Unidos el responsable de quebrar el Estado de Derecho sigue en el poder. Incluso en nuestra región, casos como la condena a 25 años contra Alberto Fujimori fue una conquista histórica de la movilización popular, un dictador juzgado y sentenciado en su propio país por crímenes de lesa humanidad. Esa sentencia grabó a fuego una verdad inamovible, el fujimorismo fue un régimen criminal que utilizó el Estado para asesinar y desaparecer. Sin embargo, su liberación tras 16 años es un zarpazo de la derecha fascista peruana que capturó las instituciones para pisotear la justicia. Al otorgar un indulto fraudulento, la reacción no solo rescató a un genocida, sino que convirtió la ley en una burla para proteger a sus verdugos. Lo rescatable es la victoria de haberlo sentado en el banquillo; lo repudiable es un régimen que libera asesinos para rehabilitar el horror.
Pero el caso del reo de Trump en el imperio es un síntoma de la putrefacción de las instituciones de Washington, que prefirieron el pacto político antes que la igualdad ante la ley, permitiendo que un instigador de la violencia fascista camine libremente.
Esta falta de consecuencias legales para el trumpismo es el motor de su soberbia, pero no oculta su fragilidad electoral, como se vio en las legislativas de 2022, donde sus candidatos fueron rechazados en estados clave por ser considerados demasiado extremistas para el sentido común de la clase trabajadora.
Ahora, aunque ha logrado retornar a la presidencia tras una campaña basada en el miedo, su victoria se asienta sobre un terreno profundamente erosionado por el rechazo popular que se profundiza en los centros neurálgicos de la resistencia. Frente a este estancamiento de la derecha reaccionaria, la verdadera vitalidad política está emergiendo desde la izquierda socialista, que ha dejado de ser un fantasma para convertirse en una fuerza de gobierno tangible, especialmente en las grandes metrópolis.
El caso de Nueva York es paradigmático y representa la vanguardia de lo que es posible cuando se articula una política de clase sin concesiones. Mientras Trump intentaba proyectar una imagen de invencibilidad, la ciudad de Nueva York le propinó un golpe histórico en noviembre de 2025 con la elección de Zohran Mamdani como alcalde. Mamdani, un socialista democrático, no solo derrotó a la maquinaria tradicional del Partido Demócrata, sino que lo hizo aplastando al candidato que contaba con el respaldo explícito de Trump, Curtis Sliwa, demostrando que el discurso de la derecha popular se estrella contra la realidad cuando se ofrece una alternativa que propone vivienda pública y transporte gratuito.
Esta victoria en la capital del mundo no es un hecho aislado, sino la culminación de un proceso de organización desde abajo que viene ganando terreno desde 2018 con figuras como Alexandria Ocasio-Cortez y que se ha extendido a ciudades como Chicago y Los Ángeles, donde la izquierda ha demostrado que puede ganar mayorías gobernando para los inquilinos, para los inmigrantes y para los trabajadores.
El contraste es absoluto, mientras el trumpismo se sostiene mediante la manipulación de las reglas y la impunidad judicial, la izquierda está construyendo un nuevo sentido común en las calles y en las urnas.
La derrota de las dinastías políticas y de los candidatos de la extrema derecha en centros urbanos estratégicos prefigura un 2026 donde el gobierno de Trump podría quedar paralizado por una oposición que ya no le teme y que entiende que no habrá verdadera democracia mientras la justicia siga siendo un privilegio de clase que se detiene en las puertas de la oficina oval.
Las próximas paradas donde el trumpismo enfrenta un abismo son precisamente las elecciones de medio término de 2026, donde la movilización popular ya se está gestando su derrumbe y frenar definitivamente su agenda de retroceso social.

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