Skater: Cultura de Ciudad
Por Raúl Valle
El skate en Argentina nació como un ruido de ruedas sobre cemento en un país en la dictadura, cuando a fines de los años setenta la apertura indiscriminada de importaciones dejó entrar tablas profesionales y revistas como Skateboarder y Thrasher, ofreciendo a una juventud cercada por la censura una ventana prohibida a otro estilo de vida.
Lo que para los tecnócratas era un experimento de liberalización económica se transformó, en las manos de pibes de clase media y trabajadora, en una forma de desobediencia cotidiana, una excusa para apropiarse de la calle y para inventarse una identidad propia al margen de la escuela, la familia y la fábrica.
Entre la crisis del modelo militar y la promesa vacía del consumo, el skate apareció como un juego serio donde el cuerpo, la ciudad y la política contestataria empezaron a mezclarse sin pedir permiso, especialmente cuando un régimen capitalista les cerraba puertas a un trabajo digno, a comprar una moto, a acceder a una vivienda propia o incluso a estudios, poniéndolos fuera del sistema y empujándolos a comunidades de ruedas donde forjaban sus propios lazos de amistad, recreación y supervivencia consciente.
El primer templo de esa fe recién nacida fue el puente de la Facultad de Derecho en Ciudad Universitaria, un brutalismo de hormigón que se volvió pista natural por pura obstinación adolescente. Ese descenso suave pero filoso convirtió un diseño pensado para autos en una rampa para deslizamientos interminables, grinds torpes y saltos básicos con tablas importadas que eran tesoros compartidos entre amigos. La aparición del puente en la comedia Custodio de Señoras de 1979, con Jorge Porcel chocando contra un Falcon en una tabla monstruosa, fue el primer guiño cinematográfico involuntario a una subcultura que ya latía con fuerza propia.
A partir de ahí empezó la arqueología del cemento, ollas improvisadas detrás de supermercados, bowls irregulares levantados en baldíos, media pipes clandestinos en sótanos de tiendas elegantes. En Vicente López surgió la Pista Gigante, incendiada y reconstruida varias veces, mientras en la zona norte del Gran Buenos Aires el bowl de Bancalari, diseñado por Enrique Ezcurra como réplica californiana, albergó sesiones furiosas antes de ser clausurado por ordenanzas municipales.
En La Plata, la fábrica RO-RO-SE en la calle 43 fue el templo platense desde 1983, donde pioneros como Nicolás Uslenghi, Tito Orsini y Negro Ganduglia inventaron airs y grinds en un quarter pipe sin coping, extendiendo la cuna de la primera generación local hasta fines de los ochenta. La precariedad de esas infraestructuras no era una desventaja: era parte de la identidad, una escuela de autogestión donde cada grieta del piso obligaba a inventar un truco nuevo o a caer con más dignidad, mientras la falta de horizontes laborales o educativos los alejaba aún más del sueño burgués de estabilidad familiar y de propiedad.
Con el retorno de la democracia y la expansión caótica del neoliberalismo en los años noventa, el skate se pegó aún más a la calle. En pleno microcentro porteño, entre el Correo Central y Luna Park, un bowl abandonado por Obras Públicas se transformó de 1998 a 2006 en el epicentro nacional, atrayendo miles de fines de semana con música, grafitis y trucos imposibles hasta el desalojo policial por daños y obstrucción. Otros spots como Skabo Parking en Acassuso o el half pipe de Harrods en su sótano marcaron la cronología de una expansión que ignoraba fronteras provinciales.
El Estado miraba con fastidio esa ocupación creativa de un espacio que consideraba de paso y no de encuentro; los comerciantes veían desorden donde los skaters veían comunidad; la policía, como siempre, veía sospechosos. La ciudad funcionaba como una pista gigante donde las fronteras entre lo permitido y lo prohibido se renegociaban truco a truco, y donde jóvenes sin perspectiva de empleo, de comprarse una moto o una casa para independizarse, encontraban al menos un refugio temporal en la hermandad de la tabla.
Esa tensión derivó muchas veces en golpes, detenciones y causas armadas. En 1999, tres skaters fueron brutalmente golpeados en La Plata solo por patinar frente al Teatro Argentino; en 2012, más de diez mil invadieron Plaza de Mayo exigiendo pistas públicas, paralizando el centro porteño. En 2020, una protesta pacífica en Mendoza por la reapertura pandémica terminó en batalla campal con gases y balas de goma; y en diciembre de 2025, videos virales mostraron policías con porras eléctricas desalojando sesiones en Plaza Houssay frente a la UBA de Medicina. No es casual que una de las postales más potentes sea esa marea de tablas reclamando derecho a la ciudad, ya no se trataba de vagos, sino de una generación entera desafiando la lógica fascista de Milei que ve en todo grupo juvenil una amenaza latente, agravada por la exclusión de trabajos estables, viviendas asequibles o estudios que los mantuvieran dentro de un sistema que les negaba todo.
La respuesta oficial fue lenta y siempre insuficiente. Hoy Buenos Aires cuenta con al menos quince pistas oficiales, como la Converse Skate Plaza en Belgrano inaugurada en 2011 con sus mil ciento ochenta metros cuadrados profesionales, El Cenicero en Parque Centenario desde 2007 o La Colmena en Chapadmalal convertida en skatepark olímpico. Pero aun con esa red, el grueso del skate sigue siendo callejero y autogestionado, con mini rampas en quintales y ocupaciones por necesidad, porque el Estado llega tarde o no llega.
La escena se federalizó con fuerza, Mar del Plata con su pista Bristol y pioneros como Ipucha, Palpalá en Jujuy con la primera del interior profundo, El Chañar en Neuquén, Resistencia en Chaco, Ushuaia y Comodoro Rivadavia en Patagonia, sumando cientos de miles de practicantes activos que apenas rozan las estadísticas oficiales. La cifra importa menos que lo que expresa, el skate dejó de ser exótico para volverse orgánico de la cultura juvenil argentina, un antídoto contra la desocupación crónica y la imposibilidad de acceder a lo básico, propagándose al Cono Sur con escenas sólidas en Uruguay, Chile y la potencia brasileña.
En paralelo, la cultura del skate fue afinando su propia banda sonora y su archivo visual. El skate punk de Dead Kennedys, Suicidal Tendencies, Black Flag se fusionó con la furia porteña de Todos Tus Muertos, 2 Minutos de Valentín Alsina y Fun People.
Documentales argentinos capturaron esa esencia, la serie Elevate de Canal Encuentro recorre provincias mostrando cómo el skate construye identidad y comunidad pese a la falta de oportunidades; 7 Capas de Luis Guzmán, con más de quince años de archivo, ofrece Percepción y Ciudad del Caos como visuales de la cultura callejera en ciudades clave; crónicas sobre los bowls de Munro rescatan orígenes ochentosos y pioneros en espacios autogestionados frente al desorden urbano.
A nivel internacional, Wassup Rockers de Larry Clark (2005) narra adolescentes inmigrantes en Los Ángeles usando skate y punk contra discriminación y policía; Minding the Gap (2018) profundiza en tres jóvenes yankis donde el skate es refugio de violencia doméstica y precariedad capitalista; Skate Kitchen (2018) sigue a un colectivo femenino neoyorquino desafiando el machismo en la calle hostil, resaltando hermandad y reapropiación urbana.
El cruce con el arte contemporáneo llevó esa experiencia un paso más allá. La idea de arte llamado “valor impactante” –imágenes crudas de represión y transgresión para romper la pasividad– halló en el skate un dispositivo perfecto, cuerpos frágiles contra hormigón, jóvenes vs. policías, arquitecturas de control en rampas de libertad. Cada caída, golpe o arresto viral se vuelve performance que denuncia la alienación urbana sin discursos, especialmente cuando el sistema los expulsa por no poder pagar una casa, una moto o una carrera universitaria. Incluso anécdotas virales como Pomelo, el bulldog francés de Ituzaingó que baja escaleras en 360 con dos millones y medio de vistas en TikTok, muestran cómo el virus del skate es contagioso hasta para los animales, parte de la familia en plazas suburbanas.
Mientras tanto, la industria intentó domesticar esa rebeldía. Marcas globales vaciaron su carga política en gorras y tablas genéricas, pero la resistencia persiste en rampas y fábricas gestionadas de tablas y colectivos que toman plazas sin sponsors. La profesionalización sumó brillo, Matías Dell Olio octavo en Street París 2024 con diploma olímpico, Mauro Iglesias décimo, Gonzalo Rodríguez pro a los catorce con títulos nacionales; mujeres como Aldana Bertrán, Paula Mecu Videla y Evelyn Enríquez en mundiales. Tony Hawk debutó aquí en 2014, volvió en 2017 al Barrio 31; el Thrasher Death Match 2022 trajo a Trujillo, Wair, Caples y Milton Martínez.
Tal vez la conclusión más interesante sea que el skate argentino trasciende tablas y competencias para ser estilo de vida visceral, tejiendo redes en rampas improvisadas contra la desocupación, la violencia policial en Houssay o Plaza de Mayo, y una lucha por ser reconocidos y contra la exclusión. La juventud tiene que defenderse con dignidad frente a los estados represores como el de Milei y la mercantilización alienante que convierte la rebeldía en la plusvalía vacía.
Hay que pelear por espacios públicos, presupuestos para ollas, bolsas de trabajo para enseñar en las plazas públicas y colegios, rechazar la criminalización y reconocer al skate como derecho cultural, garantizando una práctica segura sin clubes privados. Cada truco fallido en el cemento agrietado ensaya una vida menos obediente, más colectiva –una lección imborrable de ruedas y resistencia ante un sistema que los margina desde el principio.

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