¿Marruecos puede ser el nuevo campeón mundial?
Por Raúl Valle
Marruecos llega al Mundial 2026 como una de las grandes candidatas deportivas, pero el país se desangra por dentro bajo el peso de la monarquía y la desigualdad social. La misma camiseta que despierta ilusión en el sur global convive con hospitales colapsados, jóvenes sin futuro y un régimen que usa el fútbol como cortina para tapar su crisis.
La monarquía de Mohamed VI impulsa un proyecto futbolístico ambicioso y profundamente político. El rey invierte millones en estadios, centros de alto rendimiento y candidaturas para organizar grandes torneos, porque necesita mostrar al mundo una imagen de país moderno, estable y “ganador”. Esa inversión no es neutra, el palacio entiende que la selección funciona como propaganda interna y externa. Hacia afuera, el régimen se vende como socio confiable de potencias y organismos internacionales. Hacia adentro, el poder intenta transformar cada victoria en un acto de adhesión a la corona.
Mientras la realeza apuesta a la foto con la FIFA, la vida cotidiana de la mayoría se llena de privaciones. El sistema de salud público se encuentra al límite, con hospitales sin recursos y personal sobrecargado. La muerte de mujeres embarazadas en un hospital de Agadir por falta de medios no fue una tragedia aislada, sino un síntoma brutal de un modelo que prioriza el cemento de los estadios sobre la salud de los cuerpos que habitan el país. Muchos jóvenes que ven levantarse gradas nuevas en nombre del Mundial no ven levantarse centros de salud, escuelas ni empleos dignos.
La juventud marroquí, especialmente la llamada generación Z, decidió romper el silencio frente a esta postal hipócrita. Miles de jóvenes salieron a las calles en distintas ciudades con una consigna tan sencilla como demoledora: “No queremos el Mundial, queremos sanidad”. Esa consigna señala con claridad la jerarquía de prioridades del régimen. El Estado sí puede gastar en canchas de lujo, pero dice que no puede garantizar hospitales equipados, salarios dignos o un horizonte para quienes hoy se juegan el futuro en la precariedad o en la emigración forzada. La protesta no es un capricho, es una respuesta a años de paro juvenil, trabajos basura y promesas vacías.
El movimiento juvenil que se organiza en redes bajo nombres como GENZ212 expresa un cambio de época. Esta generación no confía en los partidos tradicionales ni en las mediaciones institucionales que durante décadas funcionaron como amortiguadores del descontento. Los jóvenes usan plataformas digitales para coordinar acciones, difundir denuncias, redactar manifiestos y eludir la censura oficial. La política no desaparece de sus vidas, se desplaza: sale de las sedes partidarias y entra en servidores, grupos de chat y asambleas improvisadas. El régimen lee ese giro como una amenaza directa a su autoridad.
La respuesta del Estado confirma el carácter autoritario de la monarquía. Las fuerzas de seguridad reprimen manifestaciones, realizan detenciones arbitrarias, confiscan teléfonos y persiguen a quienes se atreven a hablar con medios o a difundir videos. Organismos de derechos humanos denuncian el uso de la violencia estatal para cerrar el paso a cualquier organización independiente. El poder no tolera que la generación que llena estadios también se atreva a llenar las calles. El fútbol se acepta como fiesta controlada; la protesta, como delito a sofocar.
Al mismo tiempo, el régimen profundiza su integración en la arquitectura imperialista de la región. En 2020, el gobierno marroquí normalizó relaciones con Israel con mediación de Estados Unidos. Ese acuerdo no solo traicionó el sentimiento popular de apoyo a Palestina, sino que también se utilizó como moneda de cambio para consolidar el control marroquí sobre el Sáhara Occidental. La monarquía se presenta como socia confiable de Washington y de los planes regionales que sostienen el régimen colonial israelí. La alegría de la diplomacia va en sentido contrario a la conciencia de buena parte del pueblo.
La selección marroquí se ubica en el centro de esta contradicción. Varios de sus futbolistas triunfan en las principales ligas europeas, ganan prestigio internacional y se convierten en ídolos globales. Sin embargo, muchos de ellos mantienen un vínculo fuerte con el fútbol de su país, vuelven a vestir la camiseta nacional, apoyan proyectos locales y se alinean con la sensibilidad popular respecto de Palestina. En los grandes torneos, esa sensibilidad se hace visible.
En Qatar y otros escenarios, los jugadores celebraron victorias mostrando la bandera palestina frente a las cámaras. Esos gestos no son meramente decorativos, expresan una distancia clara entre la diplomacia de la monarquía y el sentir de las hinchadas y de los propios futbolistas.
La imagen de un equipo que levanta la bandera palestina mientras el Estado firma acuerdos con Israel resume el choque entre pueblo y régimen. Para amplios sectores populares, Palestina simboliza la lucha contra el colonialismo, el racismo y la ocupación. Para el palacio, Israel es un socio clave en la negociación por el control del Sáhara y en el entramado de seguridad regional.
La selección se convierte entonces en un terreno disputado. El poder necesita que el equipo represente la “marca Marruecos” del rey. Las tribunas y los jugadores, en cambio, aprovechan ese escenario para expresar solidaridades que desbordan los marcos oficiales.
La clase trabajadora también ocupa un lugar central en este cuadro. Las y los trabajadores sostienen la economía que alimenta la fiesta del fútbol, pero no reciben los beneficios de la modernización selectiva. En los barrios populares, la inflación, el desempleo y los salarios de miseria chocan de frente con las imágenes de estadios nuevos y campañas de marketing sobre el “nuevo Marruecos”. La brecha entre la promesa de éxito nacional y la realidad del día a día alimenta una bronca que se mezcla con la juventud en las calles. Esa alianza potencial entre jóvenes precarizados y clase trabajadora organizada puede convertirse en un factor determinante.
El Mundial 2026 condensa todas estas tensiones en un solo evento. Si Marruecos llega lejos en el torneo o incluso lo gana, el régimen intentará apropiarse de ese triunfo para reforzar su legitimidad. El rey aparecerá como arquitecto del éxito y presentará la victoria como prueba de que su modelo funciona. Sin embargo, la memoria de los muertos en hospitales sin recursos, de las protestas reprimidas y de los acuerdos con Israel no desaparecerá por un gol. La misma generación que podría celebrar en las plazas tiene claro que una copa no llena vacíos en las salas de urgencias ni devuelve derechos arrebatados.
Desde una mirada de izquierda, el desafío consiste en no separar el brillo deportivo de la oscuridad social. La candidatura de Marruecos al título mundial no puede leerse solo en clave de juego, táctica y estrellas. La selección se apoya en un país atravesado por desigualdad, autoritarismo y subordinación a planes imperialistas. Cada victoria abre una oportunidad para que el pueblo ponga sus propias demandas sobre la mesa y cuestione el uso cínico del fútbol por parte de la monarquía. Cada bandera palestina en una celebración marca una distancia con la política oficial del régimen.
Marruecos puede llegar a 2026 como candidata al título y, al mismo tiempo, como escenario de una disputa profunda entre un poder que compra estadios y una juventud que exige hospitales. El país puede ofrecer al mundo postales de goles y festejos y, detrás de esas postales, seguir ocultando la represión, la corrupción y la entrega al imperialismo. Esa es la contradicción que un periodismo joven y de izquierda tiene que subrayar.
El equipo nacional puede emocionar, pero la emoción popular no debe convertirse en coartada para el palacio. En última instancia, el sentido de esas victorias no lo definirá la corona ni la FIFA, sino las calles que hoy se llenan de jóvenes que dicen, con claridad, que la vida y la dignidad valen más que cualquier Mundial y que la solidaridad con Palestina no se negocia, ni aunque el rey firme la paz y restablece las diplomáticas con el estado genocida de Israel.

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