Las hijas de Marx

 


Por Raúl Valle


Las tres hijas de Marx que llegaron a la adultez —Jenny Caroline, Laura y Eleanor— son algo más que un pie de página sentimental en la historia del marxismo: son parte constitutiva de la obra. No solo la acompañan biográficamente, sino que la traducen, la editan, la discuten, la empujan hacia públicos nuevos. Si Marx es un autor canónico es, en buena medida, porque sus hijas vivieron y trabajaron como si el destino de esas páginas fuera también el destino de sus propias vidas.

Jenny Caroline, “Jennychen”, nacida en París en 1844, creció entre mudanzas forzadas y penurias londinenses. De niña vio pasar por la mesa de la casa a exiliados de media Europa y aprendió, al mismo tiempo, el sonido de las discusiones sobre la Comuna y el crujido de los muebles cuando iban al monte de piedad. Ese cruce entre miseria y alta teoría la marcó: de adulta, se convirtió en la organizadora silenciosa de la sociabilidad política familiar.

Era quien recibía y acomodaba a los militantes, quien traducía en el acto entre alemán, inglés y francés, quien ordenaba papeles, copiaba borradores, preparaba textos para la imprenta y, cuando hacía falta, firmaba sus propios artículos denunciando la represión y comentando la situación irlandesa o francesa. Su vida fue corta y devastada por la enfermedad, los embarazos, la muerte de varios hijos; pero sin ese trabajo invisible de “oficina política casera”, buena parte de la influencia inmediata de Marx en Francia, Irlanda y los círculos radicales del exilio habría sido mucho más débil.

Laura Marx, nacida en Bruselas en 1845, lleva esa trama un paso más lejos en clave internacionalista. Su matrimonio con Paul Lafargue fue, desde el comienzo, una alianza política, el proyecto de construir un socialismo marxista en el mundo francófono. Laura tradujo, corrigió, discutió frases y conceptos de su padre para hacerlos respirables en francés. En ese gesto de traducción hay, también, teoría: al buscar equivalentes para términos como plusvalía o capital variable, cuestionaba, precisaba, obligaba a aclarar zonas oscuras. Su casa con Lafargue, primero en Francia y luego en el exilio en España, funcionó como un relevo de la de Londres, lugar de paso de militantes, taller de elaboración de artículos, laboratorio donde la obra de Marx se reescribía para una clase obrera que no leía alemán y que necesitaba ejemplos concretos más que dialéctica hegeliana. Entre hijos que morían, deudas crónicas y viajes militantes, Laura sostuvo una línea de trabajo intelectual constante; su suicidio conjunto con Lafargue, ya mayores, es la expresión extrema de una vida vivida como tarea revolucionaria ininterrumpida.

Eleanor Marx, “Tussy”, nacida en Londres en 1855, condensa todo eso y lo proyecta hacia adelante. Creció literalmente al lado del escritorio: leía en voz alta para su padre, copiaba manuscritos, lo acompañaba a consultas médicas, aprendía a descifrar sus anotaciones microscópicas. No fue solo la hija menor cariñosa: fue secretaria, lectora crítica y, en los últimos años, colaboradora en la organización del material que daría lugar a tomos posteriores de El capital. Pero su propia trayectoria desborda la de “custodia del legado”: se convierte en una figura central del socialismo británico, organiza huelgas como la de las trabajadoras de fósforos, participa en la Social Democratic Federation y luego en la Liga Socialista, polemiza con reformistas y anarquistas, escribe sobre la cuestión de la mujer desde un punto de vista marxista. Para Eleanor, la opresión de género no es un tema secundario ni un apéndice: es una dimensión específica de la dominación de clase que exige organización y teoría. Sus conferencias, sus folletos y sus intervenciones en asambleas obreras son parte del momento en que el marxismo empieza a pensar el feminismo sin abandonar la centralidad de la lucha de clases. Su final, atravesado por la relación destructiva con Aveling y por el desgaste de una vida entera dedicada a la política, es trágico; pero la huella que deja en el sindicalismo, en el socialismo inglés y en el feminismo socialista temprano es difícil de exagerar.

Lo común a las tres es que viven la teoría del padre como práctica propia. No se limitan a “apoyarlo” domésticamente, abren cartas, contestan, traducen, organizan giras de conferencias, hacen de enlace con periódicos, llevan la contabilidad de las suscripciones, corrigen pruebas de imprenta, hacen circular panfletos. Cuando viajan, llevan consigo libros, manuscritos, cartas de recomendación, que permiten que el nombre Marx signifique algo más que un par de títulos en catálogos. Sus biografías muestran también el costo brutal de esa vida: enfermedades crónicas, depresiones, hijos muertos, precariedad económica casi permanente y, en dos casos, suicidio. Pero justamente porque lo pagaron en carne propia, la obra de Marx dejó de ser el producto de un intelectual aislado y se volvió tradición encarnada en una red de militantes, círculos de lectura, partidos, sindicatos.

Y en el centro de esa red, sosteniendo y modulando todo, está Engels. Su rol con las hijas de Marx se puede leer en tres planos. Primero, el material, durante años, el dinero que Engels ganaba en la fábrica de Manchester fue lo que mantuvo a flote el hogar de los Marx. De ese flujo dependían no solo la comida y el alquiler, sino la posibilidad misma de que las hijas estudiaran idiomas, tuvieran libros, viajaran, escribieran sin estar íntegramente absorbidas por trabajos exhaustivos. Más tarde, ya muerto Marx, Engels continuó ayudándolas y las incluyó en su herencia, de modo que pudieran seguir militando y trabajando intelectualmente sin caer de inmediato en la indigencia. 

Segundo, el plano afectivo y político, con Jenny, con Laura y con Eleanor mantuvo un trato de camarada y de tío a la vez. Discutía táctica y teoría con ellas, respondía cartas larguísimas donde le contaban problemas domésticos y dilemas políticos, las animaba, las retaba, las trataba como interlocutoras serias. 

Tercero, el plano del archivo y del nombre, Engels no solo editó y organizó los manuscritos de Marx; lo hizo en diálogo con las hijas, que buscaban papeles, recordaban fechas, aclaraban contextos. A la vez, se dejó cargar a él el peso de ciertos escándalos —como el de Freddy Demuth— para proteger a la familia y evitar que el apellido “Marx” quedara asociado a un chisme que podía desgarrar tanto la intimidad como la autoridad política del conjunto.

Si se mira todo en conjunto, la imagen que aparece es la de un dispositivo colectivo, Marx, sus hijas y Engels. Las hijas aportan trabajo intelectual, emocional y organizativo; Engels aporta recursos, respaldo político y capacidad de síntesis teórica; la obra de Marx se alimenta de ese triángulo. Contar la vida de Jenny, Laura y Eleanor sin Engels es amputar una parte crucial de las condiciones que hicieron posible su militancia y su producción; contar a Engels sin ellas es borrar la textura cotidiana de esa alianza. Juntos, compusieron algo que la mitología del “gran autor individual” no sabe nombrar bien: una familia política que convirtió ideas en historia.

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