La rebeldía Skater
Por Raúl Valle
La historia del skate en Argentina es una historia de cemento, ruedas y resistencia que comienza a fines de los años setenta, en plena decadencia de la dictadura militar, cuando la apertura irrestricta de las importaciones permitió el ingreso al país de miles de tablas profesionales y revistas como Skateboarding Magazine y la bíblica Thrasher.
El resultado de ese mercado libre de truchas fue una de las crisis de la dictadura militar y del sistema económico liberal de Martínez de Hoz. A partir de esa contradicción, muchos jóvenes vivirán la experiencia de expresar su arte, sus rebeliones y su tiempo libre, con contradicciones, por supuesto. Muchos, individualmente, se adaptarán al sistema y al consumismo; otros perecerán en el camino de la violencia, el fascismo y las drogas; otros, con la izquierda, comprenderán el proceso de la vida y seguirán luchando por sus ideales; no serán aplastados por el estado capitalista.
Esa oportunidad de acceder a una extensión de un estilo de vida prohibido, pero arrebatado a la juventud estadounidense, tuvo un desarrollo y contradicciones para los jóvenes. Una importante es que las autoridades les negaron espacios para vivir y los instalaron en lugares como los "corsódromos". Un factor desencadenante para estos jóvenes de clase media y trabajadora fue que no se dejaron clasificar ni estigmatizar por sus mayores. En Buenos Aires, La Plata, Mar del Plata y más allá, descubrieron un mundo con autoridad propia y un futuro deportivo con un mundo de trucos imposibles, halfpipes y pots que les abrió la cabeza como un martillo y les dio una identidad.
El epicentro inicial fue el puente de la Facultad de Derecho de la Ciudad Universitaria de la UBA, un diseño brutalista de hormigón armado concebido en 1960 por el arquitecto César Janello y reconstruido recién en 1978, justo cuando el skateboarding estaba en auge. Ese descenso suave, empinado y sin contratiempos se transformó en la primera pista natural del país, un lugar perfecto para los pioneros que practicaban deslizamientos eternos, grinds precarios y saltos básicos con tablas importadas de marcas legendarias como la canadiense Pro Class, Alva con sus diseños futuristas, Santa Cruz o el juguete de plástico Leccesse, lo único accesible para el bolsillo de los más adinerados.
El fenómeno fue tan masivo e inmediato que hasta el cine lo captó en su crudeza, en la película Custodio de Señoras de 1979, Jorge Porcel aparece patinando con una monstruosa tabla de 14 trucks y 28 rueditas, chocando de frente contra un Ford Falcon amarillo justo en ese puente Derecho, en una torpe pero icónica escena que hoy cualquier viejo skater de barrio cita como el primer testimonio fílmico del movimiento local.
Argentina cuenta con una rica tradición de documentales que exploran el skateboarding no solo como deporte, sino también como herramienta de transformación social y resistencia urbana. Uno de los proyectos más completos es la serie documental "Elevate", producida por Canal Encuentro, que recorre diversas provincias para mostrar cómo el skateboarding construye identidad y comunidad en diferentes estratos sociales.
En materia de preservación histórica, destacan iniciativas como 7 Capas, liderada por Luis Guzmán, que durante más de quince años ha documentado la evolución de la escena nacional a través de videos como "Percepción" y "Ciudad del Caos". Estas obras funcionan como un archivo visual de la cultura callejera en las principales ciudades del país.
Además, existen piezas que rescatan los orígenes de la subcultura en los años 80 y 90, como las crónicas sobre los legendarios bowls de Munro, epicentro donde se formaron las primeras leyendas del skateboarding argentino. Estos documentales resaltan la figura de los pioneros y el impacto de los espacios autogestionados frente al crecimiento urbano desordenado, consolidando el skateboarding como una forma de expresión política y social en el contexto local.
A nivel internacional, tres películas la rompieron, la primera es Wassup Rockers (2005) , dirigida por Larry Clark, cuenta la historia de adolescentes inmigrantes en Los Ángeles que usan el skate y el punk como su identidad. La trama resalta el choque de clases y la discriminación mientras intentan patinar en barrios ricos, enfrentándose a la segregación y al acoso policial. La segunda es Minding the Gap (2018), un documental en profundidad sobre tres jóvenes en una ciudad postindustrial de Estados Unidos. Explora cómo el skate sirve como refugio de la precariedad económica, la violencia doméstica y los fracasos del sistema capitalista en comunidades olvidadas y la tercera Skate Kitchen (2018 ), se centra en un colectivo femenino en Nueva York, desafiando el dominio masculino en el deporte. Es un retrato sobre la hermandad y la reapropiación del espacio público por parte de las mujeres en un entorno urbano hostil.
En Argentina surgieron rápidamente las primeras ollas improvisadas, bowls caseros y pistas semiformales que marcaron una cronología precisa de la expansión del skate porteño primero y nacional luego, como un mapa vivo de cemento y diversión, pero mucha soledad, no en los estudios, sino la que rompe corazones.
Una característica de los skaters es la ruptura familiar que comienza con la crisis de la familia nuclear capitalista y la emancipación de la mujer y el derecho al disfrute. Una descripción donde los jóvenes no son responsables, ni sus familias tampoco, sino un régimen capitalista que poco a poco les impide acceder a vivienda, trabajo, una motocicleta, educación sexual y relaciones sexuales libres, responsables y basadas en el amor y el respeto a las mujeres trabajadoras, el derecho al orgasmo y la educación.
Mientras la familia capitalista se desgarra, producto de la propiedad privada y la herencia, y de la alienación de la clase trabajadora, los jóvenes aprenderán otros tipos de vínculos, los de la amistad, el amor y la recreación consciente o un estilo de vida a través de sus propias experiencias, y escaparán por un tiempo de sus hogares rotos.
El primer pot surgió del puente de Ciudad Universitaria allá por 1978-79, luego surgió la pista Gigante, hoy rebautizada como Carrefour de Vicente López, que fue incendiada y reconstruida muchas veces, y luego cementada, se ubicaban detrás del supermercado en un edificio abandonado que se convirtió en el primer skatepark propiamente dicho de Buenos Aires, un bowl básico irregular donde cientos de pibes se reunían los fines de semana con sus tablas rayadas, probando ollies y drops por primera vez en una estructura fija. Le siguieron casi de inmediato Skabo Parking en Avenida Libertador en Acassuso del partido de San Isidro, un quarter pipe improvisado en un estacionamiento industrial olvidado donde la policía rara vez metía las narices, y el half pipe de fibra de vidrio que trajo Harrods que armaron en su sótano y duró un tiempo hasta que las quejas vecinales por ruidos y roturas ordenaron desmantelarlo.
En La Plata, la escena platense tenía su propio templo en la fábrica RO-RO-SE de la calle 43 entre 7 y 8, un galpón que producía tablas de arce prensado de mediana calidad para todo el país y contaba con un quarter pipe sin coping en su entrada donde, desde 1983, skaters pioneros como Nicolás Uslenghi, Tito Orsini, Ernesto El Peluca Flores y Negro Ganduglia armaron sesiones épicas de airs y grinds que se extendieron hasta bien entrado el 1988, convirtiéndola en la cuna de la primera generación local.
Ya en 1981-1982, en el marco del polémico proyecto del Cinturón Ecológico conocido como CEAMSE, se erigió en la zona norte del Gran Buenos Aires el bowl de Bancalari, diseñado por el arquitecto Enrique Ezcurra como una copia descarada de los skateparks californianos de los años setenta con curvas perfectas y transiciones suaves; testimonios de viejos skaters confirman allí furiosas sesiones desde septiembre de 1982, aunque a fines de ese mismo año una ola de ordenanzas municipales y una crónica falta de mantenimiento clausuraron todas las pistas formales del país, empujando al skate nuevamente a las calles, veredas y bordes urbanos donde siempre brilló con más fuerza.
Los años noventa marcaron un renacimiento caótico con la pista informal que se instaló entre Correo Central y Luna Park desde 1998 hasta bien entrado 2006, justo en pleno microcentro porteño, un bowl de cemento abandonado por Obras Públicas que se convirtió en el corazón palpitante de la escena, donde miles de skaters del conurbano, de La Plata, de Mar del Plata e incluso del interior se reunían los sábados y domingos para sesiones masivas que duraban horas, con música a todo volumen, grafitis frescos y trucos imposibles hasta que la policía metropolitana y la justicia los desalojaron por la fuerza por daños a la propiedad pública y obstrucción del tránsito. Esa zona fue testigo de los primeros enfrentamientos serios y sistemáticos con la policía, que siempre ha visto a delincuentes juveniles arañando canicas históricas, interrumpiendo el paso de peatones y automóviles, y representando una amenaza invisible para el orden establecido.
Toda la historia del skateboarding argentino está marcada por estos violentos y recurrentes enfrentamientos. En diciembre de 1999, en La Plata, tres skaters fueron arrestados por sorpresa y brutalmente golpeados solo por patinar en las amplias aceras del Teatro Argentino. Los porteños alegaron agresión mutua, mientras que los jóvenes denunciaron brutalidad policial sin motivo aparente. En octubre de 2012, más de 10.000 skaters invadieron la Plaza de Mayo en una protesta espontánea y desorganizada para exigir la creación de pistas públicas en todo el país, paralizando el centro de Buenos Aires durante horas y dejando a la Policía Metropolitana sin palabras ante una marea multicolor de tablas y gorras que sorprendió por su tamaño y energía.
Septiembre de 2020 fue uno de los episodios más duros. En el Parque O'Higgins de Mendoza, una manifestación pacífica por la reapertura de las pistas cerradas por la pandemia de COVID derivó en una brutal batalla campal con gases lacrimógenos, balas de goma y un agente que usó la patineta de otra persona como porra para golpear cabezas. El resultado fue 20 detenidos, entre ellos dos menores, y siete empleados municipales heridos en el forcejeo. Más reciente y aún presente en la memoria colectiva, en diciembre de 2025, en plena Plaza Bernardo Houssay, frente a la Facultad de Medicina de la UBA, se grabó a policías golpeando con porras eléctricas a skaters que se negaron a desalojar el lugar tras una sesión nocturna. Este escándalo explotó en las redes y terminó con la desafección de la fuerza debido a la presión pública y la viralización masiva.
Hoy la Ciudad de Buenos Aires cuenta con al menos 15 pistas oficiales distribuidas estratégicamente como la Converse Skate Plaza en Belgrano inaugurada en 2011 con sus 1.180 metros cuadrados de rampas y barandillas profesionales, el Parque Alberdi en Mataderos con su bowl callejero, El Cenicero en el Parque Centenario desde 2007 o La Colmena en Chapadmalal que se convirtió en skatepark olímpico para los Juegos de París, pero el grueso del skate sigue siendo callejero y autogestionado porque el Estado siempre llega tarde o no llega, dejando a los pibes armar mini rampas en quintales y ocupar espacios por necesidad.
Desde aquel puente inaugural en Ciudad Universitaria, el virus del skateboarding se propagó rápidamente al interior del país primero y luego al resto del Cono Sur, federalizando una cultura que nunca dependió de patrocinadores ni federaciones. Mar del Plata se ha consolidado como un polo costero clave con figuras pioneras como Ipucha ya en los ochenta y la pista de Bristol, que ha formado a generaciones enteras, incluyendo estrellas mundiales; lugares surgidos en Palpalá de Jujuy con la primera pista pública en el interior profundo, El Chañar en Neuquén, Resistencia en Chaco, Ushuaia en Tierra del Fuego y Comodoro Rivadavia en la Patagonia, sumando estimaciones de más de 500.000 skaters activos en todo el territorio según datos de la Confederación Argentina de Skate que apenas rozan la superficie. A nivel regional, la ola explosiva llegó a Uruguay, donde el skateboarding desembarcó como una moda efímera en los setenta, pero resurgió con fuerza contracultural en los noventa para institucionalizarse en 2010 con su propio Comité Nacional y una sólida escena en Montevideo.
Chile se encendió a fines de los setenta con los chavales que viajaron a Estados Unidos y trajeron tablas y videos VHS que encendieron la mecha en Santiago, explotando masivamente luego del fin de la dictadura de Pinochet en 1989 hasta convertirse en un escenario de más de 20.000 skaters con los Go Skateboarding Days entre los más masivos de Latinoamérica; Brasil por supuesto siempre ha sido la potencia regional indiscutida con su industria nacional y extranjera y figuras colosales como Bob Burnquist y Leticia Bufoni que levantaron el estándar mundial desde San Pablo y Río.
Los exponentes internacionales que pisaron suelo argentino dejaron una huella imborrable y elevaron el nivel local a prostratos. Tony Hawk, la leyenda viviente, debutó en el país en 2014 durante el primer Xtreme Life Fest en los Bosques de Palermo, donde 50.000 fanáticos lo ovacionaron de pie mientras volaba en un halfpipe gigante, preguntando con incredulidad si este Tony Hawk era real; regresó en 2017 para una sesión improvisada de 30 minutos en la única cancha de fútbol de nueve pies de Barrio 31, patinando frente a cien vecinos emocionados que nunca imaginaron ver al Birdman en su barrio. En 2022, se llevó a cabo el primer Thrasher Death Match en Latinoamérica en Buenos Aires, que reunió a cracks como Tony Trujillo, Ishod Wair, Curren Caples y el chileno Milton Martínez en combates sangrientos que llenaron estadios; También desfilaron Neal Hendrix, la californiana Lizzie Armanto, bicampeona del Van Doren Invitational, el brasileño Lincoln Ueda, el viejo lobo marino Kevin Staab y Elliot Sloan, entre otros, quienes dejaron clínicas inolvidables. Los argentinos que se destacaron en el mundo pusieron la bandera en alto al pasar de lugares de casa a podios olímpicos: Matías Dell Olio, el marplatense que inició el seis en la rampa de Bristol, se convirtió en el primer argentino en llegar a una final olímpica de skateboarding en París 2024 terminando octavo en la modalidad Street con diploma olímpico y plata en el Campeonato Mundial de Skateboarding; Mauro Iglesias, que venía de Lanús en Monte Chingolo, terminó décimo en los mismos Juegos y había sido quinto en las clasificatorias de Roma 2022, superando a todos los brasileños en el camino; Gonzalo Rodríguez, de Punta Alta, se hizo profesional con tan solo 14 años y acumuló siete títulos argentinos de pivotskate con trucos que desafían la gravedad; Entre las mujeres brillaron Aldana Bertrán, Paula Mecu Videla y Evelyn Enríquez, que compiten en el Mundial de San Pablo y elevan el perfil femenino local.
Es imposible contar esta historia sin Pomelo el bulldog francés de Ituzaingó que se hizo viral con más de 2,6 millones de visualizaciones en TikTok bajando escaleras en 360 girando sobre su tabla con una insistencia y estilo que avergüenza a los humanos profesionales, grabado en una plaza del suburbio donde un chico incrédulo comentó no lo puedo creer el perro está en una patineta de verdad mientras otro espectador enloquecía de la emoción, demostrando que en Argentina el skate es tan contagioso que hasta los perros lo llevan en la sangre y lo hacen parte de la familia.
La banda sonora de esta odisea siempre fue skate rock y skate punk, directamente de las compilaciones de Thrasher Magazine, Dead Kennedys con su furia satírica, Suicidal Tendencies, Black Flag y The Faction, definiendo un sonido de tiempos demoníacos, guitarras distorsionadas y actitud DIY que maridaba a la perfección con rampas armadas en el fondo de casas humildes y sesiones eternas bajo la lluvia. Un proceso interesante es el componente hispano, que se mezcló con el anglosajón en California, una mezcla que, por su fuerza, ya va a infundir miedo a las autoridades yanquis.
En Argentina, Massacre ex Massacre Palestina, formado en 1986 por chicos de clase media de Buenos Aires, fue pionero del skate punk hispanoamericano influenciado por TSOL, quienes luego realizaron varios recitales en Cuba contra el bloqueo, Dead Kennedys, la legendaria banda californiana de contestaria, y Ramones, debutando en el legendario antro oscuro de La Capilla con un hardcore californiano crudo y provocador.
También se produjo una convergencia entre el arte y el skateboarding, denominada "valor impactante", una respuesta estética y política a la domesticación de la cultura urbana por el mercado. Esta estrategia utiliza imágenes crudas de represión, vulnerabilidad o transgresión para romper la pasividad del espectador y forzar una confrontación con la realidad social. El skateboarding, históricamente vinculado a la reapropiación violenta del espacio público, utiliza el impacto no solo para escandalizar, sino para señalar las contradicciones de un sistema que criminaliza el uso improductivo de la ciudad. A veces, con errores y autocrítica, muchos evolucionaron inicialmente hacia el maltrato animal, luego corregidos. Los autores visuales han capturado esta esencia donde la caída, el golpe y el arresto se convierten en actos performativos que desafían las normas estéticas burguesas. Al exponer la fragilidad del cuerpo frente a la solidez del hormigón y la autoridad, el arte del skateboarding transforma el impacto visual en una profunda crítica a la alienación y el control social. Esta relación dialéctica permite que el valor impactante deje de ser un mero recurso de provocación para convertirse en un testimonio político de resistencia cultural.
En Argentina muchos de estos chicos viajaban con sus familias adineradas, eran ellos los que viajaban a Europa y Estados Unidos importando discos originales, revistas Thrasher y cintas VHS de la rebeldía punk externa pero la torcieron en algo conservador y criollo mezclándola con escenas locales, uniéndose a grupos skinhead como Comando Suicida nacido en 1984 que empezó haciendo covers de Sex Pistols pero rápidamente se volcó al nacionalismo de Tercera Posición escuchando a 4 Skins, los neonazis Skrewdriver y Combat 84, reclutando unos 200 seguidores solo en Buenos Aires, conectados al Partido Nuevo Triunfo de Alejandro Biondini, un morocho nazi de las zonas empobrecidas del sur que se hacía pasar por austríaco, o las bandas de hijos de soldados que iban a provocar los recitales de Hijos, donde murió un nazi apodado Escalera, era una mezcla con una escena underground donde el punk servía de puerta de entrada a todo tipo de extremismo. Fue también allí, cuando el grupo musical Massacre Palestine acortó su nombre a ''Massacre'' en 1992 justo después del crecimiento de Hijos del movimiento de humanos para evitar mayores controversias y evolucionó hacia el rock alternativo y la psicodelia manteniendo la autogestión.
Dead Kennedys representaba la antítesis perfecta de la izquierda: antifascistas declarados, con los nazis punks Fuck Off en 1981 demoliendo a Reagan, la policía y los skins infiltrados en el punk, compartiendo influencias musicales con la escena argentina, pero chocando políticamente como el día y la noche. Entre los locales que capturaron ese espíritu combativo se encontraban Fun People, el hardcore gay antifascista que tocaba el aborto, el VIH y el veganismo sin dogmas; Todos Tus Muertos, que fusionaba reggae punk y compromiso social desde 1985; y 2 Minutes de Valentín Alsina desde 1987, con letras de barrio sobre cerveza, caña y demandas judiciales que los llevaron a tocar en el CBGB de Nueva York como estrenos argentinos.
En conclusión, el skate en Argentina trasciende las tablas de competencia y las modas pasajeras para convertirse en el auténtico estilo de vida de miles de chicos y chicas que lo aman con una pasión visceral y tejiendo profundas redes de amigos en las rampas improvisadas, ollas callejeras y plazas concurridas donde encuentran refugio y escape de la desocupación crónica que asfixia a barrios enteros, de la violencia policial sistemática que los reprime sin piedad en puntos como la plaza Houssay, Mendoza o Plaza de Mayo con gases y detenciones arbitrarias, también enfrentan el peligro del lumpen destructivo de la droga que acecha en las esquinas de skateparks y patios como en Bariloche vendiendo muerte disfrazada de salida fácil.
Sus genuinas aventuras y diversiones deben ser defendidas con absoluta dignidad frente a un Estado siempre represor y defensor de los empresarios, frente a los capos del gobierno y de las esquinas y la violencia periférica que quiere someterlos, y sobre todo frente a la mercantilización alienante que transforma su pasión en plusvalía vacía, mesas genéricas de supermercado que destruyen su arte de diseño, gorras y buzos en los escaparates de Cabildo y Juramento vendidos como cool por marcas multinacionales que lucran con la genuina rebeldía convirtiendo el "freestyle" sobre ruedas en mero consumo pasivo y vacío.
El skate es resistencia viva y comunidad solidaria, junto al mundo del trabajo y su apropiación por parte de jóvenes trabajadores y estudiantes, con sus organizaciones laborales y de combate, es amistad inquebrantable y una fuga poética sobre cuatro ruedas que nadie les va a robar.
La izquierda debe defender sus intereses y derechos contra el privilegio patronal y capitalistas de solo lucrar el espacio privado para sus familiar y negar a los jóvenes, por eso debe luchar por la defensa del espacio público, presupuestos para estudios, deporte y recreación, construcción de ollas y "U". Paralelamente, por la apertura de bolsas de trabajo y escuelas de oficios en las fábricas. Rechazar la criminalización y la persecución policial, oponerse a la baja de imputabilidad de responsabilidad de los menores. También debe elevar proyectos para reconocer disciplinas como el skateboarding, la calistenia y el parkour como derechos culturales, buscando que los municipios garanticen su práctica segura sin necesidad de pertenecer a clubes privados.

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