La Monarquía Lumpen De Europa. Cuna de Asesinatos y Corrupción Mundial.

 



Raúl Valle

Esta crónica de la infamia monárquica en la Europa de 2026 no puede ser sino un manifiesto contra el privilegio de sangre en una era que se pretende democrática, una disección de cómo el linaje se ha transformado en una empresa capitalista de impunidad transnacional que sobrevive gracias al auxilio estratégico del imperialismo. 

El recorrido de esta decadencia, que hoy alcanza su cénit con el arresto del príncipe Andrés en Londres, es la confirmación de que la monarquía británica ha dejado de ser una institución de Estado para convertirse en un expediente judicial abierto. El costo de esta farsa, que para el ejercicio fiscal 2025-2026 ha escalado hasta los 132 millones de libras extraídos directamente del esfuerzo de la clase trabajadora británica, es el combustible de un parasitismo que no conoce fronteras. 

Mientras el Palacio de Buckingham intenta levantar muros de contención jurídica frente a las acusaciones de pedofilia y los vínculos con redes de tráfico sexual, la realidad se impone, la corona es un anacronismo que sobrevive gracias a una propaganda que ya no convence a nadie. 

En el sur, la monarquía española de los Borbones ofrece el espectáculo dantesco de un rey emérito, Juan Carlos I, que ha convertido las dunas de Abu Dabi en el búnker de su fortuna opaca. No es solo la huida de la justicia, es la confirmación de una estructura de fundaciones panameñas y cuentas suizas alimentadas por comisiones de la autocracia saudí; un esquema de 100 millones de dólares que demuestra que la función real nunca fue la representación diplomática, sino la intermediación comercial de una casta que se siente por encima de la ley

Esta lumpenización de la realeza no es un accidente, sino el retorno a sus raíces más violentas y fratricidas. La historia de estas casas es una sucesión de crímenes donde el trono se cimentó con el veneno de los Habsburgo y la daga de los Trastámara. 

Desde el asesinato de Juan de Austria por orden de su hermano Felipe II para neutralizar una amenaza al poder absoluto, hasta el fratricidio fundacional de Enrique II de Castilla contra Pedro I, la legitimidad de estos linajes es el resultado de siglos de acumulación primitiva de violencia y robo. Sin embargo, su supervivencia en la era moderna no responde a una tradición orgánica, sino a un diseño geopolítico cínico.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos desempeñó un papel fundamental en el sostenimiento de estas coronas como un dique de contención contra el avance del socialismo y las situaciones revolucionarias. En Grecia, Italia y España, Washington identificó en las monarquías el instrumento perfecto para estabilizar el orden capitalista, utilizando la figura del rey como un árbitro reaccionario capaz de disciplinar a las masas obreras y asegurar la alineación con los intereses occidentales, incluso si esto significaba reciclar figuras que habían convivido estrechamente con el fascismo.

En el siglo XX, esta naturaleza reaccionaria se tradujo en la alianza criminal con el totalitarismo, la Casa de Saboya en Italia no dudó en entregar el país a Mussolini en 1922 con tal de aplastar el ascenso de los consejos obreros y la amenaza de una república socialista. Hoy, esa misma pulsión se manifiesta en el silencio cómplice o el apoyo velado a las fuerzas de la extrema derecha que buscan desmantelar los derechos laborales conquistados con sangre. 

En el norte, el mito de la ejemplaridad escandinava se desmorona con la princesa Mette-Marit de Noruega, cuyos vínculos con la red de Jeffrey Epstein y los procesos judiciales por agresión sexual contra su hijo Marius Borg han herido de muerte la credibilidad de la casa real. Países Bajos no se queda atrás, con una familia real que consume 75 millones de euros anuales en vacaciones privadas y lujos asiáticos mientras el proletariado holandés sufre los embates de una inflación galopante y recortes en sanidad. 

La utilidad de estas instituciones es nula para el progreso de la humanidad; funcionan exclusivamente como un dique de contención contra la soberanía popular, una arquitectura simbólica diseñada para naturalizar la desigualdad. Es una estafa histórica que se sostiene sobre el mito de la sangre azul y un supuesto derecho divino que no es más que una licencia para el saqueo público.

La realidad de 2026 nos muestra a individuos que no gestionan el bienestar de sus pueblos, sino sus carteras de inversión en paraísos fiscales, protegidos por leyes de inviolabilidad que son un insulto a la razón moderna. 

La conclusión de este análisis es ineludible para cualquier conciencia política que no se deje cegar por el brillo falso de las diademas, estos señores no tienen comunicación alguna con la divinidad, a lo sumo despachan con sus contadores y abogados de élite, y su sangre es tan roja, espesa y terrenal como la de cualquier trabajador que, con el sudor de su frente, sigue financiando involuntariamente el delirio de grandeza de una casta que nunca ha doblado la espalda en una jornada laboral. 

La monarquía es el residuo tóxico de un pasado feudal y un peón del tablero imperialista que la historia debe terminar de barrer para que la democracia deje de ser un simulacro y se convierta en la herramienta de liberación de quienes realmente producen la riqueza del mundo. No hay nobleza en el privilegio heredado ni en la supuesta sangre azul; tampoco en su remplazo por un fascismo tecnofeudal, solo son una persistencia parasitaria que el siglo XXI ya no puede ni debe tolerarlos más.


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