LA ESCUELA AUSTRÍACA DE MILEI, BIEN EXPLICADA Y PARA TIRARLOS A LA BASURA

 

Por Raúl Valle


La escuela austríaca de economía nació en 1871, cuando Carl Menger publicó sus Principios de Economía Política, el mismo año de la Comuna de París, la primera revolución obrera de la historia. No fue un incidente. Pocos años antes, en 1867, Karl Marx había derrotado de muerte a la burguesía en la teoría y publicado el primer tomo de El Capital, donde desentrañaba la naturaleza de la plusvalía y demostraba el carácter históricamente transitorio y parasitario del capitalismo. La academia económica burguesa necesitaba urgentemente sobrevivir, aunque sea, como cadáveres políticos con una nueva artillería teórica, y la encontró en el marginalismo, puro humo.

Junto a Menger, el inglés William Stanley Jevons y el francés Léon Walras publicaron casi simultáneamente trabajos que proponían una teoría del valor basada en la utilidad marginal, abandonando la tradición clásica de Adam Smith y David Ricardo que fundaba el valor en el trabajo. De las tres corrientes marginalistas, la austríaca se destacó siempre por su hostilidad más explícita contra el marxismo. Menger trabajaba en Viena, capital del Imperio Austrohúngaro, un ambiente intelectual cosmopolita pero profundamente conservador, donde la burguesía advertía con horror el ascenso del movimiento obrero europeo. La burguesía temerosa se alineaba a la nobleza, a la monarquía, a la casta y a la oligarquía capitalista, y desde ese lugar y de ensayar las traiciones democráticas de los 50 se preparaba a ponerlo en sus libelos, pasquines, y textos de cuarto nivel académico que solo llegaban o de aproximaban a la literatura panfletaria y que fueron a parar al polvo en las bibliotecas privadas. Aunque luego serían rescatados por fundaciones de ricos como la fundación Atlas y Black Rock.  Muy distinto a los libros de Marx que se vendieron por millones, sobre todo en EEUU.

La base de la ideología de la escuela austríaca  fue y es organizarse políticamente a nivel internacional por medio de la Internacional Negra o Fascista (Trump, Milei, Bolsonaro, Kast, Meloni, Köler, Wilder, Musk, etc.) para arrebatar todo tipo de derechos a los trabajadores y fortalecer los privilegios de la burguesía y el empresariado capitalista, e inventar una categoría subjetiva llamada sector "privado" para como categoría social. Desde la contradicción que ya expuso el socialismo, se explica que "el sector privado en la sociedad maximiza los beneficios de los capitalistas pero socializa o estatizan las pérdidas capitalistas, un ejemplo es que la escuela austriaca justifica la deuda externa, la saca de sus balance de cuentas nacionales, no la incluye como déficit fiscal. Unos ejemplos son las economias "liberal" chilena de Pinochet, y la de Milei, que son las economías donde más explotaron las deudas externas en manos del capitalismo. Es un análisis económico y matemático donde la clase media de los mundos académicos de las universidades privadas nunca han estudiado, ni entenderán por su carácter lumpen. 

En definitiva, la escuela austríaca es una antesala, una teoría para desarrollar endeudamientos capitalistas, y en un escenario posterior de crisis, apoyar lo que fue y será el nazismo como mal menor ante el colapso capitalista y el avance  de los conocimientos teóricos de la ciencia y la crítica de la economía política, el comunismo de Marx. 

Como señaló Marcelo Ramal en su extenso ensayo publicado en Política Obrera (2024), los primeros trabajos del marginalismo liberal no gozaron de gran repercusión inicial, pero los círculos del poder económico y académico se encargaron de promocionarlos como recursos teóricos contra el marxismo. La economía política, que había sido instrumento de la burguesía ascendente contra el feudalismo, necesitaba ser reemplazada por algo que no condujera, como había ocurrido con la escuela clásica, a la crítica socialista.

Pero la nota de Marcelo Ramal en Política Obrera exhibe un provincianismo teórico evidente porque confina su crítica de la Escuela Austríaca a refutaciones microscópicas de Ludwig von Mises dentro del campo teórico del campo académico y no lo lleva a la praxis política. Un error metodológico grave que caracteriza esta limitación ya que Marcelo Ramal ignora la proyección politica internacional de esta escuela como eje del neoliberalismo global. Mientras hace mención al internacionalismo, desconoce el plano político de su proceso práctico en organizaciones reaccionarias liberales que a su vez deben ser enfrentados en el antagonismo de clase por organizaciones y partidos de trabajadores en lucha y en el poder junto a los sindicatos que luchan.. Como toda descripción academicista, Marcelo Ramal, divide al Marx económico, del Marx organizador político de los trabajadores.

Vamos al origen político: la "reunión" clave fue entre la Escuela Austríaca y Chicago que ocurrió en la fundación de la Sociedad Mont Pèlerin (MPS) en abril de 1947 en Suiza, un mitin político reaccionario, fue convocada por Friedrich Hayek (austríaco). Participaron Mises (austríaco), Milton Friedman, Frank Knight y otros chicagoanos. Se reunieron para combatir el "intervencionismo estatal" post-Depresión (New Deal) y la posguerra (bienestar keynesiano). Temían el colapso capitalista y libertad económica ante comunismo soviético y  su planificación. 

El MPS creó la red anticomunista para influir en las políticas vía think tanks (Cato, Heritage), uniendo subjetivismo austriaco con monetarismo chicagoano contra el welfare y los sindicatos que luchan. El  resultado político fue el neoliberalismo de Reagan-Thatcher-Pinochet que Milei milita y militó abiertamente desde el inicio de su campaña electoral 

Esta red, fue financiada por la Fundación Ford y los hermanos Koch, generaron el "think tanks" como el Cato Institute y la Heritage Foundation. Los gobiernos de Ronald Reagan en 1981 eliminan el Glass-Steagall gracias a esta influencia. Margaret Thatcher en 1979 ejecuta el Big Bang financiero con el aval ideológico de estos círculos atacó todo tipo de seguridad social. La dictadura de Augusto Pinochet en Chile desde 1973 convirtió al país en laboratorio neoliberal. Los Chicago Boys, formados bajo tutela de Mont Pèlerin privatizaron las pensiones con las AFP.

En este escenario surgió su principal apuesta política en las elecciones, el Partido Libertario de Nueva York, en los años 70 que abogaba por destruir las conquistas de los trabajadores en el estado y fortalecer el proceso guerrerista y habilitar al narcotráfico como motor de la economía capitalista y el libre mercado absoluto.  En las elecciones de gobernador apenas tuvo 200 mil votos en 1970. Fundado en abril de 1970 en Manhattan y Brooklyn, atrajo a activistas como Andrea Millen (primera presidenta) y Ed Clark, postuló candidatos locales en elecciones de 1973 y celebró convenciones caóticas sin plataformas acordadas ni resoluciones sobre temas clave. Rothbard, profesor en el Polytechnic Institute y editor de The Libertarian Forum, importaba el subjetivismo misesiano y hayekiano para denunciar regulaciones laborales y sindicatos como monopolios estatales coercitivos que violaban contratos individuales voluntarios. En la crisis fiscal neoyorquina de 1975 que casi quiebra la ciudad con huelgas masivas del metro, basureros y maestros, el partido no tuvo presencia electoral pero demandaba recortes brutales en salarios públicos, pensiones y salario mínimo, culpando al "gasto sindical excesivo" y alineándose con banqueros del Big MAC en guerra abierta contra la clase obrera sindicalizada que cubría el 20% de la fuerza laboral. Este antiobrerismo.

El matiz racista brotaba de Rothbard, quien proponía el separatismo racial como "autodeterminación" contra igualdad estatal forzada, repudiando a las  Panteras Negras en plena polarización de disturbios Bronx-Harlem donde rechazaban welfare y afirmativos como toda asistencia social las caracterizaba como un robo a blancos. Este individualismo ocultaba desdén por desigualdades segregacionistas, resonando temores conservadores demográficos. Su derrumbe fue inevitable al no incoroorar la simpatía de la población cayó en el faccionalismo y disputas entre minarquistas vs. anarcocapitalistas que provocaron renuncias cadena en 1976 tras las votaciones. Una conclusión es que como ideología propia necesitará de los partidos conservadores y de derechas como los casos de Reega, Tacher y Milei (una junta de gatos peronistas, radicales y partidos provinciales).

Este modelo se replicara en otros países, como  en Perú, Colombia y México con resultados similares. Friedrich Hayek visitó a Pinochet en 1977 y defiendió la dictadura liberal. La Sociedad Mont Pèlerin celebra su congreso en Viña del Mar en 1981 para consagrar el milagro chileno. También con los liberales de la UCDCarlos Menem aplica la convertibilidad en Argentina durante los años 90 bajo la misma lógica. Alberto Fujimori y Fernando Henrique Cardoso siguen este patrón en Perú y Brasil. El FMI impone condicionalidad post-deuda de 1982 en toda América Latina. La Unión Europea adopta los parámetros de Maastricht en 1992 con espíritu neoliberal.

Javier Milei desde 2023 encarna este anarcocapitalismo rothbardiano en Argentina. El Atlas Network, heredero de Mont Pèlerin, respalda estas políticas hasta el 2026. Marcelo Ramal omite estos ejemplos concretos en su análisis. Una crítica marxista seria exige esta dimensión internacional que Ramal evade por completo. Karl Marx resuelve el problema de la transformación en el Capital en el tomo III. Los valores determinan la gravitación de los precios de producción según Marx. Eugen von Böhm-Bawerk alega una contradicción que no existe en esta formulación dialéctica. Rudolf Hilferding rebate esta crítica en su texto de 1904 con precisión. El subjetivismo marginalista pretende derivar lo social de preferencias individuales caprichosas. El fetichismo de la mercancía explica esta mistificación según Marx. Vladimir Lenin vincula la exportación de capital austríaco al imperialismo en 1916. Rosa Luxemburgo acelera la crisis de sobreproducción con su análisis de monopolios en 1913. Friedrich Hayek exalta los precios como conocimiento disperso en 1945. Las crisis revelan la caída tendencial de la ganancia según Marx por el aumento del capital orgánico. La crisis de 2008 valida los ciclos austriacos pero requiere rescates estatales masivos. El Estado burgués socializa las pérdidas en este contexto irónico. Marcelo Ramal idealiza la planificación fabril sin escalar al nivel mundial. Marx exige la revolución permanente transnacional en el Manifiesto Comunista de 1848. León Trotsky advierte sobre la degeneración burocrática del socialismo aislado en 1938. El neoliberalismo responde a la crisis del fordismo en 1971 con el shock de Nixon. Chile exporta cobre barato a Ford Motors bajo este régimen. Argentina envía soja transgénica a Monsanto con las mismas políticas. Ramal subestima la resiliencia del capital a través del Estado neoliberal. Hayek actúa de manera pragmática con Pinochet a pesar de su antirregularismo puro. Marx explica esto en El 18 Brumario como gestión estatal de crisis burguesas. La falta de internacionalismo en Ramal domestica el marxismo a controversias académicas locales. Este error cede la hegemonía ideológica al neoliberalismo que Milei representa hoy. El trotskismo revolucionario requiere la Cuarta Internacional contra Atlas Network. Los precarios del Sur Global deben unirse a los del Norte en esta lucha. Ramal traiciona el programa de revolución permanente con su enfoque filológico. Su nota sepulta la dialéctica global en disputas textuales con Mises. Este desarrollo del error convierte una crítica potencialmente potente en un ejercicio estéril. La Escuela Austríaca triunfa ideológicamente porque sus enemigos permanecen encerrados en debates nacionales. Solo el internacionalismo obrero disuelve el fetichismo mercantil austríaco de manera efectiva. 

El subjetivismo: piedra angular y talón de Aquiles

El eje filosófico de la escuela austríaca es el subjetivismo radical. Para Menger y sus discípulos, el valor de un bien no depende del trabajo socialmente necesario para producirlo, sino de la percepción subjetiva de utilidad que cada individuo le asigna. No existen, según esta corriente, leyes económicas objetivas que regulen la producción social: todo se reduce a las preferencias, decisiones y planes de acción de individuos aislados. Hayek lo formuló con claridad en su ensayo sobre el cientificismo: en economía no son cosas físicas, sino ideas e intenciones, los objetos de estudio. Ni una mercancía, ni un bien económico, ni el dinero pueden definirse en términos físicos, sino solamente en función de las opiniones que las personas sostienen sobre las cosas.

Este individualismo metodológico cumple una función ideológica precisa, al disolver las relaciones sociales en un enjambre de decisiones individuales, desaparecen las clases sociales y, con ellas, la explotación del trabajo por el capital. Si el valor de una mercancía no proviene del trabajo humano sino de la apreciación subjetiva del consumidor, entonces no hay plusvalía, no hay apropiación del trabajo ajeno y no hay razón estructural para el conflicto social. El capital aparece como un "factor de producción" independiente, merecedor de su propia retribución.

Desde el marxismo, esta operación fue denunciada como un retroceso histórico monumental. Nikolái Bujarin, que estudió a Böhm-Bawerk durante su exilio en Viena, publicó en 1914 La economía política del rentista, donde caracterizó al marginalismo como la expresión teórica de una clase que vive de la renta y no de la producción. Rudolf Hilferding, antes de su giro revisionista, respondió directamente a Böhm-Bawerk señalando que la teoría subjetiva pretende deducir una medida social objetiva a partir de estimaciones individuales, una operación lógicamente insostenible. Conrad Schmidt también contribuyó a la polémica temprana defendiendo la teoría del valor-trabajo frente a la escuela de la utilidad. 

Si el lector desea una definición breve, es solipsismo y religión, una alienación sobre la mercancía, donde el capitalista es dios de lo que construcción social se llama sentido común de un régimen de poder  que será lo "bueno" y los seres humanos sus marionetas que consumen sus bondades, y si no sucede son la "maldad" con derecho a negar el enfoque capitalista o a eliminarlos, claro, no1 por sus propias manos sino por otro, por un aparato represivo del estado fuerte. En este sentido también muchos revisionistas del máximo se equivocan cuando explican a Marx desdoblado de la economía y la creación del primer partido obrero que fue la liga comunista que Marx con Engels fueron sus creadores. Es decir no hay análisis separado de la economía por fuera del estado, en el capitalismo la condición represiva y de un estado fuerte es donde garantiza circunstancialmente el desarrollo de la plusvalíaEl marginalismo funciona con la combinación de los determinantes económicos del capitalista con la ayuda de la policía y el ejército para reprimir sus desviaciones reales. Es decir no es economía, es política de estado y represivo de la libertad del trabajador. Por eso niega la categoría de trabajador y eleva la noción abstracta de libertad, que se traduce en privilegios y libertad del empresario, patrón o capitalista.

 Los discípulos y las generaciones de la escuela

La primera generación  de la escuela no se trataba de intelectuales que se jugarán por sus ideas y fueran perseguidos por el estado, sino que estuvo conformada por el propio Menger y sus dos discípulos directos: Eugen Böhm-Bawerk y Friedrich von Wieser. Böhm-Bawerk, nacido en 1851 en el seno de una familia aristocrática, fue ministro de Hacienda del imperio austrohúngaro en tres ocasiones y se convirtió en el soldado intelectual de la causa marginalista. Su obra Capital e Interés intentó reformular toda la teoría del capital, y en 1896 publicó La conclusión del sistema marxista, una pretendida refutación del tomo tercero de El Capital que buscaba demostrar una contradicción entre la teoría del valor-trabajo y la formación de los precios de producción. Wieser, por su parte, aportó la estructura conceptual y mantuvo una curiosa simpatía por el socialismo fabiano atenuado, algo que lo diferenciaba del resto de la escuela.

La segunda generación fue dominada por Ludwig von Mises, nacido en 1881 en Lviv (entonces parte del imperio austrohúngaro) en el seno de una prominente familia judía. Su bisabuelo había sido ennoblecido por el emperador Francisco José y su padre era un miembro activo del Consistorio Judío de Viena. Mises llevó la hostilidad contra el socialismo a un nivel superior, en 1921 publicó El Socialismo, un alegato contra la Revolución de Octubre y el bolchevismo centrado en la tesis de la "imposibilidad del cálculo económico" sin propiedad privada y precios de mercado. Su discípulo más brillante fue Friedrich Hayek, quien extendió las investigaciones sobre el socialismo hacia una teoría del conocimiento disperso y debatió en Londres con John Maynard Keynes durante los años treinta. El debate con Keynes fue muy trucho, dado que ninguno de los teóricos discutió que la propia obra de Keynes que incluía en sus investigaciones el cómo de detener y destruir al marxismo, cosas que fue premiado por la corona inglesa con títulos y también por su cipayismo anticomunista al premio de la paz. El rastrerismo criollo como Axel Kiciloff del peronismo lo tiene como el norte de la meca progresismo y en los CBC de la UBA se enseña para reclutar militantes peronistas y frenar al movimiento estudiantil de izquierda.

La tercera generación se dispersó ante su cobardía y complicidad tras la llegada del nazismo a Austria. Mises escapó primero a Ginebra y luego a Nueva York. Hayek se estableció en Londres y posteriormente en Chicago. El aislamiento de la escuela entre 1945 y 1973 fue casi total, agravado por el giro de la economía académica hacia los modelos matemáticos y la econometría, ajenos a la metodología verbal austríaca. Y su apoyo al nazismo como mal menor ante el avance de la revolución soviética, mostraron su anticomunismo dentro y fuera  del juego de la democracia, en la actualidad lo hacen el sionista  Milei, o el nazi Kast en chile.

El renacimiento vino en 1974 con el Nobel a Hayek y la aparición de una nueva generación: Israel Kirzner, rabino sionista ordenado e hijo de un célebre talmudista, que se doctoró bajo la tutela de Mises en Nueva York y desarrolló contribuciones sobre la empresarialidad, es importante el talmud como modelo de negocio sionista, y una forma religiosa de atraer compradores y socios a los negocios que serán aplicados desde un almacén a las grandes multinacionales, y desde los emprendedores hasta los magnates como Musk; Murray Rothbard, que radicalizó las posiciones hasta el anarcocapitalismo, abogando por la desaparición total del Estado, se denominará monarquismo, pero en realidad es liquidar toda forma de negociación de los aparatos del estado, y fortalecer su aparato represivo y su política militarista, entonces, sí se fortalece el estado, por ejemplo, se destruye el Andy y las políticas de género, pero desde ese presupuesto que se ahorra, se gasta el triple en armamento y un ejército parasitario. ; Hans-Hermann Hoppe, que combinó la escuela austríaca con posiciones abiertamente reaccionarias en lo social; y más recientemente, Jesús Huerta de Soto en España y los divulgadores argentinos que prepararían el terreno intelectual para el fenómeno Milei. Que en sus bases está la propia corrupción y la mentira en sus bases estadísticas de la inflación y lus índice de pobreza, es crear una base de funcionarios lúmpenes por naturaleza para mentir y crear una base artificial de datos para manipular censos. Manipulación y demagogia de los tiranos.

La crítica marxista: los errores fundamentales de los austríacos

El trabajo de Marcelo Ramal, presentado en un simposio dedicado al socialismo, ofrece una disección precisa de los errores teóricos de Mises. Según el análisis de Ramal, Mises intenta refutar la ley del valor-trabajo con argumentos extremadamente vulgares. En un ejemplo que Ramal califica de "recontra vulgar", Mises compara dos mercancías que requieren en total las mismas diez horas de trabajo pero con diferente composición entre trabajo directo e indirecto, y concluye que el "cálculo en trabajo es falso". Pero con eso demuestra que desconoce no ya a Marx, sino al propio David Ricardo, que desarrolló la distinción entre trabajo directo (el aplicado directamente a la mercancía) y trabajo indirecto (el contenido en las materias primas e instrumentos que transfieren su valor).

Mises también presenta a los medios de producción no producidos, como la tierra, como si fueran la forma generalizada de la producción social, cuando en realidad constituyen una excepción históricamente residual. La abrumadora mayoría de las mercancías se producen apelando a la industria humana y se intercambian de acuerdo al trabajo incorporado, no de acuerdo a su escasez. Como observó Ramal, Mises generaliza la lógica de la renta del suelo a toda la economía, confirmando sin quererlo la caracterización de Bujarin del marginalismo como "economía política de los rentistas".

Otra objeción clásica que Mises hereda de Böhm-Bawerk es la supuesta imposibilidad de reducir a un denominador común los diferentes tipos de trabajo. Pero el propio desarrollo del capitalismo, con el maquinismo, la automatización y la descalificación de la fuerza de trabajo, ha convertido al trabajo abstracto, general e indiferenciado, en la forma dominante de la actividad productiva. La máquina absorbe las peculiaridades del trabajo concreto, haciendo del trabajo humano abstracto no una abstracción filosófica, sino una realidad material del capitalismo contemporáneo.

La tesis central de Mises, "donde no hay mercado no pueden formarse precios y sin precios no hay cálculo económico", glorifica al sistema de precios como regulador insuperable de la producción social. Pero como señala Ramal retomando a Marx, si hay un régimen opuesto al "cálculo" racional es precisamente la economía mercantil, donde el carácter social de los productos solo se verifica después de producidos, donde la regulación se abre paso de modo convulsivo y caótico a través de crisis y bancarrotas. Mises exalta como racionalidad suprema lo que Marx describió como "necesidad natural, intrínseca, muda".

La relación con el fascismo y las dictaduras

Uno de los capítulos más incómodos para los defensores de la escuela austríaca es la relación documentada de sus principales referentes con regímenes fascistas y dictatoriales. No se trata de difamaciones sino de textos, hechos y declaraciones que dejaron los propios protagonistas.

Ludwig von Mises, en su libro Liberalismo publicado en 1927, escribió que "no se puede negar que el fascismo y movimientos similares que apuntan al establecimiento de dictaduras están llenos de las mejores intenciones y que su intervención, por el momento, ha salvado a la civilización europea. El mérito que el fascismo por lo tanto ha ganado para sí vivirá eternamente en la historia". Mises agregaba que el fascismo era "una emergencia provisional" y que verlo como algo más sería un error fatal. Pero la reivindicación estaba formulada: el fascismo como salvador de la civilización frente al socialismo.

Pocos años después, Mises pasó de la teoría a la práctica. Cuando Engelbert Dollfuss dio un golpe de Estado en Austria en 1933, disolvió el Parlamento e impuso un régimen autoritario que suprimió sindicatos, prohibió partidos políticos y destruyó el laicismo en la enseñanza, imitando al fascismo italiano, Mises fue economista jefe de la Cámara de Comercio de Austria y consejero del dictador. Dollfuss aplicó medidas económicas recomendadas por el propio Mises. Mises militó en el Frente Patriótico austrofascista desde marzo de 1934. Es cierto que Mises era judío y que tuvo que escapar del nazismo, pero su colaboración activa con el austrofascismo no puede ser ignorada.

Friedrich Hayek profundizó esta línea con su apoyo explícito a la dictadura de Augusto Pinochet en Chile. Visitó al dictador en 1977, conversaron sobre "democracia limitada" y Hayek le envió un capítulo de su libro como modelo constitucional. Alabó la política económica de la dictadura y calificó el costo social de "mal necesario". En una carta al diario británico The Times en 1978, afirmó que "la libertad personal era mucho mayor bajo Pinochet que bajo Allende". En 1981, en una entrevista a El Mercurio de Santiago, declaró con total desparpajo: "Mi preferencia personal se inclina a una dictadura liberal y no a un gobierno democrático donde todo liberalismo esté ausente". Ese mismo año, la Sociedad Mont-Pelerin, fundada por el propio Hayek en 1947 como el gran tanque de pensamiento neoliberal, realizó su congreso en Viña del Mar, la misma ciudad costera donde se había tramado el golpe contra Salvador Allende.

Hayek también defendió al régimen de Salazar en Portugal y denunció como "campaña de propaganda negativa" las denuncias contra Pinochet, equiparándolas con las críticas al apartheid sudafricano. En Los fundamentos de la libertad cuestionó que fuera deseable ampliar siempre la democracia y llegó a afirmar que no resulta obvio que la igualdad ante la ley requiera que los adultos tengan voto.

La familia Hayek y el nazismo

Un libro publicado recientemente en Argentina por el sociólogo Christian Ferrer, El cielo fuera de quicio, reveló detalles estremecedores sobre la familia de Hayek. En su propia autobiografía, Hayek se limitó a decir que en la casa de sus padres se respiraba un "tácito antisemitismo". Recordemos que el sionismo nació antisemitista, diferenciaba a los judíos ricos de los pobres, y a los judíos de origen alemán de los europeos, sobre todo de los segunda categoría como los polacos.  Igual en este sentido se trata más de mucho más que eso. Su abuelo había sido candidato político antisemita. Su madre devino nazi confesa, afiliada a la rama femenina del partido, con un ejemplar de Mein Kampf subrayado de punta a punta. Su padre organizó la Asociación de Médicos Étnicamente Alemanes, comprometida en sus estatutos con "la defensa de los médicos no judíos contra los judíos".

Pero fue su hermano Heinrich von Hayek quien recorrió todo el escalafón del horror. Se incorporó primero a las SA, las tropas de asalto nazis, luego a las SS y finalmente al partido nazi en 1938. Heinrich se dedicó a la disección de pulmones de personas recién ejecutadas, entre los cuales al menos 120 provenían de sitios de ejecución de opositores al régimen. En octubre de 1933, Heinrich le pidió a Friedrich que elaborara un mapa familiar de ascendencia sanguínea hasta los bisabuelos, para cumplir con la ley nazi que exigía la prueba de sangre aria pura. Friedrich von Hayek cumplió de inmediato con el pedido y recibió una postal de agradecimiento con la imagen de Hitler.


La cuestión del sionismo y la composición social de la escuela

La relación entre la escuela austríaca y el sionismo no es directa ni orgánica en un sentido institucional, pero merece un análisis del contexto social en que se desenvolvió. La Viena de finales del siglo XIX y principios del XX, donde nació la escuela, era el epicentro de múltiples corrientes intelectuales judías: desde el sionismo de Theodor Herzl, que publicó El Estado Judío en 1896 y organizó el primer Congreso Sionista en Basilea en 1897, hasta el austromarxismo y los movimientos bundistas que proponían una solución socialista a la cuestión judía.

Varios de los referentes austríacos provenían de familias judías asimiladas de la alta burguesía vienesa. Mises era de una prominente familia judía galitziana ennoblecida. Israel Kirzner, de la generación posterior, era hijo de un famoso rabino y talmudista. Murray Rothbard provenía de una familia judía del Bronx. Sin embargo, la posición predominante de la escuela no fue el sionismo político sino un aparente cosmopolitismo liberal: Mises se oponía a los nacionalismos de cualquier tipo, incluido el sionismo, al punto de que autores misesianos contemporáneos han formulado un "argumento misesiano contra el Estado de Israel", señalando que para Mises no podía haber un pueblo elegido que optara por la guerra y la conquista. Una cosa es como se desarrollo en sus inicios esta teoría, y otra como terminó. Este argumento del Mises inicial, el sionista Milei por supuesto que calla, por eso el autoproclamado primer presidente de la escuela austríaca tiene una ensalada de verduras y frutas en la cabeza.

Pero lo que sí existió fue una convergencia estratégica posterior entre sectores del libertarianismo austríaco y el establishment del estado israelí, particularmente a través de redes como la Sociedad Mont-Pelerin, donde confluyeron defensores del libre mercado de distintas procedencias con una agenda común anticomunista. En la actualidad se puede identificar a la escuela austríaca como una corriente sionista en sentido estrictamente oportunista: es una corriente del liberalismo burgués reaccionario que eventualmente encontró una vía de acceso a su oportunismo para someterse a múltiples sectores de la derecha internacional.


Una respuesta reaccionaria al marxismo

La escuela austríaca no fue simplemente una corriente académica entre otras. Fue, desde su origen, una empresa de contrarrevolución teórica. Como observó Ramal, la ciencia que procuró presentar al capitalismo como la estación terminal del progreso humano recibió de Marx su crítica definitiva. Metida en ese atolladero, la academia económica burguesa se vio en el desafío de insuflarle vida al cuerpo exánime de "su" ciencia y construir un nuevo conocimiento que operara como arma teórica e ideológica contra el socialismo y la clase obrera.

Esta función quedó particularmente expuesta tras la Revolución de Octubre de 1917, cuando Mises se lanzó a escribir El Socialismo como un alegato contra el bolchevismo. La tesis de la "imposibilidad del cálculo económico" no era un hallazgo científico neutro: era un arma política contra la experiencia soviética, formulada apenas cuatro años después de la toma del poder por los bolcheviques. Desde entonces, cada generación de austríacos ha reciclado esta tesis como prueba irrefutable del fracaso de toda alternativa al capitalismo.

Las respuestas socialistas a Mises estuvieron condicionadas por la crisis política derivada de la degeneración burocrática del Estado soviético. Oskar Lange, ministro del régimen polaco, propuso un "socialismo de mercado" que en realidad aceptaba la premisa fundamental de Mises: que sin sistema de precios no hay regulación posible. Los cibercomunistas contemporáneos, como Cockshott y Nieto, atribuyen el fracaso soviético a limitaciones tecnológicas y sostienen que la planificación sería viable con la computación actual, pero caen en un fetichismo tecnológico que reemplaza la transformación de las relaciones sociales por un dispositivo técnico. Como advirtió Ramal, estas posiciones devuelven a los críticos de Mises al terreno metodológico del propio Mises, al naturalizar el sistema de precios como referencia incluso para una economía socialista.

Para el marxismo revolucionario, la planificación socialista no es un problema técnico que se resuelva con mejores computadoras: es un problema político que exige la revolución internacional, la destrucción del aparato burocrático y la gestión directa de los productores. Los bolcheviques no se equivocaron de época: fue el stalinismo, convertido en aparato de Estado con intereses propios, quien saboteó la planificación e impidió incluso el empleo de las herramientas cibernéticas que ya estaban disponibles, como las desarrolladas por Leonid Kantorovich. El fracaso no fue de la planificación, sino de la burocracia que la asfixió.


El resurgimiento libertario y su función actual

La resurrección contemporánea de la escuela austríaca no es un fenómeno puramente intelectual. Ya viene del Partido Libertario de Nuva York Responde a las necesidades del capital financiero en una época de crisis sistémica. Desde la crisis de 2008 y particularmente tras la pandemia, el discurso austríaco contra la intervención estatal, la emisión monetaria y la regulación financiera sirve como cobertura ideológica para los sectores más concentrados del capital, que reclaman desregulación total, destrucción de los convenios colectivos y liquidación de toda conquista social. 

Una experiencia política l Partido Libertario de Nueva York (LPNY) en los años 70 representa un capítulo emblemático del fracaso del radicalismo de mercado en un contexto de crisis social y económica. Fundado en abril de 1972 como filial del Partido Libertario nacional, surgió en la efervescente escena intelectual de Manhattan y Brooklyn, impulsado por figuras como Murray Rothbard, el anarcocapitalista que desde su cátedra en el Polytechnic Institute predicaba la abolición total del Estado. El partido atrajo a un puñado de activistas –alrededor de 95 en su primera convención de 1973–, liderados por Andrea Millen como presidenta y luego por Ed Clark, Jerome Klasman y Carl Hastings. Su agenda era clara: desmantelar regulaciones, impuestos y todo vestigio de welfare state, presentando el libre mercado como salvación universal. Pero bajo esa retórica de libertad individual latía un carácter ferozmente antiobrero y teñido de matices racistas que lo condenó a la irrelevancia y la implosión.

Nueva York en los 70 era un polvorín: crisis fiscal que llevó la ciudad al borde de la quiebra en 1975, huelgas masivas de metro, saneamiento y maestros, desempleo galopante y un crimen rampante que azotaba barrios obreros. El LPNY respondió con un antiobrerosimo visceral. Para ellos, los sindicatos eran monopolios coercitivos, privilegiados por leyes estatales que violaban el "derecho natural" a contratos individuales. Rothbard, cerebro del movimiento local, argumentaba que salarios sindicales eran artificialmente altos, perjudicando a trabajadores no organizados y emprendedores. Durante la crisis, el partido exigió recortes drásticos en pensiones públicas y salarios municipales, alineándose con banqueros que imponían austeridad vía el "Big MAC" (Municipal Assistance Corporation). Abolir el salario mínimo, las 40 horas semanales y el derecho a huelga no era reforma: era guerra abierta contra la clase trabajadora, vista como obstáculo al "emprendimiento libre". En una ciudad donde el 20% de la fuerza laboral era sindicalizada, esta postura no solo alienó a potenciales votantes obreros, sino que los posicionó como aliados objetivos de la élite financiera contra los barrios latinos, negros e irlandeses que sostenían la urbe.

El tinte racista emergía del propio Rothbard y permeaba los círculos neoyorquinos. En ensayos de la época como "The Negro Revolution", Rothbard –frustrado por la alianza negra-proletaria en la Nueva Izquierda– defendió el separatismo racial como "autodeterminación voluntaria". Propuso que comunidades afroamericanas secesionaran para autogobernarse sin "igualdad forzada" impuesta por el Estado. Inicialmente celebró la "defensa armada" de las Panteras Negras contra la policía, pero pronto las repudió por su estatismo, volcando su retórica hacia un esencialismo que equiparaba integración con tiranía. En Nueva York, polarizada por disturbios raciales en el Bronx y Harlem, el LPNY rechazaba programas afirmativos y welfare como "robo a contribuyentes blancos", ignorando desigualdades estructurales de segregación y redlining. Aunque evitaron plataformas abiertamente racistas, su individualismo extremo –"cada uno por su cuenta, sin Estado ni solidaridad colectiva"– encubría un desprecio por luchas minoritarias, resonando con conservadores temerosos del cambio demográfico. Rothbard incluso fantaseó con "ciudades-estado privadas" donde comunidades se aislaran por afinidad cultural, un guiño a enclaves segregados disfrazados de libertad.

Esta combinación tóxica selló su destino. Internamente, el partido implosionó en disputas endémicas. La convención de 1974 se prolongó hasta las 3 a.m. sin acordar plataforma básica. En 1976, elecciones de representantes at-large provocaron renuncias en cadena: Charles Blood dimitió tras una votación reñida, seguida de boletas por correo que solo avivaron faccionalismo entre minarquistas (Estado mínimo) y anarcocapitalistas (sin Estado). Konkin III, con su agorismo, y Rich con su enfoque electoral, chocaban constantemente. Recursos se dilapidaban en pleitos legales contra el USPS por envíos de propaganda, mientras recolectar firmas para boletas estatales era un calvario. Campañas locales de 1973 en NYC quedaron en anécdotas: cero cargos ganados, votos marginales.

Para finales de los 70, el LPNY era un cascarón vacío, un club de debates ideológicos sin impacto real. Su fracaso electoral –nunca superando el 1% en contiendas relevantes– reflejaba contradicciones profundas: un mensaje elitista, antiobrero y racialmente insensible en una metrópolis proletaria y multicultural. Rothbard mismo abandonó el partido nacional en 1980 por "demasiado moderado", fundando su ala radical. El LPNY prefiguró el destino de libertarianismos puros: ruidosos en think tanks como el Mises Institute, pero estériles en urnas. Hoy, sobrevive como reliquia, con ecos en figuras como Milei, pero sin raíces populares. Su implosión no fue accidente: era inherente a una ideología que exalta al capital individual sobre la lucha colectiva, condenada a disolverse como sus propios mercados "libres" en crisis. 

En Argentina, este fenómeno alcanzó su máxima expresión con Javier Milei, como derrumbe del peronismo y su giro a la derecha en su cuarto gobierno kirchnerista, y su actual apoyo a Milei, un ejemplo, son el apoyo a las leyes de Milei con los gobernadores peronistas, con sus senadores y diputados peronistas, y con toda la dirección de la CGT que voto sin paro general la Reforma Laboral por en varias  de sus enmiendas garantizó recursos millonarios con las obras sociales y la afiliación obligatoria y compulsiva. La prohibición de la democracia en la fabrica y los sindicatos, es decir la casta de Milei con una mano lava la otra y con la otra lava la casta peronista en la CGT y en el estado como oposición conciliadora.

En la economía y con libritos bajos el brasi y con traje y corbata, pero con los pajaritos volados, Milei, Mises y Hayek son íconos de consumo masivo. Pero como documentó Rolando Astarita, la cercanía de La Libertad Avanza con defensores de la dictadura de Videla no es una casualidad sino una consecuencia lógica de la tradición que reivindican. Para los austríacos, la libertad primordial es la del mercado y la propiedad privada del capital. Si estas son amenazadas, se justifican los "remedios de emergencia": dictaduras y fascismos incluidos. No hay forma de negar estas vinculaciones. Son parte constitutiva de un sistema de pensamiento desarrollado durante décadas.

La escuela austríaca cumplió su función histórica, dotar a la burguesía de un aparato teórico contra la revolución socialista. Su subjetivismo disuelve las clases en individuos que hablan con dios y tienen poderes mesiánicos, en su forma criolla reivindican el individualismo pero después quieren festejar con las masas un campeonato de futbol o alguna alegría del pueblo, que luego privatizan. En definitiva su teoría del valor oculta la explotación, su concepción 

Su subjetivismo disuelve las clases en individuos, su teoría del valor oculta la explotación, su concepción de la libertad se reduce a la libertad del capital. Cuando esa libertad es amenazada por la democracia o por la organización obrera, los austríacos no dudan: prefieren un dictador liberal a un gobierno democrático sin liberalismo. Lo dijo Milei y Hayek, y lo dicen, a su manera, todos sus herederos. Sus volteretas para organizarse políticamente los definen en el colectivismo burocrático nazi, es su esencia y presencia política. Por eso hay que superar este error estratégico de Ramal y pasar a la acción.  Hay que aplastarlos con la revolución socialista mundial.


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