Un mundo mejor es posible


Por Raúl Valle

La religión, en su instrumentalización histórica por las clases dominantes, no es un fin en sí mismo sino un medio para perpetuar la opresión material, tal como lo reveló Karl Marx al desmantelar el idealismo hegeliano del Estado absolutista prusiano. Hegel consideraba que el rey es dios, hablaba con dios y era el representante de dios. Además que tenia un linaje de sangre azul distinta a los otros seres humanos, como se consideran en la actualidad el propio Trump y Milei en sus delirios sionistas cuando van a hablarle en nombre de la humanidad a una pared al estado genocida de Israel.

La genialidad de Marx radica precisamente en no limitarse a una crítica superficial de la religión —como un mero ateísmo militante—, sino en exponerla como el velo ideológico que sostiene estructuras de poder económico y político, convirtiendo el sufrimiento humano en resignación pasiva. 

En su Introducción a la Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, escrita en 1844 durante su exilio en París, Marx voltea el sistema hegeliano: mientras Hegel elevaba el Estado prusiano a encarnación del Espíritu Absoluto —un ente divino-racional donde la monarquía de Federico Guillermo III representaba la libertad histórica consumada—, Marx demuestra que este Estado no es idea eterna, sino producto alienado de contradicciones materiales, con la religión como su pilar espiritual. Hegel, en su Filosofía del Derecho de 1821, argumentaba que la libertad se realiza en tres etapas: abstracta en la persona, moral en el sujeto y ética en el ciudadano subsumido al Estado. La religión cristiana, especialmente el luteranismo prusiano, proveía la "representación sensible" de este absoluto, justificando la censura, la nobleza hereditaria y la ausencia de reformas liberales como obediencia ética-divina. El individuo no se emancipa en rebelión, sino disolviéndose en la totalidad estatal, donde el rey es la razón encarnada. 

Marx, influido por Feuerbach pero superándolo con materialismo dialéctico, es decir la materia en movimiento, revela la trampa, esta religión estatal aliena al proletariado de su esencia humana, proyectándola en un Dios y un Estado que legitiman la miseria real —las hambrunas de 1844, la ley de prohibición de recolectar lena en la propiedad feudal y estatal,  y las revueltas de tejedores reprimidas—. La frase completa lo encapsula con maestría: "La miseria religiosa es, a la vez, la expresión de la miseria real y la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón, el espíritu de una época sin espíritu. Es el opio del pueblo. La abolición de la religión como felicidad ilusoria del pueblo es la condición para la felicidad real. La exigencia de abandonar las ilusiones sobre su condición es la exigencia de abandonar una condición que necesita ilusiones. 

Por tanto, la crítica de la religión es el germen crítico de todas las críticas". El "opio" o "cualquier droga" es un analgésico ambivalente, alivia el dolor de la explotación capitalista incipiente, pero impide la cirugía radical, la revolución proletaria que aboliría la base económica opresiva. En Prusia, la Iglesia luterana bendecía al absolutismo como voluntad divina, distrayendo a las masas de la "crítica de la tierra" —la lucha de clases— hacia la "crítica del cielo".

Esta dinámica se repite en todas las religiones, adaptadas por la burguesía y la casta para justificar violencia material contra oprimidos, desde el judaísmo hasta espiritualidades indígenas modernas. 

En el judaísmo, la Torá consagra al pueblo de Israel como el elegido por dios, es decir, todo otro pueblo es el enemigo, (Éxodo 19:5-6, Deuteronomio 7:6) con mandato genocida sobre los no creyentes o todo lo que consideren "ellos" de pueblo distinto como de "animales" o adversario religioso justificado para eliminar: Deuteronomio 20:16-18 ordena "no dejar vivo nada que respire" en ciudades cananeas. Ejemplos incluyen Jericó (Josué 6:21, masacre total), Hai (Josué 8:25, 12.000 muertos) y amalecitas (1 Samuel 15:3, infantes inclusive). Los sionistas contemporáneos lo invocan para los  asentamientos de Gaza y en Cisjordania, desplazando a los campesinos palestinos por tierra fértil, todo enmarcado como derecho divino que oculta disputas por recursos hídricos y gasiferos.

El cristianismo, con ocho siglos de teocracia medieval, institucionalizó la Inquisición (1231) para torturas y hogueras (32.000 ejecuciones españolas), cruzadas (2 millones muertos en Constantinopla 1204) y las ya conocidas masacres en las conquistas americanas.

En el calvinismo moderno —James White dice que dios decreta las violaciones o son un "mal sin propósito" donde hay que realizar un aprendisaje; Jeff Durbin justifica que es "razón moralmente suficiente para todo mal"; John Piper señala su confesión, "Dios prohíbe lo que ordena"; Mark Talbot alevosamente dice, Dios provoca Holocausto y los abusos infantiles—, como venís se refina el opio porque consuela a las víctimas con resignación divina mientras las actuales autoridades y las burguesías capitalista en occidente generan violencia vía desigualdad.

Martín Lutero es un ejemplo del militante mesiánico fundido, pretendió una renovación de la religión con una rebelión pero terminó con un  odio de derecha a los judíos, escribió en su etapa final de su vida en "Sobre los judíos y sus mentiras" (1543) y dijo: "Primero, a sus sinagogas y escuelas [...] hay que prenderles fuego [...] Segundo, [...] sus casas deben ser arrasadas y destruidas [...] Tercero, [...] sus libros de oración y libros talmúdicos [...] deben ser tomados de ellos [...] Cuarto, [...] a los rabinos [...] hay que prohibirles que enseñen [...] Quinto, [...] está prohibido que los judíos se junten con nosotros [...] Sexto, [...] se les quitará el dinero de usura [...] Séptimo, [...] jóvenes judíos fuertes deben ser puestos a la pala, la rueda, la piedra [...] para que se ganen el pan sudando"...

Luego el Nazismo lo adoptó y lo tomó como ya sentido común por la sociedad alemana, en la  Noche de Cristales Rotos (1938) quemaron las sinagogas citando Lutero. Hitler lo elogió y dijo: —"Lutero vio al judío como nosotros hoy empezamos a verlo". Los líderes nazis reimprimieron su libro para la propaganda y ligando al luteranismo a Holocausto (6M judíos, trabajadores y socialistas asesinados) 

En el islam, la Kaaba y Hajar al-Aswad (un meteorito, Corán 2:125) está fetichizado y justifica yihad (Corán 9:5: "matad idólatras"), unos de los resultados es con ISIS ejecutando 5.000 yazidíes (2014) y omeyas masacrando en conquistas territoriales.  Hasta hay religiones inventadas por los ingleses en élites saudíes que financian al salafismo petrolero para garantizar la estabilidad del dólar.

El Budismo que se la da de "pacífico" en Myanmar (2017) los monjes como Wirathu incitan genocidio rohinyá (hubo 25.000 muertos), todo para proteger los monasterios terratenientes contra los campesinos con el argumento de un  "karma purificador". En Sri Lanka, Bodu Bala Sena ataca y asesina a  musulmanes.

El Hinduismo también hace de las suyas, con el uso del yoga profesa ahimsa (Yoga Sutras 2:35), pero esconde el sistema de  castas que oprimen a los dalits, los parias o mugrientos e intocables de las clases pobres, en Gujarat 2002 ( hubo 2.000 musulmanes masacrados ), y los gurus como Ramdev desalojan con toda impunidad a los campesinos por "salvación kármica".

Hasta el indigenismo contemporáneo —con veneración a la Pachamama, o como proceso de identidad cultural han sido traicionados. En América Latina, caciques y dirigentes indígenas se alinearon con gobiernos neoliberales para reprimir comunidades pobres. Evo Morales en Bolivia favoreció la agroindustria sojera, deforestando millones de hectáreas e invadiendo territorios indígenas bajos. Fernando Vargas Huanca (CIDOB) apoyó leyes que usurpaban TIOC para colonos. En Ecuador, Yaku Pérez promovió minería "verde" en Intag, desplazando kichwas, mientras Jorge Acacho pactó con petroleras en Yasuní, desalojando waoranis. En Argentina, caciques mapuches como Juan Carlos Ñancupil respaldaron a Milei en la derogación de la Ley 26.160, liberando desalojos por forestales a Benetton sobre 200.000 hectáreas. Estas élites usan raíces culturales para encubrir extractivismo contra sus bases proletarias.

Una síntesis importantes es que todas éstas religiones se basan en la opresión y el maltrato a la mujer.

Marx desmitifica todo: contra el Estado absolutista hegeliano, no hay reyes de sangre azul ni la "moda" sionista genocida ni burgueses guerreristas como Trump y el lumpen Milei con derechos divinos para reprimir trabajadores.

Todos son carne mortal, productos de la historia material en movimiento. La burguesía se cree elegida —por Dios, karma, Torah o "conexión telúrica"— para explotar, pero Marx revela su ilusión, solo la sangre proletaria unida en la revolución socialista disolvió y disuelve las superestructuras estatales basadas en el capital y las religiosas, emancipando la humanidad de cadenas ideológicas y materiales. La lucha no es celestial, sino terrenal, cambiemos el mundo, no supliquemos a los dioses ahora defendidos por  burgueses inventados.


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