Gallardo se va de River, pero es algo más...

 


Por Raúl Valle

La renuncia de Marcelo Gallardo como director técnico de River Plate, comunicada en un video institucional y sellada con la promesa de un último partido ante Banfield en el Monumental, clausura un segundo ciclo que terminó siendo la sombra amarga de la era más gloriosa en la historia moderna del club. Esta vez no hay vueltas olímpicas ni noches épicas de Copa, fueron 85 partidos, 35 victorias, 32 empates, 18 derrotas, diez torneos disputados y ningún título, con un cierre demoledor de 13 caídas en los últimos 20 encuentros, una marca que remite a los albores del profesionalismo y que pulveriza la imagen del estratega infalible que construyó durante su primera etapa.

Para entender la magnitud de esta caída hay que remontarse a su aventura en Medio Oriente. Gallardo había dejado River a fines de 2022, tras ocho años y catorce títulos que incluyeron dos Copas Libertadores, y en noviembre de 2023 firmó con el Al Ittihad de Arabia Saudita un contrato que lo ubicaba como el tercer entrenador mejor pago del mundo, solo por detrás Pep Guardiola que percibe entre 24 y 30 millones de euros anuales y el Cholo Simeone que gana alrededor de 34 millones de euros, mientras que Marcelo Gallardo, en Al Ittihad, se ubicaba entre los 20 y 22 millones de euros por temporada.

Lo que se prometía como un paso hacia la élite global del banquillo terminó en un desastre sin atenuantes, en apenas seis meses dirigió 30 partidos con 14 triunfos, 3 empates y 13 derrotas, fue eliminado de todas las competencias, perdió cinco veces consecutivas contra el Al Hilal de Jorge Jesús, protagonizó un conflicto público con Karim Benzema al punto de pedir su destitución del plantel, y fue despedido tras una humillante goleada 5-0 ante el Al Ettifaq de Steven Gerrard. El presidente del club, Louay Nazer, fue explícito al explicar que la pelea con Benzema era "completamente inaceptable para el proyecto" y rompió unilateralmente el contrato, sin acuerdo de indemnización.

En Buenos Aires, River vivía una situación paradójica con Martín Demichelis. El "Micho"  había asumido en noviembre de 2022 proveniente del segundo equipo del Bayern Múnich había construido un ciclo con números muy respetables, en 86 partidos cosechó 51 victorias, 18 empates y 17 derrotas, con una efectividad del 66,27%, y levantó tres títulos, la Liga Profesional 2023 que ganó dos fechas antes, el Trofeo de Campeones 2023 y la Supercopa Argentina 2024. River fue, además, el equipo que más puntos sumó en todo el calendario anual 2023. Sin embargo, una serie de resultados adversos en el primer semestre de 2024, la eliminación por penales ante Inter de Porto Alegre en la Libertadores y la resistencia de un sector de la hinchada a su estilo de rotación constante, generaron un clima que la dirigencia aprovechó. A fines de julio de 2024, Jorge Brito y la cúpula dirigencial le comunicaron a Demichelis que no continuaría, en lo que se presentó como una decisión "de común acuerdo" pero que en los hechos fue un despido encubierto para abrir la puerta al regreso del ídolo. El propio Gallardo, recién llegado de su fallida experiencia saudí, fue contactado antes de que Demichelis jugara su último partido ante Sarmiento. En cuestión de horas, el Muñeco selló su retorno.

La operación política detrás de ese movimiento habla de la complejidad institucional de River Plate, un club cuya dirigencia ha estado históricamente vinculada al poder de turno. La relación entre River y el menemismo fue umbilical durante toda la década del noventa. Carlos Menem, hincha confeso del Millonario desde su infancia en Anillaco, no disimulaba su fanatismo desde la Casa Rosada, asistió al Monumental como presidente electo, criticó técnicos en público, pidió jugadores específicos y llegó al extremo de llamar al Tribunal de Disciplina de la AFA para intentar reducir la sanción por una expulsión de Enzo Francescoli en 1995. Durante su gobierno, River ganó diez títulos, incluyendo la Copa Libertadores 1996 y la Supercopa Sudamericana 1997. Juan Román Riquelme lo sintetizó con ironía: "River ganó un montón con Carlos Menem". Aquel acto masivo que Menem organizó en el Monumental en 1988, con 60.000 personas, financiado por el sindicato de gastronómicos de Luis Barrionuevo, fue el punto de inflexión de su carrera política y un símbolo de cómo el estadio de Núñez funcionaba como caja de resonancia del poder. Décadas después, esa tradición de simbiosis entre política y club no se extinguió sino que mutó. La actual comisión directiva encabezada por Stefano Di Carlo, que asumió en noviembre de 2025 con más del 60% de los votos, exhibe una fuerte impronta del gobierno de Javier Milei, Manuel Vidal, vocal titular y hombre de confianza de Santiago Caputo, ocupa un rol activo, mientras que la disputa entre el sector de Caputo y los hermanos Menem, herederos de la influencia del expresidente, se ha trasladado a los pasillos del Monumental, con conflictos incluso por contratos de seguridad dentro del club

En ese entramado de poder y negocios, River ha consolidado una autopista de talentos juveniles hacia el Real Madrid que representa uno de los flujos de capital más importantes del fútbol argentino, porque consolidó un rol clave en uno de los circuitos de negocios más poderosos del fútbol global. La relación entre ambas instituciones arranca con nombres legendarios, Alfredo Di Stéfano como transfusión fundacional del poder de los años cincuenta, Eduardo Anzarda en 1971, al legendario Oscar Pinino Más en 1973 y se reeditó en la era moderna con operaciones como la de Gonzalo Higuaín que partió en diciembre de 2006 por 18 millones de dólares tras deslumbrar con sus goles en el Superclásico. Pero el caso que marcó un antes y un después fue el de Franco Mastantuono en 2025, la joya de 17 años fue vendida al Real Madrid donde River recibió en limpio 51 millones de euros, la transferencia más cara de la historia del fútbol argentino, en una operación cuyo costo total alcanzó los 72,6 millones de dólares entre cláusula de rescisión, impuestos y retenciones. Fue una cifra descomunal que, sin embargo, no alcanzó para traducirse en resultados deportivos en la actualidad. Las estadísticas oficiales del club y los medios especializados ubican a Mastantuono en la cima del ranking de ventas históricas, por encima de referentes como Enzo Fernández, Julián Álvarez y Lucas Alario.

Estas transacciones millonarias conviven con un ecosistema de transferencias mucho más oscuro, que a lo largo de los años ha revelado vínculos entre el mercado de pases del fútbol argentino y el narcotráfico. En 2013, la Justicia desarticuló una banda de narcotraficantes colombianos operando desde el barrio Nordelta que blanqueaba dinero proveniente de la venta de cocaína a gran escala a través de Football Group Internacional SA, una empresa dedicada a la representación y compra de derechos económicos de jugadores de primera división. En 2015, una investigación sobre la causa "Carbón Blanco" reveló que una organización que había traficado más de mil kilos de cocaína a Portugal tenía más de 60 empresas fachada y había invertido en pases de futbolistas, con allanamientos que llegaron incluso a la sede de Huracán. En 2021, la Justicia ordenó allanamientos en la propia AFA y en clubes como Racing, Independiente, Unión de Santa Fe y Gimnasia por presuntas maniobras de evasión y lavado de dinero en transferencias de jugadores argentinos a México, involucrando nombres como Maxi Meza, Emanuel Gigliotti, Nicolás Sánchez y Jonatan Maidana. Más recientemente, a fines de 2025, el empresario Foster Gillett fue imputado por lavado de dinero en operaciones que incluían el frustrado pase de Valentín Gómez al Udinese y la transferencia de Rodrigo Villagra, exjugador de River, por la cual el club denunció un impago de once millones de dólares. El propio River sufrió en 2017 un escándalo de doping masivo en Copa Libertadores, cuando Lucas Martínez Quarta, Camilo Mayada y Sebastián Driussi dieron positivo por hidroclorotiazida, un diurético capaz de enmascarar otras sustancias, y Driussi fue vendido apresuradamente al Zenit de Rusia por 15 millones de dólares en medio de la investigación

Detrás de esa ingeniería está la estructura propietaria del Real Madrid, que formalmente es un club de socios pero que en la práctica gira desde hace más de dos décadas alrededor de una figura, Florentino Pérez. Reelegido una y otra vez como presidente, Pérez no solo controla el día a día del club blanco, sino que ha armado un imperio económico a través de la constructora ACS y empresas como Abertis, concesionaria de autopistas en España y América Latina. Su perfil político se asocia sin matices con la derecha española, vínculos estrechos con el Partido Popular, cercanía con Mariano Rajoy y Alberto Núñez Feijóo y una relación pragmática con sectores de Vox y la extrema derecha europea. En América Latina, su nombre aparece ligado desde hace años a la familia Macri. Durante el gobierno de Mauricio Macri, empresas del holding familiar compartieron negocios con Abertis en Autopistas del Sol (Ausol), y diversos informes periodísticos detallaron cómo la renovación de concesiones hasta 2030 en los accesos a la Ciudad de Buenos Aires resultó altamente beneficiosa para el grupo español. Aquella final de Copa Libertadores 2018 trasladada a Madrid, decisión que favoreció al club merengue en términos de imagen y a la vez promovió los intereses empresariales de Pérez, fue interpretada por analistas como la expresión simbólica de ese triángulo, el presidente de Real Madrid, y el entonces presidente argentino y una lógica de negocios donde el fútbol funciona como escenario, pero el negocio está en las rutas y los peajes. Más recientemente, Javier Milei posó en España con empresarios de primera línea, y entre ellos aparecen menciones a reuniones o fotos con figuras ligadas al entorno de Florentino, lo que refuerza la percepción de una red en la que el fútbol, la obra pública y la nueva derecha global se cruzan sin pudor.

Mientras River balancea entre la venta de joyas a Madrid y el intento de sostener un equipo competitivo, el mapa de sus negocios se expande geográficamente. En enero de 2024 el club anunció la inauguración de su primera escuela de fútbol recreativo en Estados Unidos, en South Miami Park, Florida, planteada como punta de lanza de un proyecto para captar hinchas, talentos y sponsors en el mercado estadounidense, en sintonía con la llegada de Lionel Messi a la MLS y la organización conjunta del Mundial 2026 entre Estados Unidos, México y Canadá. A fines de 2025 se formalizó también una escuela oficial en Miami, con entrenamientos en el Abel Holtz Stadium, dirigida a chicos y chicas de distintas categorías formativas. Hasta ahora no han trascendido investigaciones judiciales ni denuncias concretas que vinculen directamente estas sedes y academias de River en Estados Unidos con tramas de corrupción o lavado; el foco de las causas penales se concentra sobre todo en el manejo de la AFA, en empresarios de transferencias y en dirigentes locales, pero no en la estructura de academias en el exterior.

Donde sí hay rastros claros de desvíos y zonas grises es en el corazón del sistema: la AFA y el mercado de pases. En los últimos años, distintas causas judiciales revelaron cómo bandas de narcotráfico usaban empresas vinculadas al fútbol para lavar dinero, mediante la compra de porcentajes de pases y derechos económicos de jugadores profesionales. Investigaciones periodísticas y documentos judiciales dieron cuenta de organizaciones que triangulaban fondos entre clubes, representantes y sociedades en paraísos fiscales, aprovechando la opacidad crónica del sistema de fichajes. River, sin ser el epicentro de todas estas maniobras, tampoco estuvo al margen de los sobresaltos, el escándalo de doping de 2017 en Copa Libertadores, con varios jugadores implicados y un éxodo inmediato de figuras, dejó al club bajo la lupa por la forma en que se resolvieron ciertos contratos y ventas aceleradas. Más recientemente, la denuncia del propio River contra el empresario Foster Gillett por el impago de montos vinculados a transferencias derivó en imputaciones por lavado de dinero y puso sobre la mesa una vez más la fragilidad de los controles en el fútbol argentino.

Sobre ese terreno inestable avanza el proyecto político de Javier Milei para privatizar el fútbol mediante Sociedades Anónimas Deportivas. El DNU 70/2023 primero, y luego otras medidas que recortan beneficios impositivos a los clubes, buscan empujarlos hacia modelos empresariales más abiertos al ingreso de capitales privados, con la promesa oficial de eficiencia y transparencia y la sospecha de muchos socios de que en realidad se trata de abrir la puerta a grupos financieros y empresarios amigos. La AFA respondió cerrando filas alrededor de Claudio “Chiqui” Tapia, aun cuando el propio Tapia y su círculo están bajo investigación por desvíos de fondos, manejo opaco de derechos comerciales y vínculos con cooperativas utilizadas como presuntas pantallas para mover dinero. El resultado es un clima de guerra fría, el gobierno acusa a la AFA de corrupción estructural para justificar la privatización; la AFA denuncia persecución política y amenaza con parar los torneos; y los hinchas quedan atrapados en una disputa donde se mezclan pasiones, negocios y proyectos de país.

Visto desde ese prisma, el segundo ciclo de Gallardo no puede analizarse solo en términos tácticos. Es también el producto de un contexto donde los técnicos son piezas reemplazables de un engranaje más grande. Las estadísticas de esta etapa son contundentes, cero títulos en diez torneos, eliminaciones en fases avanzadas pero nunca decisivas, un equipo que se cayó sistemáticamente en los momentos de presión –semifinales de Copa Libertadores, instancias definitorias de Copa Argentina, finales de copas locales– y un cierre de gestión con el equipo fuera de la zona de clasificación, a ocho puntos del líder de su grupo en el Apertura. El discurso de “proceso en construcción” empezó a sonar hueco frente a una seguidilla de derrotas y a un juego que alternaba entre la apatía y la confusión.

Desde su regreso en agosto de 2024, la dirigencia invirtió alrededor de 74 millones de dólares en refuerzos que fueron desde repatriaciones de ídolos como Pezzella, Montiel, Martínez Quarta y Quintero, hasta apuestas costosas como Kevin Castaño por 14 millones, Driussi por 10 y Salas por 9,5. Algunos fichajes resultaron inexplicables, Matías Galarza Fonda costó 5 millones y se fue seis meses después sin dejar huella. Los fracasos se acumularon competencia tras competencia, eliminación en semifinales de la Libertadores 2024 ante Atlético Mineiro con una aplastante derrota 3-0 en la ida, eliminación en la fase de grupos del Mundial de Clubes 2025, derrota por penales en la Supercopa Internacional ante Talleres, eliminación del Apertura 2025 ante Platense también por penales, eliminación de la Libertadores 2025 por Palmeiras en cuartos de final, eliminación de la Copa Argentina por Independiente Rivadavia en semifinales, y un cierre catastrófico en el Clausura 2025 y el arranque del Apertura 2026 que lo dejó décimo en su zona, a ocho puntos del líder y fuera de los puestos de playoffs. River no participa de la Copa Libertadores 2026, algo impensable para un plantel de ese presupuesto. La sangría final fue inapelable, tres derrotas consecutivas en el Apertura ante Tigre, Argentinos y Vélez, y un equipo que llevaba 18 partidos sin poder dar vuelta un marcador adverso.

La decisión de dar por terminado el ciclo llegó después de la tercera caída consecutiva en el torneo local, ante un Vélez que lo superó con claridad y dejó al equipo sin respuestas. Gallardo grabó un mensaje breve, con la voz quebrada, en el que admitió el dolor de la decisión pero aseguró que era lo mejor para el club; el tono ya no era el del conductor que ordena el futuro, sino el de alguien que se retira antes de que la relación con la gente termine rota. El contraste con su primera despedida, en 2022, no podría ser mayor, entonces se iba en lo alto del pedestal, ahora se marcha con una mezcla de respeto histórico y cansancio colectivo.

El día después ya está en marcha. River busca reemplazante para Gallardo y el abanico de candidatos revela tanto los límites del mercado como las aspiraciones de la dirigencia. Eduardo “Chacho” Coudet aparece como el nombre mejor posicionado, hoy dirige al Deportivo Alavés en España y dejó un recuerdo fuerte en Racing por su propuesta ofensiva y su capacidad de ordenar planteles complejos; desde el entorno del técnico y del club ya admiten contactos, aunque su contrato europeo obliga a negociar una salida. Hernán Crespo, ídolo de Núñez y actualmente al frente de San Pablo, es otro de los principales apuntados, con el plus simbólico de ser “hijo de la casa” y una carrera como DT que combina éxitos puntuales con irregularidad. Santiago Solari, hoy directivo del Real Madrid, tiene experiencia como entrenador en el propio club blanco y en América, y su nombre seduce a quienes fantasean con una conexión directa con el ecosistema europeo; al mismo tiempo, se lo considera una opción difícil por su situación institucional en Madrid y por la propia lógica política del Real. Gabriel Milito, con presente en el fútbol mexicano y fama de obsesivo del juego ofensivo, completa el núcleo de candidatos que la dirigencia mira con atención, junto con alternativas más tapadas que aparecen en la agenda mediática cada vez que River queda sin técnico.

El balance final del segundo Gallardo en River se escribe en dos columnas que no logran reconciliarse. De un lado, la estatua, las catorce vueltas olímpicas de la primera etapa, la huella de un equipo que redefinió la identidad del club y marcó una era en Sudamérica. Del otro, un regreso sin épica, millones invertidos en jugadores que no rindieron, un vestuario cansado de discursos repetidos, una dirigencia que lo trajo como coartada para no discutir sus decisiones estructurales y un fútbol argentino corroído por la corrupción dirigencial, las presiones privatizadoras y la colonización de sus mejores talentos por los grandes capitales europeos. En ese tablero global, donde el Real Madrid funciona como polo de atracción y Florentino Pérez como símbolo de una derecha empresarial que teje lazos con figuras como Macri y Milei, River aparece como un actor intermedio, demasiado grande para resignarse a ser un simple exportador de juveniles, demasiado vulnerable para escapar por completo a los hilos del negocio. Gallardo se va con la sensación –compartida por muchos hinchas– de que la historia pedía otra salida.

 Pero el fútbol rara vez concede finales perfectos. Y en la Argentina de hoy, donde los clubes son disputados por gobiernos, empresarios y fondos de inversión, el caso River-Gallardo es algo más que un cierre de ciclo, es el síntoma de un modelo de gestión capitalista en el que la pasión ya no alcanza para tapar la trama de poder, dinero y política que late detrás de cada pase, de cada viaje a Madrid y de cada ovación que se apaga.

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