Familia y Mercancia como núcleo de la sociedad

 


Por  Raúl Valle

Para Marx, la célula económica de la sociedad burguesa es la mercancía, no la familia. Cuando usa la metáfora de la “célula” está pensando en la unidad más simple donde ya están presentes, en forma condensada, las contradicciones esenciales del capitalismo. En el capitalismo, la riqueza aparece ante todo como un “inmenso cúmulo de mercancías”, y por eso comienza su análisis en El capital estudiando la mercancía como forma elemental. La familia, en cambio, es una institución importante para la reproducción de la fuerza de trabajo y de las relaciones sociales, pero no es la unidad económica básica desde la que Marx reconstruye lógicamente el sistema. Su método parte de la forma más simple de la riqueza capitalista (la mercancía) y, a partir de allí, va derivando categorías cada vez más complejas.

En la mercancía, Marx distingue dos dimensiones fundamentales: valor de uso y valor de cambio. El valor de uso remite a la utilidad concreta del objeto, a su capacidad para satisfacer una necesidad. El valor de cambio expresa cómo esa cosa se relaciona con otras cosas en el intercambio, es decir, cuánto de otra mercancía puede recibir a cambio. Esta dualidad lo lleva a plantear el doble carácter del trabajo que produce mercancías: trabajo concreto (el trabajo específico del carpintero, del tejedor, etcétera) y trabajo abstracto (el gasto de fuerza de trabajo humana en general, medido en tiempo de trabajo socialmente necesario). El valor de la mercancía no depende de sus propiedades físicas, sino de la cantidad de trabajo abstracto cristalizado en ella. Así, en esa célula mínima ya aparece una relación social: detrás del valor de la mercancía está el trabajo humano socialmente organizado.

Del análisis de la mercancía se deriva la necesidad del dinero. Si todas las mercancías se expresan unas en otras, se hace necesario un equivalente general que funcione como mediador universal. El dinero no cae del cielo: surge como resultado de la forma valor de la mercancía, como la mercancía particular que asume establemente el papel de equivalente general. Una vez que el dinero se consolida, puede funcionar no solo como medio de circulación sino también como capital. Cuando el dinero entra en un movimiento donde se invierte para volver aumentado (comprar mercancías para venderlas a un precio mayor), aparece la fórmula D–M–D′, característica del capital. Así, la forma mercancía conduce a la forma dinero y de allí a la forma capital.

Otra derivación clave es el llamado fetichismo de la mercancía. Al generalizarse la producción de mercancías, las relaciones entre productores privados aparecen como relaciones entre cosas. Lo que en realidad son relaciones sociales (entre trabajadores, capitalistas, propietarios) se presenta como si fueran propiedades naturales de los objetos: los precios, el “valor” de las cosas, los movimientos del mercado. En lugar de ver la explotación y la dominación, se ven solo mercancías que “se cambian” libremente en el mercado. Las cosas parecen tener valor “por sí mismas” y las relaciones entre personas quedan ocultas. Esta inversión es estructural: deriva de que la organización social del trabajo se realiza a espaldas de los productores, a través de la forma mercancía y del mercado.

Desde esta lógica también se comprende cómo la fuerza de trabajo se convierte en mercancía. El trabajador libre en doble sentido (libre jurídicamente, pero desposeído de medios de producción) solo puede vender su capacidad de trabajar. Esa capacidad se vuelve una mercancía más, con su valor determinado por el tiempo de trabajo necesario para producir y reproducir al trabajador (alimentos, vivienda, vestimenta, educación básica, etcétera). Pero al usar esa fuerza de trabajo, el capitalista obtiene más valor del que paga en salario: la plusvalía. La explotación capitalista, por tanto, se explica como el resultado de tratar a la fuerza de trabajo como mercancía dentro del circuito general de producción de mercancías.

La familia entra en escena de otra manera. No es la célula económica, sino el ámbito donde se reproduce la fuerza de trabajo. Sin embargo, lejos de protegerla, el capitalismo tiende a disolverla. La incorporación masiva de mujeres y niños al trabajo industrial, la extensión de la jornada laboral y la precariedad de las condiciones de vida socavan los cimientos de la familia obrera tradicional. El capital, en su búsqueda de valorización, rompe los lazos de parentesco y comunitarios, transformando a cada miembro de la familia en un átomo individual que debe venderse en el mercado. Así, el capitalismo destruye la familia como unidad productiva y la somete a una presión constante que desgarra sus vínculos internos, convirtiendo el hogar a menudo en un espacio de tensión y miseria más que de refugio.

Para superar esta situación, Engels plantea en *El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado* que no se trata de volver atrás, sino de transformar las bases materiales de la sociedad. La emancipación real de la familia implica la abolición de la propiedad privada y la socialización de las tareas domésticas y de cuidado (crianza, alimentación, limpieza), que dejarían de ser una carga privada para convertirse en una responsabilidad social colectiva. Al eliminar la dependencia económica de la mujer respecto al hombre y de los hijos respecto a los padres, las relaciones familiares dejarían de estar fundadas en el interés económico o la necesidad, basándose únicamente en el afecto mutuo y la libertad individual. La "destrucción" de la familia burguesa es, entonces, el paso necesario para el surgimiento de una forma superior de relaciones humanas.

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