Elecciones en San Rafael, otro derrumbe del peronismo.

 



Por Raúl Valle

Lo que acaba de pasar en San Rafael no es sólo el primer test electoral después de la reforma laboral, es una radiografía de un sistema político que se sostiene cada vez más sobre minorías intensas, mientras la mayoría social se corre de la escena. La elección de concejales en este departamento del sur mendocino mostró a la alianza entre La Libertad Avanza y Cambia Mendoza imponiéndose por un margen muy estrecho sobre el peronismo local, pero el dato central no está en la diferencia de uno o dos puntos entre oficialismo provincial y oposición, sino en que la verdadera mayoría fue el ausentismo combinado con el voto en blanco y nulo. En términos estrictos, el “ganador” numérico de la jornada fue la no representación, la mitad o más del padrón decidió no optar por ninguna de las fuerzas disponibles.

El contexto es decisivo, es la reforma laboral y el cierre de fabricas. Se vota luego de la aprobación de una reforma laboral regresiva, que flexibiliza condiciones de trabajo, abarata despidos, debilita convenios y quita derechos históricos conquistados por la clase trabajadora y el inicio de cierre de fábricas industriales importantes en Fate y Tierra del Fuego. En paralelo, el gobierno nacional aplica un ajuste feroz, con caída del salario real, recorte del gasto público, tarifazos y una inflación persistente que licúa los ingresos de los sectores populares. Mendoza, gobernada por el tándem radical–libertario, se convierte en un laboratorio del programa de Milei, y San Rafael era hasta hace poco uno de los pocos enclaves donde el peronismo retenía el control político en un territorio atravesado por el trabajo agrícola, el comercio, los servicios y el empleo estatal. Bajo estas condiciones, la elección funcionó como un test para medir cómo se reacomodan las preferencias políticas de los trabajadores frente al nuevo escenario.

Desde el punto de vista estrictamente técnico, los resultados arrojan una participación que no llega a la mitad del padrón. Si se desagregan los datos, aparece un porcentaje muy elevado de ciudadanos que no eligieron a ninguna fuerza, ya sea por no concurrir a votar o por manifestar su disconformidad a través del voto en blanco o el voto nulo. En algunos relevamientos locales se habla de más del 55% del padrón sin voto efectivo a ninguna lista, cifra que reconfigura por completo la lectura del mapa político: cuando se dice que tal fuerza obtuvo cerca del 39% y otra el 38% de los votos, ese porcentaje se calcula sobre votos válidos positivos, no sobre el total del padrón. Si se recalculan los porcentajes sobre el universo total de habilitados, las dos principales fuerzas quedan reducidas a minorías sociales, mientras el bloque ausentismo/blanco/nulo aparece como el sector más numeroso, aunque políticamente disperso.

En este marco, la alianza La Libertad Avanza–Cambia Mendoza se impone en la categoría concejales con algo menos del 40% de los votos válidos positivos, frente a un peronismo agrupado bajo el sello local que se ubica uno o dos puntos por debajo. La victoria es ajustada y, desde el punto de vista del análisis electoral, no puede leerse como un salto cualitativo en el apoyo a Milei y sus socios, sino como la consolidación de un núcleo duro que se mantiene relativamente estable. Aun sin disponer de todos los microdatos comparados de 2025 y 2026, la combinación de baja participación y leve diferencia permite inferir que la alianza vencedora no necesitó crecer demasiado en votos absolutos para ganar; le alcanzó con sostener un piso fiel mientras se retraían otros segmentos del electorado, especialmente el peronista tradicional y fracciones de votantes independientes.

Del lado peronista, la derrota en San Rafael tiene un carácter simbólico fuerte, porque son vistos por la población trabajadora como los garantes de la Reforma Laboral, hay que tener en cuenta que el departamento era considerado un bastión del felixismo en una provincia que, a escala general, ya estaba hegemonizada por el radicalismo desde hace más de una década. Es decir, Mendoza como provincia era y es un “bastión radical”, pero San Rafael no,funcionaba como excepción, como una resistencia, como un reducto peronista en un mar de intendencias controladas por Cambia Mendoza. El contraste entre el dominio provincial del radicalismo y el arraigo local del peronismo en el sur hacía de este departamento una pieza clave del equilibrio interno en la provincia. Que la alianza oficialista provincial conquiste allí la categoría concejales indica que el derrumbe peronista se profundiza, aunque el PJ aún retenga otras instancias, como la elección de convencionales, donde el arrastre territorial y los vínculos clientelares siguen jugando un papel.

Si se compara la situación actual con las elecciones anteriores, aparece algo que es clave para entender otro item del derrumbe peronista, la pérdida no se explica sólo por un traspaso lineal de votos al bloque Milei–Cornejo, sino por una combinación de fuga hacia la abstención, fragmentación interna y cierto corrimiento hacia derechas alternativas. El peronismo local compite incluso con listas escindidas por su flanco “propio”, como expresiones kirchneristas separadas que obtienen unos puntos y terminan de romper cualquier posibilidad de mayoría. A eso se suma que unos años antes, en las elecciones provinciales, la alianza radical–libertaria ya había ganado en San Rafael por una diferencia mayor, lo que muestra que el desgaste del peronismo venía de arrastre y que la elección actual consolida una tendencia más que inaugurarla.

Una de las preguntas centrales del test es si Milei y la alianza sacaron más o menos votos que cuando ganaron antes, y lo mismo para el peronismo. En un escenario de caída general de la participación, lo más probable es que ambas fuerzas hayan obtenido menos votos absolutos que en comicios con mayor concurrencia, pero que la proporción relativa entre ellas se haya mantenido lo suficientemente favorable al oficialismo provincial como para lograr la primera minoría. Allí radica el núcleo del problema para el peronismo, puede perder aun sin que el adversario crezca mucho, simplemente porque sus propios votantes dejan de sentirse representados o movilizados. Para la clase trabajadora, esto se traduce en que ningún bloque político logra articular una mayoría real, mientras la agenda económica y social se define a través de pactos entre gobierno nacional, gobernadores y cúpulas empresariales.

En ese escenario, la izquierda se mantiene, pero no despega. Sus porcentajes aparecen dentro del rubro “otros”, con cifras modestas que expresan una presencia militante, sindical y territorial que no se traduce todavía en una opción de masas. La izquierda resiste, sostiene candidaturas, instala debates sobre la reforma laboral, el ajuste, el rol de las burocracias sindicales y la responsabilidad compartida del peronismo en la aprobación de la reforma laboral y de leyes regresivas. Sin embargo, no logra canalizar en volumen el voto peronista que se fuga. Los trabajadores que se sienten traicionados por el peronismo no se vuelcan en masa a la izquierda; muchos optan por experimentar con variantes de derecha “anticasta”, por castigar al oficialismo anterior votando al oficialismo actual, o por romper directamente con el sistema electoral a través de la abstención o el voto en blanco.


¿Por qué la izquierda no puede todavía canalizar ese voto peronista en crisis? 

Hay varias razones. Una primera es de debate programático, quizás un primer paso sea la desafección de enormes franjas populares que no se traduce automáticamente en búsqueda de otra herramienta política; a menudo se convierte en rechazo a toda forma de representación. El trabajador que se sintió engañado por gobiernos peronistas que prometían defenderlo y terminaron aplicando ajustes, vive cualquier discurso político con sospecha, incluyendo el de la izquierda. Una segunda causa es política, durante años, el peronismo monopolizó la representación del “pueblo trabajador”, mientras la izquierda quedó confinada a un espacio de denuncia y organización minoritaria. Romper ese monopolio no ocurre en una elección, requiere una acumulación paciente de inserción en los lugares de trabajo, en los barrios y entre la juventud precarizada.

Existe también una dimensión ideológica. La izquierda, sobre todo el FITU se presenta en muchos lugares separada, y no logra fuerza de combate en las fábricas y lugares de trabajo que exprese un planteo de una ruptura más profunda con el régimen social vigente, un poder necesario para confrontar no sólo al gobierno de turno, sino a las patronales, al sistema de explotación, a las direcciones sindicales tradicionales e incluso al Estado mismo tal como está configurado. Una tarea que es difícil, no imposible, es un arte. Sin embargo, el diálogo que tienen con el trabajador peronista es reformista, no es revolucionario y como ese trabajador peronista que empieza a romper con su partido de referencia, necesita un salto brusco que en un primer momento el Fitu no se lo propone, no lo convence por ahora. Entre seguir confiando en un peronismo desgastado y abrazar un programa que en las elecciones no cuestiona la raíz del sistema, muchos optan por una tercera vía, el voto a la derecha que promete “orden” y “castigo a la casta”, o el retiro silencioso de las urnas. Mientras tanto, la izquierda paga el precio de decir solo algunas verdades incómodas antes de acercarse a una base de masas dispuesta a escucharlas como propia.

En términos técnicos, si se compara el desempeño de la izquierda con el del voto en blanco, es posible que el blanco haya obtenido un caudal similar o incluso superior. Eso es un síntoma fuerte de crisis, quiere decir que la no opción compite cabeza a cabeza con una corriente política organizada. Hay que decir, seamos honestos, que en otros momentos de la historia argentina, la izquierda apenas existía a nivel electoral; hoy al menos aparece de manera constante en casi todos los distritos, pero todavía no logra superar a la desafección generalizada. Que el voto en blanco crezca o se mantenga alto al lado de una izquierda estable es una señal de que el problema principal no es sólo la falta de “oferta” a la izquierda del peronismo, sino una desconfianza transversal hacia la política en su conjunto, después de años de promesas incumplidas y retrocesos concretos en las condiciones de vida. Por eso la Izquierda no logra correrse de ese ''uppercut'' y la ligamos todos.

La radiografía que deja San Rafael, entonces, puede sintetizarse en una fórmula sencilla pero inquietante, la derecha gana con pocos votos, el peronismo pierde con menos votos que antes, la izquierda se sostiene sin romper su techo y el verdadero “gran bloque” es el de los que no votan o votan en blanco. 

El dato central no debería ser sólo quién se quedó con un concejal más o menos, sino qué significa que, tras una reforma laboral y el comienzo de cierre de fábricas industriales que golpea de lleno a la clase trabajadora, la mayoría de los trabajadores no vea en ninguna boleta una herramienta política propia.

Mientras esa mayoría siga afuera, Milei y sus aliados provinciales podrán seguir administrando el ajuste con un respaldo social reducido, pero suficiente, frente a una oposición peronista en caída libre y una izquierda que aún no logra transformar la bronca dispersa en fuerza organizada a escala de masas.

Necesitamos reorientar a los trabajadores en su linea de fuego y castigar a los responsables y cómplices de la reforma laboral y cierre de fábricas industriales que defienden los privilegios de los capitalistas y a Milei.

Permitamos a los trabajadores escritores  y escritoras que expliquen todo esto en un diario de trabajadores.

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