El kirchnerismo se fue a la "B" por derecha.
Por Raúl Valle
La escena que se vivió esta semana en el Senado no fue solo una derrota parlamentaria del kirchnerismo; fue la representación institucional de un declive político que se venía gestando desde hace tiempo. Con la exclusión de sus dirigentes de todos los cargos de conducción, el bloque que durante veinte años impuso la agenda del peronismo y condicionó a gobiernos de distinto signo quedó relegado al lugar que alguna vez reservó para sus adversarios, la periferia del poder.
El oficialismo libertario no actuó en soledad. Patricia Bullrich, hoy pieza central en la ingeniería legislativa de Javier Milei, ejecutó una maniobra precisa, transformar la fragmentación del peronismo en una oportunidad. Con el apoyo de un puñado de senadores disidentes —alineados a gobernadores que priorizan la negociación con la Casa Rosada— logró conformar una mayoría estable que selló el desplazamiento del cristinismo. La designación de Carolina Moisés como vicepresidenta del Senado cristalizó esa nueva geometría de poder.
La pérdida de espacios en la Cámara Alta representa mucho más que un revés circunstancial. Significa la disolución de una hegemonía que, desde 2003, había sido el eje articulador del sistema político argentino. El Senado fue, durante los años kirchneristas, el corazón institucional desde donde se construían alianzas, se disciplinaba al peronismo y se condicionaba a opositores. Hoy, ese bastión aparece colonizado por fuerzas que, aunque diversas, comparten un objetivo común, aislar al kirchnerismo y cortar los últimos vínculos de poder que le permitían mantener influencia.
Con apenas 21 senadores propios, Unión por la Patria pierde la minoría de bloqueo necesaria para incidir sobre designaciones judiciales o temas sensibles, como las reformas estructurales impulsadas por Milei. El oficialismo, en cambio, consolida un Senado funcional a su estrategia de reformas, apoyado en un peronismo de los gobernadores dispuesto a cooperar y un radicalismo que, entre la cautela y la supervivencia, busca no quedar fuera del nuevo reparto.
Cristina Fernández de Kirchner, que durante décadas fue el núcleo ordenador de una corriente política con peso propio, observa ahora cómo sus cuadros pierden visibilidad, recursos y territorio institucional. Su figura aún conserva capacidad de arrastre simbólico entre sectores populares y militantes, pero la estructura vertical que la sostuvo atraviesa una crisis terminal. Lo que resta del kirchnerismo enfrenta el dilema entre replegarse sobre la épica de la resistencia —apelando a la nostalgia del “modelo”, al viejo relato de "la década ganada" o "vinimos para quedarnos" — o iniciar una relectura profunda de su papel histórico en el nuevo ciclo político para adaptarse más a la derecha.
La pregunta de fondo es si el movimiento puede reinventarse sin su líder fundacional. Algunos dirigentes jóvenes —como Axel Kicillof o Wado de Pedro— intentan proyectarse como herederos, pero aún no logran traducir en músculo político lo que expresan en narrativa. Sin poder territorial decisivo fuera de Buenos Aires y con un clima social dominado por el discurso antipopulista, la reconstrucción es difícil, quizás internamente sostengan que "en la crisis se están reproduciendo" o que "la organización vence al tiempo"...
El kirchnerismo podría optar por dos caminos. Uno, el del repliegue, conservar su identidad ideológica, sostener un núcleo duro y sobrevivir como minoría testimonial mientras el Mileísmo impone agenda. Otro, más incierto pero necesario para el capitalismo que defienden, abrirse a un proceso de renovación que implique reconocer los límites de su pasado y disputar la jefatura del peronismo desde una narrativa nueva, menos centrada en el liderazgo personal y más en un programa de oposición que dispute por una derecha centro frente al ultraliberalismo.
Sea cual sea la opción, lo cierto es que el sistema político argentino ingresa en una nueva etapa. La vieja polaridad “kirchnerismo versus antikirchnerismo” que estructuró la vida pública durante casi dos décadas está dando paso a un nuevo eje: “mileísmo versus los trabajadores”. En ese desplazamiento, el peronismo —y dentro de él el kirchnerismo— como bloque de contención de clase, siempre su dirección será un satélite residual del co-gobierno de Milei, mientras que sus bases girarán a la izquierda parlamentaria o a la organización independiente por un partido de trabajadores.
Lo ocurrido en el Senado no fue solo parlamentarismo en acción, fue una escena simbólica de fin de época. El kirchnerismo durante veinte años intento frenar a los trabajadores y trabajadoras que luchan, pese que una parte de la izquierda del FITU llamo a votarlos o mantuvo lazos con el pretexto de cavar trincheras dentro de la burocracia, sin comprender que el kirchnerismo eligió caer por derecha.
Necesitamos un partido de trabajadores y trabajadoras.

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