El informe Citrini IA, un fake que puede ser real



Por Raúl Valle

El Informe Citrini IA nace en el corazón del capital financiero, no es un documento técnico de un banco central ni un paper académico, sino un “macro memo” publicado en Substack por Citrini Research, James van Geelen y el inversor Alap Shah, escrito como si fuera junio de 2028 y el mundo estuviera saliendo de una crisis provocada por la IA. 

En la propia letra del texto aclaran que es un escenario, no una predicción, una ficción financiera que se presenta como nota interna desde el futuro. Pero esa ficción, pensada para gestores de fondos y ejecutivos, terminó teniendo efectos bien reales, ayudó a disparar ventas en acciones tecnológicas, encendió el miedo en un mercado ya nervioso y obligó a la Casa Blanca a salir a descalificarla como “ciencia ficción”. 

Pero no es un dato menor, el capital, cuando una nueva tecnología lo obliga a mirarse al espejo, recurre a la literatura para procesar sus miedos, y esa literatura dice mucho sobre la relación de fuerzas y sobre la conciencia de clase de quienes mandan.  

En términos de contenido, el relato es bastante lineal, los autores imaginan que, a partir de 2026, los agentes de IA se vuelven tan baratos y tan buenos que las empresas comienzan a sustituir masivamente trabajo de oficina, servicios profesionales, programación rutinaria y tareas administrativas. El resultado es lo que llaman una “espiral de desplazamiento de inteligencia”, la empresa introduce IA para bajar costos, despide empleados de cuello blanco, esos trabajadores pierden ingreso, cae el consumo de la clase media profesional, las ventas sufren, los márgenes se comprimen, los gerentes vuelven a recortar y automatizar, y así ciclo tras ciclo. A eso suman la noción de “ghost GDP”, actividad económica generada por sistemas de IA que produce output, incluso ganancias, pero no se traduce en salarios humanos, de modo que el PIB puede seguir creciendo en las cuentas nacionales mientras los ingresos de la mayoría se estancan o caen. El cuadro de 2028 es una economía con desempleo por encima del 10%, una caída del S&P del orden del 38% desde su pico y una crisis de la clase media profesional norteamericana, con implicancias financieras globales.  

Si uno lo mira con un análisis serio, lo primero que salta a la vista es la actualización, casi escolar, de la vieja tensión entre capital constante y capital variable. La IA, presentada en el informe como “agente” que ejecuta tareas cognitivas, no es más que una forma especialmente concentrada de trabajo muerto, conocimiento social cristalizado en modelos, hardware, infraestructuras, propiedad de corporaciones privadas. El movimiento que describe Citrini es el de siempre, para aumentar la extracción de plusvalor relativo, el capital sustituye trabajo vivo por trabajo muerto, reduce la cantidad de fuerza de trabajo necesaria por unidad de producto y, al mismo tiempo, refuerza su control sobre el proceso de trabajo. Lo novedoso está en la capa social a la que apunta, ya no se trata sólo del obrero de fábrica o del trabajador de servicios precarizado, sino de la intelligentsia asalariada, el empleado de oficina, el analista financiero, el programador medio, que se creían por encima de la condición obrera. El informe es, en el fondo, la pesadilla de la pequeña burguesía intelectualizada, descubrir que también son fuerza de trabajo reemplazable, que su “inteligencia” puede ser degradada a input técnico.  

Sin embargo, el texto de Citrini borra casi por completo el elemento decisivo del análisis, las relaciones sociales y la lucha de clases. La “espiral” que describe parece una fatalidad técnica, una consecuencia casi mecánica del progreso de la IA, como si no hubiera sujetos que eligen, resisten, legislan, regulan, negocian. No hay sindicatos ni movimientos sociales, no hay huelgas ni sabotajes, no hay partidos que propongan alternativas, no hay siquiera conflicto abierto entre fracciones del capital. Tampoco hay Estado como capitalista colectivo, la política aparece, en el mejor de los casos, como un comentario tardío sobre la posibilidad de imponer algún impuesto a las “rentas extraordinarias de la IA” para amortiguar la caída del empleo. De este modo, el informe convierte una cuestión profundamente política —quién controla las fuerzas productivas y con qué objetivo— en un problema de gestión de riesgos para portafolios. El único sujeto que realmente actúa en la historia es el inversor prudente que lee el memo, reacomoda su cartera y busca protegerse. Sería un mundo ideal de las fuerzas del cielo como pretende Milei (Ocultando que es el presidente que más invirtió en la policía para reprimir protestas y luchas de la izquierda).

La propia reacción de la Casa Blanca confirma esta lectura. Cuando el principal economista del gobierno de Trump sale a decir que el informe es “ciencia ficción” y cita la historia del capitalismo como evidencia de que la tecnología “siempre” ha creado más empleo del que destruye, lo que está defendiendo no es sólo una tesis económica, sino una fe ideológica en la capacidad del mercado para absorber cualquier shock. Para el marxismo, ese discurso estatal es funcional a la reproducción del sistema, tranquiliza al capital, desactiva el pánico excesivo que podría provocar decisiones desordenadas y, sobre todo, bloquea la posibilidad de que la IA sea pensada como una fuerza productiva que excede al capital. 

En verdad, la historia que cuenta el gobierno de Trump es teleológica, cada ola tecnológica —máquinas de vapor, electricidad, internet— termina elevando el nivel de vida general; por lo tanto, la IA seguirá el mismo guion. Lo que se omite es que cada “salto adelante” vino acompañado de crisis, guerras, revoluciones,  destrucción masiva de capital y vidas humanas, y que no hay ninguna ley que garantice que la próxima transición pueda administrarse con costos aceptables para la mayoría si se deja exclusivamente en manos de las empresas y los mercados.  

Aquí aparece la dimensión más interesante del “fake que puede ser real”. Marx imaginaba un desarrollo de las fuerzas productivas en el que la riqueza dejaría de depender directamente del tiempo de trabajo individual, apoyándose en el “intelecto general” de la sociedad, expresado en ciencia, tecnología, coordinación. La IA es, probablemente, la condensación más pura de esa idea, una máquina que sintetiza conocimiento social y puede multiplicar la productividad del trabajo hasta niveles difíciles de imaginar. En un horizonte en transición y comunista, eso sería una vía para reducir la jornada laboral, liberar tiempo para el desarrollo humano, reorganizar qué trabajos son necesarios y deshacerse de toda la burocracia y el parasitismo capitalista.  

En el horizonte capitalista descrito por Citrini, la misma fuerza se convierte en fuente de explotación y alienación, la productividad que podría liberar las fuerzas productivas se traduce en despidos, en presión a la baja sobre salarios, en marginalización de capas enteras de trabajadores. La “ghost GDP” no es un problema técnico, es la expresión contable de una sociedad donde el producto socialmente generado se apropia de manera privada y se distribuye sin mediación democrática.  

Que el informe haya impactado tanto en los mercados muestra hasta qué punto el capital es consciente, aunque sea de manera difusa, de que está jugando con una fuerza que puede desbordar sus propias formas institucionales.

La fantasía, o acierto, de Citrini es la de un mundo donde la IA gana demasiado rápido y la demanda se hunde antes de que el sistema pueda inventar nuevos nichos de rentabilidad, nuevos sectores, nuevos mecanismos de extracción de plusvalor. 

La fantasía de la Casa Blanca es la inversa, un mundo donde la IA entra como una revolución productiva más, se absorbe en el ciclo habitual de destrucción creativa y, tras algunos años duros, todos salimos ganando. Ninguna de las dos versiones contempla seriamente la posibilidad de una tercera vía, socializar el control de estas tecnologías, planificar su despliegue en función de necesidades humanas, usar la productividad extra para reducir explotación en lugar de profundizarla. Desde el punto de vista del poder capitalista, esa idea sí es ciencia ficción.  

Ahí radica la paradoja del Informe Citrini IA, su “fake” distópico es menos irreal que el optimismo oficial que lo niega, pero su horizonte político sigue encerrado dentro de los límites de lo pensable para el capital. Lo que le preocupa no es que la IA haga obsoleto el vínculo entre trabajo y subsistencia y obligue a replantear la organización social, sino que, en el proceso, quiebre algunos de los soportes actuales de la valorización, la clase media profesional consumidora, el crédito, la estabilidad bursátil. El interés de tomar en serio el informe no es creerle a sus números, sino leerlo como síntoma, un documento donde la propia burguesía financiera confiesa que teme una tecnología que, llevada hasta sus últimas consecuencias, evidencia lo innecesario de buena parte del trabajo humano tal como hoy se organiza. 

Que la respuesta dominante siga siendo “ajustar carteras” o “confiar en el mercado” es precisamente lo que convierte a este fake en algo que, si no se disputa políticamente, puede volverse real, porque la IA es su análisis es inherentemente catastrófica, porque el capitalismo es incapaz de usar su potencia a favor de la mayoría sin destruir, antes, una parte considerable de esa mayoría. 

''El capital contra el capital'', le faltó decir al informe de la Citrini IA.


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