El Imperio no contrataca, se derrumba
Por Raúl Valle
La arquitectura del poder global contemporáneo asiste a una repetición dialéctica de la historia donde el agotamiento de las bases materiales de acumulación se traduce en una desesperada y violenta reafirmación de la hegemonía.
El tránsito del Imperio británico hacia su irrelevancia histórica, simbolizado en la defunción de la libra esterlina como eje del valor mundial, encuentra hoy un espejo deformado pero fidedigno en la deriva de Estados Unidos y su dólar. No se trata de una caída repentina ni de una contingencia aislada, sino de un proceso estructural de descomposición donde el capital imperial, incapaz de resolver sus contradicciones internas y su tendencia decreciente de la tasa de ganancia, opta por la guerra, el endeudamiento sistémico y el amparo de nuevas formas de fascismo.
La crisis del Canal de Suez en 1956 representa, en la historiografía de la dominación, la confesión de parte de un imperio que ya no podía costear sus propias fantasías de control. La decisión de Gamal Abdel Nasser de nacionalizar la Compañía del Canal de Suez no fue un mero arrebato de soberanía nacionalista, sino una ruptura consciente de un engranaje de extracción de plusvalía colonial que beneficiaba exclusivamente a las metrópolis de Londres y París. Nasser utilizó el nacionalismo como una herramienta de combate para enfrentar y frenar al imperialismo, entendiendo que la soberanía política es una ficción sin el control de los recursos estratégicos. Aquel nacionalismo de liberación, surgido en la periferia, se plantó ante el eje colonial y forzó un repliegue que marcaría el inicio del fin de la era británica.
Sin embargo, ese nacionalismo de mediados del siglo XX ha sufrido una transmutación grotesca en el presente, especialmente en latitudes como la Argentina. Mientras que Nasser enfrentó al imperio, el peronismo, como un nacionalismo residual argentino —heredero de la misma época pero vaciado de contenido revolucionario— ha terminado capitulando ante el avance de la extrema derecha representada por Javier Milei. Se asiste a una oposición impostada, una puesta en escena parlamentaria que, en la práctica, le vota las leyes fundamentales, mantiene la vigencia de los decretos de necesidad y urgencia y garantiza la gobernabilidad del capital transnacional. La burocracia sindical de la CGT, parte integral de este entramado, sostiene una paz social funcional al régimen, matizada apenas con escaramuzas de huelgas parciales y mesas de negociación que no buscan la ruptura con el modelo de ajuste, sino la preservación de sus propias estructuras de poder. Este nacionalismo peronista "trucho" no es ya un freno al imperialismo, sino su colchón de contención social.
Sigamos, lo que realmente sentenció la hegemonía británica no fue la derrota táctica en el desierto, sino la subordinación financiera ante el nuevo centro del capital en Washington. La amenaza de la administración Eisenhower de hundir la libra esterlina mediante la venta masiva de reservas dejó a la vista de todo el orbe que el Imperio británico ya no era un actor autónomo, sino un acreedor desesperado que vivía del beneplácito de la nueva potencia del dólar. La libra, que durante décadas había sido la medida del valor universal respaldada por un sistema de bancos coloniales y deuda impuesta, fue sacrificada en el altar de la hegemonía estadounidense. Suez fue, en este sentido, el acta de defunción de una libra imperial que ya no podía sostener sus bases militares ni su influencia diplomática sin la muleta de la deuda externa contraída con Estados Unidos.
En el presente histórico, Europa asiste a una crisis de dependencia energética que funciona como un nuevo dispositivo de subordinación estratégica. La guerra entre Rusia y Ucrania ha operado como una tenaza geopolítica para aislar a Moscú y destruir los vínculos de interdependencia que la industria alemana había construido con el gas ruso. El sabotaje de los gasoductos Nord Stream 1 y 2 en el Mar Báltico representa un acto de guerra económica que ha dejado al motor de Europa a merced de proveedores transatlánticos. Alemania se ve forzada a la compra de gas natural licuado (GNL) estadounidense a precios exorbitantes. Con un consumo que supera los 800 TWh anuales, la industria alemana ve cómo su competitividad se desvanece mientras su soberanía queda supeditada a las decisiones energéticas de Washington.
Al otro lado del Atlántico, Estados Unidos enfrenta una crisis de deuda externa masiva, con China como acreedor central que aún sostiene cientos de miles de millones de dólares en bonos del Tesoro. Esta fragilidad estructural empuja a la administración de Donald Trump a lanzar iniciativas como el "Board of Peace" (Consejo de la Paz), un directorio internacional que, bajo la retórica de la estabilidad, busca reorganizar el bloque occidental bajo un mando autoritario y unilateral. No es un organismo de paz, sino una junta de control geopolítico para disciplinar a aliados y periferias en un momento donde el dólar pierde terreno como reserva global.
En paralelo, Europa se desliza hacia una tendencia de construir una "Liga Patriótica" o bloque fascista contra Palestina, contra la Izquierda, contra la inmigración, contra los trabajadores, y contra los derechos de la mujer. Y sobre todo contra los intereses de las burguesías europeas que no quieren ser aplastadas por Trump.
Se denominan, el bloque de Patriotas por Europa que se consolida como una verdadera internacional reaccionaria bajo la conducción ideológica de Viktor Orbán y su partido Fidesz en Hungría, quienes operan como contra el eje de la democracia liberal en el continente. A esta alianza se suma la Agrupación Nacional de Marine Le Pen en Francia, aportando el mayor peso electoral y una retórica de soberanismo excluyente, junto a la Liga de Matteo Salvini en Italia, que refuerza la política de control migratorio en el Mediterráneo. Desde España, Vox lidera la estructura formal del partido europeo asociado, mientras que el Partido de la Libertad de Austria y el Partido por la Libertad de Geert Wilders en los Países Bajos radicalizan el discurso contra los derechos de los trabajadores, elevando los privilegios patronales, contra el multiculturalismo y la Agenda 2030.
El entramado se extiende con el partido ANO 2011 de Chequia, el grupo Basta de Portugal, el Interés Flamenco de Bélgica y el Partido Popular Danés, todos unidos por un nacionalismo de fronteras "blindadas" en sus propias contradicciones internas porque se necesitan de las propias miserias capitalistas de los unos y de los otros. Uno se puede remontar a Hitler ante la necesidad del auxilio del "generalísimo pajarito" Franco en la segunda guerra Mundial y cómo este lo traicionó, bueno, algo parecido.
Esta liga fascista ha sellado un pacto de hierro con el Likud de Benjamin Netanyahu, quien desde Israel promueve la rama de los Patriotas de Jerusalén para validar el genocidio en Gaza como una cruzada civilizatoria compartida, convirtiendo la aniquilación de un pueblo en el pegamento ideológico que une a estas nuevas derechas autoritarias.
Los une un programa común y claro, y es el que promueve una identidad propatronal, capitalista, excluyente y xenófoba. Esta deriva es promovida activamente por la figura de Benjamin Netanyahu, quien utiliza el genocidio en la Franja de Gaza como bandera de una nueva cruzada occidental contra un supuesto enemigo bárbaro. El exterminio sistemático del pueblo palestino se convierte así en el pegamento ideológico de esta internacional reaccionaria, validando el uso de la violencia extrema y el apartheid como herramientas legítimas de Estado.
Este derrumbe fascista, muestra la dialéctica de la caída imperial que enseña que la violencia aumenta en proporción directa a la pérdida de legitimidad. Así como el Canal de Suez fue el punto de inflexión y la crisis terminal del Imperio británico, la aniquilación de Gaza y la impunidad del genocidio palestino pueden representar el "momento Suez" para Estados Unidos. La degradación moral y política que supone el apoyo incondicional al sionismo y a la masacre en Palestina, sumada a una economía de guerra sostenida por una deuda impagable, señala el agotamiento definitivo del imperio norteamericano. Lo que ayer fue un canal en Egipto, hoy es una franja de tierra martirizada en el Mediterráneo, el lugar donde el imperio, en su afán por demostrar fuerza absoluta, termina revelando su irremediable decadencia. El imperio no contrataca desde una posición de poder; se derrumba sobre las ruinas de su propia barbarie.

Comentarios
Publicar un comentario