El fascismo es capitalismo: Desenmascarando las mentiras de Kaiser, Trump y Milei.

 

Por Raúl Valle


La derecha liberal y reaccionaria, con sus portavoces como Axel Kaiser, Javier Milei y Donald Trump, despliega una siniestra campaña ideológica para tergiversar la historia y presentar el fascismo como una invención de la izquierda.

Esta falsedad pretende blanquear la barbarie nazi-fascista, equiparándola al comunismo para justificar el capitalismo salvaje que hoy devora los derechos, la vivienda, el salario y la soberanía de los trabajadores en Argentina, Chile y el mundo entero. 

Axel Kaiser, un operador chileno, un pseudo liberal al estilo Milei, en su panfleto titulado "Nazi-comunismo" (2025) de la editorial propia FPP y financiado por la fundación sionista Atlas, retoma la vieja teoría de la herradura política, esa curva traicionera que iguala los extremos opuestos, y niegan que se choquen. Kaiser es hijo de un fascista, Hans Christian Kaiser Wagner, un abogado militante del Partido Nacional Chileno que defiende a Mussolini y Hitler, quienes defendieron y defienden a Pinochet. Su libro recicla los tópicos anticomunistas de la Guerra Fría para sugerir que el comunismo y el nazismo son lo mismo. 

Milei, el autoproclamado presidente anarcocapitalista de Argentina, defiende abiertamente las acciones nazis de sus aliados como Elon Musk, es un confeso sionista, amenaza con "exterminar" a la izquierda y acelera un ajuste brutal que hunde al pueblo en la miseria, mientras que Trump, reelegido en 2024 e investido presidente de Estados Unidos en enero de 2025, acumula elogios de los neonazis y destila una retórica antinmigrante que evoca los pogromos fascistas de antaño. Recientemente, criticó a cantantes como Bad Bunny, diciendo que "era la basura hispana". 

Esta tríada reaccionaria no busca la verdad histórica, sino legitimar la ofensiva del capital financiero global contra la clase obrera, que resiste en las calles y fábricas desde Buenos Aires hasta Nueva York.

Bueno, profundicemos en el núcleo de esta mentira histórica que están tratando de vender:

El nazismo no tiene nada de socialista. Hitler privatizó masivamente a partir de 1933, vendiendo bancos, astilleros y ferrocarriles estatales de Weimar a monopolios como Krupp e IG Farben, enriqueciendo a la burguesía para el rearme de la guerra. El Estado nazi lo controlaba todo —precios, producción, salarios— mediante planes como el Cuatrienal de Göring, planificando la economía en beneficio de la propiedad privada y orientados hacia el imperialismo fascista. 

Hitler implementó una reforma laboral esclavista. Hizo un acuerdo con los sionistas y judíos ricos para la futura creacion del estado de Israel. Encarceló a los trabajadores rebeldes y asesinó a la izquierda que protestaba, y fue el ideólogo y creador de los centros de exterminio de los judíos pobres, trabajadores socialistas, gitanos y homosexuales. La economía quedó en manos de gigantes industriales como Krupp, que producía acero para tanques y cañones; Siemens, a cargo del armamento electrónico; e IG Farben, creadora del Zyklon B utilizado en las cámaras de gas de Auschwitz, se enriqueció escandalosamente con la mano de obra esclava extraída de los campos de concentración. Thyssen, Porsche y BMW también se beneficiaron de esta orgía de explotación capitalista, mientras que las SA y las SS aplastaron los sindicatos independientes, los partidos obreros y cualquier vestigio de resistencia proletaria. 

El Estado nazi no era el "nacionalsocialismo", fue un engaño a las masas para colgarse del auge y ascenso de la victoria de la revolución rusa y luego intentar aplastarla, como propagan estos revisionistas lumpenes de Milei, sino la dictadura abierta del gran capital financiero, diseñada para expandir los mercados imperialistas a través de la guerra total y el genocidio racial en pos de un "Lebensraum" (expansionismo alemán) que asegurara materias primas y mano de obra barata para la oligarquía capitalista alemana e internacional.

Pero la complicidad capitalista con el fascismo no fue accidental ni una víctima colateral, sino deliberada y financiada desde los albores del movimiento hitleriano. Henry Ford, el magnate estadounidense pionero de la producción en masa y símbolo del capitalismo yanqui, se erige como el primer gran financista de Adolf Hitler desde la década de 1920.

El Führer admiraba tanto a Ford que colgó su retrato en su oficina de Múnich y extrajo ideas antisemitas directamente de su libelo "El Judío Internacional", publicado en 1920 y traducido masivamente por los nazis para envenenar las mentes. Ford realizó donaciones directas al NSDAP en los años previos al putsch de Múnich y, en 1938, como recompensa, recibió la Gran Cruz del Águila Alemana, la más alta condecoración nazi para extranjeros. Su filial alemana, Ford-Werke, fabricó camiones y vehículos militares para la Wehrmacht durante la invasión de Polonia y el frente ruso en 1939, utilizando a miles de prisioneros esclavizados en sus fábricas. Ford no ocultó su ideología, en sus escritos acusó a los judíos de controlar las finanzas mundiales, provocar guerras y liderar el bolchevismo, proclamando la superioridad aria sobre "huéspedes parásitos" que merecían ser erradicados, frases que Hitler copió casi textualmente en "Mein Kampf", del libro de Ford que los capitalistas luego ocultaron.

Ford no actuó solo en esta infamia transatlántica. Otras multinacionales estadounidenses colaboraron activamente con el Tercer Reich por puro lucro. General Motors, a través de su filial Opel, produjo los camiones Blitz esenciales para la Blitzkrieg nazi; IBM suministró tarjetas perforadas y máquinas Hollerith para los censos raciales que identificaban a judíos, gitanos y disidentes, facilitando su deportación a campos de exterminio como Auschwitz; la Standard Oil (predecesora de Exxon) patentó y vendió tecnología para combustible sintético, vital para la Luftwaffe; ITT controlaba las fábricas de aviones Messerschmitt; los bancos Chase y JP Morgan gestionaban transacciones con oro nazi robado a las víctimas del Holocausto; Coca-Cola inventó la Fanta para eludir los boicots aliados y seguir vendiéndola en Berlín; Kodak proporcionó cámaras y películas para propaganda, mientras que General Electric y DuPont fabricaron explosivos y tecnología bélica. En la propia Alemania, Hugo Boss cosía uniformes para las SS, Bayer (parte de IG Farben) experimentaba con drogas letales en prisioneros humanos y el Deutsche Bank financiaba campos de concentración. Estos "libres empresarios" del mercado demostraron que el fascismo no era una patología aislada, sino el negocio perfecto para el capital imperialista en crisis, rentable, expansionista y genocida.

Esta red de complicidades revela la verdadera naturaleza del fascismo, no una aberración moral o un "totalitarismo genérico", como afirman el Kaiser y sus pares, sino la respuesta orgánica del imperialismo en su fase monopolista y decadente a las contradicciones insolubles del capitalismo.

Como analizó Lenin en “El imperialismo, fase superior del capitalismo” de 1916, el capital financiero se concentra en oligopolios que exportan capital en lugar de mercancías, generando guerras interimperialistas por el reparto colonial.

Cuando la burguesía pierde el control democrático —ante las masas proletarias radicalizadas por la hiperinflación post-Versalles en Alemania, el desempleo masivo y la traición socialdemócrata— recurre al fascismo como una brutal «tercera vía». León Trotsky lo definió con precisión quirúrgica en textos como «¿Fascismo, qué es?» de 1932: «El fascismo moviliza a las masas descompuestas de la pequeña burguesía arruinada —pequeños propietarios arruinados, lumpenproletariado y desclasados, sin fe en la burguesía ni en los trabajadores—, organizadas en paramilitares para destruir por completo las organizaciones sindicales, los partidos obreros y la democracia burguesa residual». 

No se trata de un bonapartismo “neutral” como el de Napoleón o incluso el estalinista inicial, que equilibra las clases; el fascismo es la guerra civil abierta contra el proletariado que todavía tiene rasgos pacifistas, allanando el camino a la dictadura del capital sin máscara.

Sin embargo, el imperialismo no solo genera fascismo directo: también sabotea las revoluciones proletarias mediante una burocratización traicionera, como ocurrió con el estalinismo en la Unión Soviética. La Revolución de Octubre de 1917, liderada por los bolcheviques, expropió el capital e inauguró la era socialista mundial; sin embargo, la burocracia termidoriana encabezada por Stalin la deformó. La burocratización de la Revolución Rusa comenzó en 1921 con la NEP, tras la Guerra Civil y el aislamiento, cuando el atraso y la escasez engendraron una capa privilegiada en el partido y el Estado. Lenin ya la denunció en 1922, aliándose con Trotsky contra Stalin; y se consolidó entre 1924 y 1927 con la muerte de Lenin, la derrota de la Oposición de Izquierda , el fin de la democracia soviética, y el reflujo de la revolución internacional, cristalizó el aborto de la revolución, el "Termidor burocrático" estalinista.

Con su doctrina reaccionaria del "socialismo en un solo país", Stalin liquidó el partido bolchevique, abandonó el internacionalismo leninista-trotskista, promovió frentes populares con burguesías "progresistas" —como en Francia en 1936 o España en 1936-39—, desarmó las huelgas obreras y entregó países a Hitler sin resistencia efectiva. El estalinismo traicionó la revolución china en 1927 al ordenar a los comunistas entrar desarmados al Kuomintang de Chiang Kai-shek, quien los masacró en Shanghái, liquidando la primera oleada proletaria asiática por la línea oportunista del Comintern de alianzas con burguesía nacional. Stalin repitió el error en 1935 con el Frente Popular, frenando huelgas obreras ante el Japón invasor. El pacto Molotov-Ribbentrop de 1939 con Hitler, dividiendo Polonia y Europa del Este, desmoralizó a los comunistas mundiales y dio luz verde al rearme nazi, permitiendo la operación Barbarroja en 1941 que desconoció y que casi destruye la URSS; en China, debilitó la lucha antimperialista al mostrar al estalinismo como aliado táctico del fascismo.

Trotsky acertó al denunciar estas políticas desde 1927 en su crítica de la Oposición de Izquierda, prediciendo la catástrofe y defendiendo la revolución permanente obrera independiente. Sus análisis ganaron respeto en Asia, en Vietnam, trotskistas como Tạ Thu Thâu lideraron la insurrección de Saigón en 1945 contra japoneses y franceses, formando la Liga de Obreros y Campesinos contra el Viet Minh estalinista que capituló ante el imperialismo; en China, opositores al PCCH citaron sus textos contra la traición; en Corea e India, grupos trotskistas emergieron oponiendo el internacionalismo genuino al chovinismo stalinista, inspirando luchas obreras autónomas pese a la represión burocrática.

Pero las purgas stalinistas y masivas diezmaron a la vanguardia bolchevique, preservando la propiedad estatal bajo una casta parásita que se alió tácitamente con el imperialismo contra la auténtica revolución. Trotsky lo llamó "bonapartismo burocrático", un régimen que sofoca las conquistas soviéticas bajo control termidoriano, manteniendo el capitalismo de Estado disfrazado de "comunismo".

En su exilio mexicano, Trotsky fue el teórico revolucionario más perseguido por el estalinismo y desenmascaró esta simetría contrarrevolucionaria en obras maestras como "La Revolución Traicionada" de 1936 y "La agonía de la contrarrevolución" de 1939. El fascismo y el estalinismo son "astrogemelos" al servicio del capital mundial, pero con roles complementarios. El primero liquida frontalmente las conquistas obreras para restaurar la propiedad privada burguesa; el segundo las estrangula bajo la burocracia para preservar un capitalismo de Estado deformado, traicionando la dictadura del proletariado. Solo una nueva revolución política obrera internacional, mediante soviets democráticos y la expropiación total del capital, puede derrotar ambos horrores y avanzar hacia el socialismo genuino.

Es importante la teoría de la Revolución Permanente, nacida del propio Marx y forjada por Trotsky entre 1928 y 1930 contra los mencheviques, los estalinistas y los oportunistas. Constaba que en países atrasados ​​y semicoloniales como la Rusia zarista, China, Argentina, Chile o Latinoamérica en general, la burguesía nacional es débil, cobarde y aliada orgánica del imperialismo, incapaz de resolver las tareas democrático-burguesas pendientes —reforma agraria radical, plena independencia nacional, auténtica democracia política— debido al terror mortal al proletariado que ella misma despierta. 

Por lo tanto, la revolución agrario-democrática no puede triunfar en "etapas" separadas ni bajo la dirección burguesa; debe ser liderada inmediatamente por la clase obrera, aliada con los campesinos explotados, transitando sin pausas de lo democrático a lo socialista. Esta revolución no se detiene en las fronteras nacionales —permanente significa global—, sino que se extiende a los países imperialistas avanzados para romper el cerco capitalista, porque el socialismo aislado inevitablemente se burocratiza o colapsa, como demostró la URSS estalinista.

En el contexto actual de la Argentina bajo Milei —con la dolarización forzada de los banqueros del FMI, la represión de los piqueteros y el saqueo de las pensiones—, esta perspectiva cobra una vigencia explosiva. La clase trabajadora argentina, con más del 50% de informalidad, una inflación galopante y un hambre creciente en las barriadas, puede liderar una oleada continental, no con "frentes amplios" estalinistas que domestican la lucha en las elecciones burguesas, sino con la acción directa e independiente, la huelga general política, la ocupación de fábricas, las asambleas barriales y la expropiación sin compensación del gran capital. 

Trotsky lo demostró en 1917, los bolcheviques tomaron el poder sin esperar la "maduración capitalista", derrocando al zarismo y al gobierno burgués en dualidad de poderes.

Los liberales históricos siempre mostraron la cobardía ante el ascenso nazi en Weimar y lo trataron como un mal menor, claramente lo demuestran Mises y Hayek en la teoría y práctica, prepararon a sus alumnos a pactar con los nazis como fue Dolfussus al priorizar el anticomunismo sobre defensa democrática, pactando con Hitler para frenar a la izquierda obrera y subestimando su barbarie totalitaria. También el liberal Gustav Stresemann (DVP, Nobel de la Paz 1926), apoyó y preparó el terreno del Putsch de Kapp (1920) para atacar a los socialistas y organizó el terreno con anticipación al ascenso de los nazis pese a su liberalismo inicial; otro aliado táctico de los liberales fue Franz von Papen (conservador-liberal), que fue un vicecanciller nazi en 1933 y que facilitó el ascenso de Hitler creyendo controlarlo como "barrera contra bolchevismo". Esta miopía burguesa —ver en fascismo un mal menor— allanó el camino al Holocausto y el nazismo, recordándonos que el liberalismo es colaborador y reaccionario por su esencia pequeño burguesa, y es aliada de la reacción cuando es consciente de la lucha de clases proletaria en ascenso.

Hoy, contra el lumpen-fascismo de Milei y el imperialismo decadente, recuperemos esa arma teórica, la revolución permanente como única salida al abismo. El fascismo es el capitalismo y se prepara con uniforme del lumpen obediente, sin sentido crítico, sin conciencia, y autodenominado liberal; la emancipación es la revolución obrera y socialista mundial. 


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