EL COLAPSO DEL PROGRESISMO, EL AVANCE DE LA DERECHA Y LA CAPITULACIÓN DE LA IZQUIERDA PARLAMENTARIA
EL COLAPSO DEL PROGRESISMO, EL AVANCE DE LA DERECHA Y LA CAPITULACIÓN DE LA IZQUIERDA PARLAMENTARIA
Por Raúl Valle
La crisis capitalista mundial, que hoy se manifiesta en la recesión de las principales economías y la guerra comercial abierta, es el fundamento material del derrumbe del progresismo latinoamericano y el ascenso de una derecha global virulenta. El agotamiento del ciclo de acumulación basado en los commodities desnudó los límites insalvables de los gobiernos "nacionales y populares": al no tocar la propiedad capitalista ni la matriz extractivista, quedaron condenados a gestionar la escasez y el ajuste contra su propia base social. Sin embargo, la tragedia política actual no se explica solo por factores económicos, sino por una crisis de dirección revolucionaria agravada por el seguidismo de gran parte de la izquierda a estas variantes burguesas.
El fracaso del progresismo no fue un accidente de gestión; fue el resultado inevitable de su naturaleza de clase. Gobiernos como los de Lula, los Kirchner, Evo Morales o Correa administraron el Estado burgués en momentos de bonanza, cooptando movimientos sociales y pasivizando a la clase obrera mediante el consumo y la asistencia, pero sin resolver la dependencia estructural del imperialismo. Cuando los precios internacionales cayeron, la "inclusión" se transformó en ajuste, el "desarrollo" en endeudamiento con el FMI y la "soberanía" en más concesiones a las multinacionales mineras y petroleras. Al identificar la defensa de los derechos sociales con la defensa de un Estado que se volvía cada vez más represivo y ajustador, el progresismo le regaló a la derecha el monopolio de la crítica y la bandera del "cambio".
Aquí reside el nudo estratégico de la derrota: la responsabilidad de las corrientes de izquierda que capitularon ante el nacionalismo burgués. El caso de Venezuela es el ejemplo más acabado y trágico de este error histórico. Durante dos décadas, organizaciones que se reclamaban trotskistas o socialistas, como el MST y Izquierda Socialista (IS), junto a intelectuales orgánicos del "campo popular" como Claudio Katz, actuaron como furgón de cola del chavismo. Caracterizaron al régimen de Chávez y Maduro como un "proceso revolucionario en curso" o un "gobierno obrero y campesino", confundiendo la fricción con el imperialismo y la retórica socialista con una verdadera transformación de clase.
Esta adaptación oportunista tuvo consecuencias devastadoras. Al llamar a votar sistemáticamente por el chavismo y silenciar las críticas bajo la excusa de "no hacerle el juego a la derecha", estos sectores desarmaron políticamente a la clase trabajadora venezolana, impidiéndole construir una alternativa independiente frente a la descomposición de la boliburguesía. Claudio Katz, con su teoría de las "tensiones duales" en los gobiernos progresistas, dotó de cobertura académica a esta subordinación, minimizando el carácter de clase del Estado venezolano y justificando el apoyo a un régimen que terminó hambreando a su pueblo y destruyendo los sindicatos. El resultado está a la vista: hoy, para millones en el continente, "socialismo" es sinónimo de la catástrofe humanitaria y el autoritarismo de Maduro, una regalía ideológica que la derecha global explota a diario.
El ascenso de figuras como Milei, Trump, Kast o Bolsonaro se nutre directamente de este vacío. La nueva derecha radical no ofrece soluciones reales a la crisis capitalista —su programa es profundizar la explotación y el saqueo—, pero capitaliza el hastío popular contra el estatismo burocrático y la corrupción progresista que la izquierda adaptada defendió. En Argentina, Milei pudo presentarse como el "rebelde" contra una casta política parasitaria precisamente porque la izquierda que integraba el gobierno o lo apoyaba desde afuera había quedado asimilada al fracaso del peronismo. La identificación del Estado presente con la ineficiencia y el privilegio es el triunfo cultural de la reacción, facilitado por quienes prometieron que ese Estado burgués podía ser una herramienta de liberación.
En este cuadro, Argentina funciona hoy como el laboratorio de la resistencia y de los debates estratégicos. El gobierno de Milei aplica un plan de guerra contra los trabajadores —despidos masivos, licuación de salarios, entrega de recursos estratégicos— que solo se sostiene por la complicidad de la burocracia sindical y la oposición peronista, que teme más al desborde social que al ajuste. El Frente de Izquierda Unidad (FIT-U) aparece como la única fuerza política que plantea una salida de fondo, pero no está exento de las tensiones que atraviesan a la etapa. Mientras el Partido Obrero enfatiza la necesidad de preparar la huelga general y la irrupción de las masas en un sentido insurreccional, el PTS centra su estrategia en la agitación parlamentaria y la denuncia del régimen, en una polémica abierta sobre cómo superar la pasividad impuesta y transformar el descontento en organización.
La lección que deja el colapso del progresismo es lapidaria: no existe el "mal menor" ni los atajos dentro del Estado burgués. La política de conciliación de clases, defendida por el MST, IS y los teóricos del populismo de izquierda, solo sirvió para pavimentar el camino a la derecha más reaccionaria. La independencia de clase no es un dogma sectario, sino la única vacuna contra la barbarie. Si la izquierda no rompe definitivamente con el nacionalismo burgués y levanta un programa revolucionario que plantee que la crisis la paguen los capitalistas —nacionalización de la banca, repudio a la deuda, control obrero de la producción—, el descontento social seguirá siendo capitalizado por verdugos disfrazados de libertadores.
La etapa exige abandonar las ilusiones en la "humanización" del capitalismo o en la vuelta de un progresismo que ya demostró su impotencia. La disyuntiva histórica sigue siendo socialismo o barbarie. Pero para que sea socialismo, debe ser una construcción política independiente, que denuncie tanto al imperialismo y sus lacayos locales como a las burocracias "progresistas" que, en nombre del pueblo, administran la miseria y garantizan la continuidad de la explotación. Solo una izquierda que se limpie de toda adaptación al régimen podrá postularse como dirección de las inevitables rebeliones que incuban la crisis y el ajuste global.

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