El Board to Kill de Trump
Raúl Valle
El Board of Peace que impulsa Donald Trump se vende como un dispositivo para la “reconstrucción” de Gaza, pero en los hechos es una arquitectura de poder que consolida el despojo palestino bajo forma de negocios, escriturar propiedades, es una tutela de seguridad y un simulacro de gobernanza multilateral al margen de la ONU.
El corazón del esquema es financiero, los países para participar están obligados a pagar una entrada y ponen 1.000 millones de dólares compran un asiento permanente en la mesa, con presencia garantizada mientras exista el organismo, mientras que el resto que no puede, sólo accede a sillas precarias de tres años, renovables si el núcleo duro —la Casa Blanca y sus aliados principales— decide que siguen siendo útiles.
Esa lógica convierte a la “paz” en un club de accionistas donde el peso político se mide en capital aportado, y donde las grandes petromonarquías, potencias regionales y socios estratégicos de Washington se aseguran controlar el rumbo del experimento sobre Gaza.
En ese marco, Israel ocupa un lugar privilegiado, el Board se apoya sobre los hechos consumados de la ocupación, sin cuestionar la maquinaria militar ni la política de colonización, mientras el gobierno israelí avanza en Cisjordania con un esquema de registro de tierras que le permite declarar grandes extensiones como “propiedad del Estado” si los palestinos no pueden presentar títulos aceptados por las propias autoridades israelíes. Es decir, un mecanismo de anexión administrativa que, combinado con la reconstrucción controlada de Gaza, tiende a fijar un mapa donde los palestinos quedan confinados a enclaves empobrecidos y sin control real del territorio, mientras las zonas estratégicas se reparten entre el Estado israelí y capitales aliados bajo el lenguaje neutro de “desarrollo”, “seguridad” y “estabilidad”.
El Board no necesita escribir directamente las escrituras para producir este resultado: le alcanza con controlar el flujo de dinero y las condiciones de los proyectos, mientras acepta como “marco dado” la política territorial de Israel.
La composición política del Board revela una alianza reaccionaria ampliada. Del lado de los aliados orgánicos de Trump se alinean gobiernos de derecha dura o ultraderecha como Israel de Netanyahu, Hungría de Orbán, las monarquías del Golfo y ahora Argentina de Milei, todos con discursos de “civilización occidental”, mano dura y desconfianza abierta hacia la ONU y el derecho internacional. Pero junto a ellos aparecen también gobiernos de izquierda o socialistas, como Vietnam, que se integran por puro cálculo pragmático, asegurar inversiones, mejorar su acceso a mercados, ganar influencia en un nuevo espacio de decisión que se arma alrededor de Washington y del capital del Golfo. Ese ingreso de Estados que se reivindican antimperialistas o poscoloniales, pero aceptan sentarse en una mesa que consolida el despojo palestino, le otorga al Board una pátina de diversidad que ayuda a encubrir su verdadera función como herramienta de reordenamiento del globo bajo mando estadounidense.
El caso Milei es paradigmático de la jerarquía interna del Board, Argentina sin un peso no paga los 1.000 millones de dólares y, sin embargo, obtiene un asiento. Lo hace como “invitado político” de Trump, un lugar con mandato de tres años, sin desembolso inicial, que puede renovarse o no según la conveniencia del liderazgo del organismo. Es decir, Milei entra gratis pero en condición de precariedad y subordinación, su presencia en la mesa depende de que siga siendo un aliado ejemplar en términos ideológicos, discursivos y geopolíticos. Mientras las potencias que ponen dinero compran una butaca fija, países como Argentina se sientan en una silla prestada, que puede ser retirada si cambian los vientos políticos o si dejan de alinearse con la estrategia de Washington y Tel Aviv. La “distinción” de estar en el Board es, en realidad, la consagración de un lugar subordinado dentro de una arquitectura hecha a medida de Trump y sus socios más fuertes.
Al mismo tiempo, la ausencia —o distancia crítica— de buena parte de las potencias de Europa occidental marca el carácter de este dispositivo: Francia, Alemania, España, los nórdicos y otros Estados rehúsan sumarse o cuestionan abiertamente un esquema que concentra poder en la figura de Trump, legitima la ocupación israelí y funciona en paralelo a la ONU. Lo que emerge es un paralelismo de la derecha global que se organiza sin Europa como eje, un bloque que articula la Casa Blanca de Trump, el gobierno de Netanyahu, las monarquías del Golfo, líderes ultraderechistas europeos y aliados entusiastas como Milei, más un grupo de gobiernos de izquierda y del Sur global cooptados por la promesa de inversiones y acceso privilegiado a la toma de decisiones.
En este tablero, Netanyahu mueve sus propias fichas dentro de Europa: su partido, el Likud, se integra al espacio de la extrema derecha continental para disputar el poder europeo y nucleado en "Patriots for Europe", una alianza de fuerzas nacionalistas, xenófobas y, en varios casos, heredera directa de tradiciones colaboracionistas y nazis, como ocurre con formaciones flamencas de Bélgica o partidos que reivindican figuras y símbolos del fascismo histórico. Esa convergencia entre el gobierno israelí y la ultraderecha europea refuerza el patrón, el apoyo incondicional a la política de fuerza sobre Palestina y la defensa de Israel como “frontera de Occidente” se vuelve contraseña común de una nueva internacional reaccionaria que mira al Board of Peace como su laboratorio institucional.
El Board of Peace exhibe más la decadencia que la fortaleza del proyecto de Trump, necesita vender la “paz” como producto para atraer capitales, sobreactuar el poder porque ya no puede imponerlo solo con ejércitos y montar foros paralelos porque la ONU y hasta Europa le ponen límites.
Para la clase trabajadora y los pueblos oprimidos, hay que leer esta escena no como una derrota definitiva sino como la confirmación de que el bloque imperialista se ve obligado a disfrazar su dominio bajo relatos cada vez más grotescos, y eso abre grietas políticas, el cinismo del Board, la complicidad de gobiernos “progresistas” y la obscenidad de ponerle precio a la vida palestina pueden convertirse en motor de organización, internacionalismo y una superación radical al capitalismo en crisis.
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