DEBATE MARX Y MENGER

Por Raúl Valle


La confrontación entre marxismo y Escuela Austríaca en torno a valor, precios y dinero es algo más que una disputa técnica sobre fórmulas económicas, es un choque entre dos ontologías sociales y su relación con la violencia de clase.

El marxismo parte del trabajo y de las relaciones de producción, de una sociedad estructurada por clases, propiedad y explotación; la Escuela Austríaca, en cambio, absolutiza la subjetividad del individuo propietario y pretende reconstruir toda la economía a partir de sus preferencias, decisiones y contratos. Esta diferencia de punto de partida se arrastra a toda la teoría libertaria como debilidad conceptual y reforzamiento del aparato represivo, como dificultad cognitiva para entender los conflictos sociales y, en la práctica, como afinidad a defender un interés de clase por medio de la asociación de capitalistas, ya no individual, con proyectos autoritarios que necesitan de la policía para hacer pasar por “orden espontáneo” lo que no es otra cosa que imposición violenta de un programa de clase.

En el marxismo, el análisis arranca de la mercancía como célula básica del capitalismo, en ella se condensan valor de uso y valor de cambio. El valor de uso es la utilidad concreta de la cosa para satisfacer una necesidad: comer, vestirse, escribir, trasladarse. Esta dimensión es inevitablemente subjetiva, en el sentido de que remite a sujetos concretos y contextos particulares, lo que es útil para uno puede ser inútil para otro, y no existe una escala común que permita medir y comparar directamente “cantidades de utilidad”.

Precisamente por eso el valor de uso, aunque condición necesaria para que algo pueda ser mercancía, no basta para explicar qué se intercambia y en qué proporciones. El valor y su forma fenoménica, el valor de cambio, pertenecen para Marx al terreno de lo objetivo‑social. El valor expresa tiempo de trabajo socialmente necesario cristalizado en la mercancía; el valor de cambio es la forma en que ese valor se manifiesta como relación cuantitativa entre mercancías, primero en proporciones directas y luego en precios monetarios. 

Aquí lo decisivo es que hablamos de determinaciones que no dependen de lo que cada individuo opine, la competencia impone ciertos tiempos de trabajo y ciertos costos de producción como requisitos para sobrevivir; los productores que están sistemáticamente por encima del tiempo medio desaparecen del mercado. 

El costo de producción no es un “gusto” del empresario, sino una coerción objetiva condicionada por técnicas disponibles, salarios, precios de insumos, productividad social. La oferta y la demanda explican oscilaciones alrededor de centros de gravedad, pero la ley del valor funciona como articulación de fondo. 

La Escuela Austríaca entra en escena para negar este andamiaje. En Menger y sus continuadores, el valor no es una propiedad social de las cosas ni una condensación de trabajo, sino la importancia que los individuos atribuyen a las unidades de un bien para sus fines. Es la teoría subjetiva del valor y la utilidad marginal, lo que importa es cómo el individuo ordena sus necesidades y qué significa para él la “última unidad” disponible de un bien en condiciones de escasez. Los precios serían el resultado del encuentro de valoraciones subjetivas en el mercado; los costos de producción dejan de ser fundamento y se convierten en magnitud derivada, solo son “válidos” si, a la larga, los consumidores convalidan con su disposición a pagar esos gastos. 

En este movimiento, la teoría austríaca borra la distinción marxista entre valor de uso (subjetivo-individual) y valor de cambio (objetivo‑social): todo queda reducido a psicología individual. Esa reducción tiene consecuencias. En primer lugar, la teoría subjetiva necesita suponer que las preferencias de los individuos son datos últimos, formados al margen de precios e ingresos, pero en la práctica solo se observan preferencias a través de decisiones efectivas, decisiones que están condicionadas justamente por precios e ingresos. El individuo junto a su propiedad privada, solo se proyecta a si mismo, se ve a si mismo, y ve, solo, en el otro solo a asi mismo. Justifica todo tipo de auto proyecciones y delirios capitalistas. Se genera un círculo, las preferencias explican los precios, pero esas preferencias se moldean en el marco de una estructura de precios y de distribución de la riqueza que la teoría da por supuesta. 

En segundo lugar, el individuo austríaco, supuestamente, se pretende, un sujeto sin clase, sin historia, sin estructura de propiedad; llega al mercado con “recursos” pero la teoría no interroga de dónde salen esos recursos ni qué relaciones de dominación los hacen posibles. Este individuo ''desclasado por el espíritu santo'' se convierte en único punto de partida aceptable, y todo lo que excede su conciencia —clases, instituciones, relaciones de producción— se degrada a “ficción” o, en el mejor de los casos, a epifenómeno. De ahí la acusación de solipsismo: la realidad social se piensa como proyección y agregación de conciencias, nunca como trama objetiva que condiciona y precede a esas conciencias. 

El problema estalla con claridad en el terreno del dinero, para que un sujeto valore tener dinero, tiene que suponer que ese dinero ya sirve para comprar cosas, es decir, que tiene un poder de compra socialmente reconocido. Pero ese poder de compra es justamente un dato objetivo de la estructura de precios y de la organización de la producción. 

El subjetivismo, que quería explicarlo todo desde la valoración individual, termina presuponiendo lo que debería explicar. Ante estas dificultades, la Escuela Austríaca se refugia cada vez más en una filosofía de la acción individual (praxeología) que, en lugar de interrogar los condicionamientos materiales, convierte las relaciones sociales en una especie de decorado para la voluntad de sujetos abstractos. Esa filosofía no se limita a describir, sino que actúa como matriz de percepción, quien la interioriza aprende a ver pobreza, desempleo o precariedad no como resultados de una estructura de explotación, sino porque se lo merecen, porque son vagos o como consecuencias de malas decisiones, falta de “capital humano” o “rigideces” introducidas por el Estado o por los sindicatos. 

El conflicto social se traduce así en problema moral individual. Esta forma de ver tiene efectos cognitivos concretos. Por un lado, sobre las clases subalternas, el trabajador precarizado o el desocupado tiende a cargar sobre sí la culpa de su situación, porque el marco conceptual disponible le dice que “el mercado no se equivoca”. Por otro, sobre las clases dominantes y las capas medias que se identifican con ellas, se genera una coraza de indiferencia frente al sufrimiento social, justificada por la idea de que cualquier intento de corregir desigualdades estructurales sería un atentado contra la libertad y el “orden espontáneo”. En el plano político, cuando este esquema se convierte en programa coherente, aparece el segundo nivel de problemas, los conflictos sociales abiertos. 

Un paquete austríaco consistente implica privatizaciones extensivas, desregulación laboral y financiera, apertura comercial y reducción drástica del gasto social y de impuestos progresivos. Pero aumentar los gastos en represión policial y militar, y subir impuestos a los trabajadores como el IVA o como el impuesto al salario del trabajador para costear el estado represivo y la expansión militarista de su propio estado liberal. 

Es decir, una redistribución regresiva del ingreso y del poder. Es razonable esperar que mayorías trabajadoras y sectores populares se resistan a un programa que empeora sus condiciones de vida para mejorar la rentabilidad de fracciones del capital. Desde la lógica austríaca, esa resistencia se interpreta como “interferencia” en la libertad de mercado; desde la experiencia de las mayorías, es defensa elemental de sus medios de subsistencia. De este choque surge la afinidad práctica con proyectos autoritarios. La historia del liberalismo, fuertemente influido por ideas austríacas, muestra que las reformas pro‑mercado radicales se aplicaron al calor de dictaduras o de estados de excepción, por decreto, con suspensión de garantías, destrucción de sindicatos y uso sistemático de la violencia estatal. 

La teoría que proclama la libertad económica funciona, en la práctica, como coartada para la restricción de libertades políticas y sociales cuando estas se convierten en obstáculo para la reestructuración capitalista. A esto se suma un tercer elemento decisivo, la dependencia estructural del programa austríaco respecto del aparato represivo del Estado para disciplinar a las clases subalternas, al proletariado, en particular con la policía. El relato doctrinario habla de órdenes espontáneos que brotan de intercambios voluntarios; la experiencia concreta muestra que, para imponer y mantener un régimen de privatizaciones, flexibilización laboral, reducción de derechos y ajuste permanente, es necesario desplegar la policía en las calles, en la fábrica, prohibir asambleas de trabajadores y la huelga, adaptar códigos penales y procesales, criminalizar formas de protesta (piquetes, ocupaciones, huelgas) y vigilar de cerca toda organización que cuestione el programa. 

Sin policía —y, llegado el caso, sin fuerzas armadas— el ideario austríaco no pasa de ser retórica, las mayorías afectadas tienen capacidad de bloqueo y resistencia que ningún gobierno puede ignorar. La coerción “blanda” del mercado (despidos, amenazas de inversión, fuga de capitales) necesita la coerción “dura” del Estado para consolidarse. La paradoja es brutal, una doctrina que se presenta como máxima expresión de la libertad individual solo se realiza históricamente apoyada en estructuras permanentes de coacción interna.

La libertad que protege es, en los hechos, la libertad del propietario de capital; la coacción la sufren quienes intentan defender derechos laborales, salarios, servicios públicos o simplemente su presencia en el espacio público. 

En esencia, y vista desde el marxismo, está  arquitectura completa tiene su explicación estratégica, y comprenderlo soluciona la vida a los intelectuales y luchadores de la clase obrera: se ordena alrededor del problema del valor. El valor de uso pertenece al ámbito de la subjetividad, habla de necesidades y preferencias individuales. El valor y el valor de cambio, en cambio, son formas de objetividad social, condensan tiempo de trabajo socialmente necesario, estructuras de costos y relaciones de producción que no dependen de lo que cada uno piense. La Escuela Austríaca, al disolver el valor en pura subjetividad, borra esas relaciones objetivas de dominación; al borrarlas, hace imposible pensar la explotación y naturaliza la desigualdad como resultado “neutro” de elecciones y contratos. De ahí su debilidad teórica (incapacidad para explicar estructuras y coacciones sociales), sus efectos mentales (culpabilización de los de abajo y anestesia moral frente al sufrimiento) y su deriva política, en la práctica, opera como una filosofía que justifica el privilegio capitalista y que solo puede hacerse efectiva mediante la acción sistemática de la policía y del aparato coercitivo del Estado para contener o aplastar a quienes se niegan a pagar el precio humano de esa supuesta “libertad de mercado”.

El programa austriaco se fundamenta, no en el mercado, sino en el dominio del aparato de la violencia capitalista hacia su propia mercancía, el proletariado. En oposición, en la dialéctica, el marxismo dirige esa propia fuerza hacia los capitalistas, un rebote, les da de su propia salsa y para que tengan, es antagonista por excelencia y superador. Ser conscientes que hay que lograr con las clases trabajadoras el dominio de ese aparato es vital.

Luego, destruirlo y disolverlo en la verdadera realización de la apropiación de la subjetividad y la objetividad.

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