“De la esclava al sujeto de deseo: Marx, Kollontai y el amor sin dueño”
Por Raúl Valle
El erotismo femenino no aparece como algo natural, eterno o inscrito en una supuesta esencia, sino como el resultado históricamente variable de las relaciones de propiedad, familia, trabajo, Estado y moralidad sexual. Desde Marx y Engels en adelante, el punto de partida es que el cuerpo de la mujer está atrapado en la articulación entre producción y reproducción, se posiciona como garante de la herencia, la fuerza laboral y la estabilidad doméstica, más que como sujeto de placer. La familia monógama, vinculada a la propiedad privada, convierte la sexualidad en una cuestión de control y transmisión. Lo que interesa no es tanto lo que la mujer desea, sino lo que garantiza con su comportamiento; el cuerpo de él está protegido porque la legitimidad de los hijos, la continuidad de la herencia y el honor masculino están en juego. En este marco, el proceso erótico de las mujeres en el capitalismo aparece atravesado por la moral burguesa y la dependencia económica; aprender a amar significa aprender a sacrificarse, a cuidar, a soportar, a anteponer el propio deseo a la obligación marital y la maternidad.
Alexandra Kollontai es la primera gran marxista que decide poner este problema en el centro de la escena. El estalinismo, luego de la muerte de Lenin y el asesinato de Trotsky, la obligará a mantener silencio, pero la semilla estaba tirada. Ella politiza el amor y la vida sexual, demostrando que el amor romántico burgués, esa mezcla de pasión exclusiva y promesa de plenitud, es una forma histórica funcional de la familia monógama y la acumulación de capital. El ideal de una pareja que se encierra en sí misma, que convierte al resto del mundo en una amenaza y que organiza toda la vida en torno a la "unidad" de dos, funciona como una pequeña empresa afectiva donde el hombre aparece como gerente y la mujer como responsable de sostenerlo todo: la reproducción biológica, el orden doméstico, la estabilidad emocional. En esa estructura, el erotismo femenino es colonizado, entrenado en la entrega, los celos, la culpa y la abnegación. Amar, para la mujer, significa renunciar a los propios proyectos, soportar su infidelidad en nombre de la familia, aceptar que su placer vale menos que el equilibrio del vínculo. El cuerpo se convierte en un territorio de servicio, no de exploración ni juego.
Sin embargo, Kollontai ve en las transformaciones provocadas por la revolución una posible bifurcación. La independencia económica, el salario propio, la socialización de parte del trabajo doméstico, la aparición de guarderías, comedores colectivos y redes de apoyo abren la posibilidad de una reorganización del deseo. Si la mujer deja de depender del hombre para sobrevivir, si la familia deja de ser la única red de contención, el amor ya no necesita funcionar como un contrato de subsistencia. De ahí su propuesta de pasar de un eros posesivo a un eros de camaradería, vínculos donde el amor no se expresa como apropiación, sino como solidaridad, igualdad y apoyo mutuo; donde la pareja no es una isla de propiedad, sino una forma de relación inserta en una comunidad más amplia. En la ficción de Kollontai, las mujeres de clase trabajadora que intentan este salto experimentan una batalla interior, descubren el placer sexual, rompen matrimonios opresivos, prueban vínculos múltiples o sucesivos, pero aún cargan con los vestigios de la vieja moral: celos, miedo al abandono y culpa. El proceso erótico aparece como una zona de transición, ya no es el antiguo amor sacrificial, pero tampoco es todavía el amor plenamente libre.
Shulamith Firestone, desde un feminismo radical influenciado por Marx, profundiza la crítica prestando atención a la base biológica de la opresión. La desigualdad entre los sexos no se explica solo por la propiedad o la familia como instituciones, sino por el hecho de que la reproducción se basa materialmente en el cuerpo femenino. El embarazo, el parto y la crianza temprana atan a las mujeres a un tipo de dependencia que los hombres no experimentan. La familia nuclear moderna, en este contexto, configura subjetividades diferenciadas: niñas educadas para la dependencia afectiva y el sacrificio, niños educados para el mando y la autonomía. Sobre esa base se construye un erotismo femenino de entrega; la mujer aprende a desear ser deseada, a erotizar la pasividad, a concebir su cuerpo como un recurso al servicio de la reproducción y el apoyo emocional del otro. El amor, la sexualidad y la maternidad se fusionan en un ideal único: la "buena mujer" que cuida, perdona, apoya y comprende. Para Firestone, mientras la reproducción siga recayendo sobre el cuerpo de la mujer, mientras la maternidad siga siendo destino y obligación, el proceso erótico seguirá marcado por una asimetría estructural que ninguna reforma moral corrige. Por eso imagina una revolución que incluye la transformación tecnológica de la reproducción y la crianza socializada. Solo cuando la función reproductiva deje de ser un yugo biológico, el erotismo femenino podrá desplegarse como una elección y no como un mandato de la especie.
Las corrientes más contemporáneas del feminismo marxista intersectan estas intuiciones con el debate sobre el trabajo reproductivo. El capital organiza los cuerpos de las mujeres como soporte de una enorme masa de trabajo no remunerado: limpiar, cocinar, cuidar a los niños, enfermos y ancianos, la gestión emocional del hogar, la disponibilidad sexual como parte de la «paz doméstica». Ese trabajo invisible condiciona brutalmente la posibilidad del deseo. ¿Qué significa hablar de libertad erótica cuando una mujer llega de su jornada asalariada para comenzar otra en casa, cuando la sexualidad se confunde con la obligación de satisfacer a su pareja, cuando no puede establecer límites por miedo a la violencia o al abandono? El «derecho al placer» se vuelve inseparable de la lucha por el tiempo propio, por la autonomía económica, por una vida libre de violencia. No hay erotismo emancipado sin condiciones materiales que lo sustenten, sin la capacidad de decir no sin quedarse en la calle, sin redes que permitan la separación de relaciones abusivas, sin una verdadera redistribución del trabajo doméstico.
En este contexto, la idea de las relaciones amorosas consensuales que incluyen la posibilidad de establecer vínculos con otras personas surge como un gesto crítico concreto contra la lógica propietaria del amor. Si el amor romántico burgués funciona como una micropropiedad privada —«mi» pareja, «mi» mujer, «mi» hombre—, los celos, la exclusividad compulsiva y la vigilancia del otro son la expresión afectiva de esa forma de propiedad.
La posibilidad de que, dentro de un vínculo, ambas personas acuerden que pueden existir otros encuentros sexuales o emocionales —siempre con consentimiento, comunicación y cuidado— cuestiona precisamente la suposición de que amar es poseer. Amar ya no significa «tener derechos especiales sobre el propio cuerpo y el propio tiempo», sino «mantener un vínculo de reconocimiento, apoyo y deseo donde todos permanecen sujetos». No se trata de convertir el poliamor en una nueva norma ni de fetichizarlo como garantía automática de emancipación; las relaciones abiertas también pueden reproducir el machismo, las desigualdades y el abuso. Lo importante, desde una perspectiva marxista-feminista, es que al hablar de exclusividad, se pone sobre la mesa el núcleo propietario del modelo hegemónico y se abre la cuestión de las formas de vínculo donde la libertad del otro no se experimenta como una amenaza, sino como la condición misma del amor.
Ahora bien, todo esto ocurre en un mundo donde la propia izquierda y los partidos obreros se han visto afectados por la degeneración burocrática y la lucha contra ella. La experiencia soviética es paradigmática, tras una fase inicial en la que la revolución abre caminos para transformar la vida cotidiana —derechos de las mujeres, reformas familiares, socialización de las tareas—, la consolidación de la burocracia bajo el estalinismo implica un profundo giro hacia el orden y la restauración de formas conservadoras. Se disuelve la organización específica de las mujeres, se proclama la resolución de la cuestión de la mujer, se reinstaura la familia nuclear como la «célula básica del socialismo», se glorifica a la madre prolífica, se penaliza el aborto y se erigen de nuevo barreras al divorcio.
El régimen necesita estabilidad, y la encuentra en un modelo de género rígido: el hombre proveedor y jefe, la mujer trabajadora, pero a la vez ama de casa y madre abnegada. La burocracia elogia a la «nueva mujer soviética», capaz de operar un torno y criar cuatro hijos, pero su erotismo queda nuevamente confinado al ámbito conyugal, controlado por el Estado y la moral oficial. La revolución que prometía liberar el amor termina exigiendo una sexualidad disciplinada, fructífera y funcional para reemplazar la revolución por el proyecto nacional.
Dentro de los propios partidos y organizaciones, la degeneración burocrática produce relaciones asimétricas muy concretas. La jerarquía política se convierte en una jerarquía erótica. Quien concentra el poder —ya sea definiendo la línea, distribuyendo cargos, otorgando confianza o retirándola— también tiene una inmensa capacidad para influir en la vida íntima de los militantes. La joven que admira al líder, que depende de su apoyo para progresar, que sabe que una crítica mal dirigida puede significar su marginación, se encuentra en una posición muy diferente a la de él en lo que respecta al "consentimiento". Así, la burocracia no solo organiza tácticas y estrategias; también organiza el deseo. Aparecen parejas donde la desigualdad generacional y política se presenta como romance, relaciones donde la mujer se convierte en una mezcla de compañera, asistente y secretaria afectiva del cuadro, vínculos donde se puede decir que no tienen costo militante. Los abusos se silencian en nombre de la disciplina, las víctimas se sienten culpables por "perjudicar al partido", los responsables se protegen tras su rol en la dirección o su reputación de luchadores.
El estalinismo, con su culto al líder, su férrea disciplina y la represión de toda disidencia, lleva ese mecanismo al extremo, pero no lo inventa desde cero. Cualquier forma de centrismo —corrientes que combinan discursos radicales con prácticas adaptadas al régimen— puede reproducir, a gran escala, el mismo patrón: directrices permanentes, opacidad en las decisiones, veneración de los fundadores, normas informales que blindan a ciertos cuadros. En ese clima, las relaciones amorosas dentro del partido suelen estar marcadas por asimetrías: hombres en puestos clave, mujeres en roles de cuidado, comunicación y asistencia; compañeros que utilizan el prestigio militante como capital erótico; colegas que, para ser tomados en serio, sienten que deben demostrar una infinita disposición al sacrificio y comprensión. La militancia se convierte en otro campo donde el dueño celoso encuentra condiciones para justificar el control, la vigilancia y el chantaje: «Te lo cuenta todo políticamente, ¿cómo vas a dejarme?», «Si cuentas esto, te estás haciendo el enemigo», «Nadie te creerá porque soy historiador». El partido, que en teoría debería ser la escuela de la emancipación, se convierte a menudo en un dispositivo donde se perfecciona la subordinación afectiva.
Los celos también se convierten en celos del programa; no eres solo alguien inseguro; es la subjetividad de la burocracia y la propiedad privada, también en el ámbito amoroso. La persona celosa quiere garantías, necesita que el otro exista para él, bajo su mirada, bajo su control. Y en cuanto al programa, quiere que las masas trabajadoras se asemejen al partido y que las masas construyan su partido sobre él. Si la pareja tiene deseos, amistades, espacios que se le escapan, la persona celosa lo vive como una expropiación. No concibe al otro como un sujeto libre, sino como algo que le pertenece. Por eso "necesitas un esclavo", alguien cuya libertad no te moleste, que acepte tus reglas, tu vigilancia, tus escenas. Puede amar, sí, pero su amor está saturado de apropiación; su ternura es inseparable de la fantasía de dominio. Y cuando esa subjetividad asciende a posiciones de poder —en el Estado, en el partido, en un sindicato—, surge el tóxico perfecto, el líder que decide sobre la vida de otros, que castiga o premia, que convierte el amor y el deseo en una extensión de su área de influencia. Por lo tanto, en ese tipo de partido, el proceso es artificial, donde la clase trabajadora es un florero para la carrera de advenedizos y oportunistas.
Ante este escenario, el proceso erótico de las mujeres, en términos marxistas, solo puede concebirse como una doble lucha: contra las estructuras materiales que la hacen dependiente de otros para sobrevivir, y contra las formas subjetivas —celos, culpa, mandatos— que estas estructuras imprimen en su cuerpo. Abrir la posibilidad de relaciones consensuales donde la exclusividad no sea un dogma, cuestionar las jerarquías dentro de las organizaciones, denunciar las relaciones asimétricas disfrazadas de romance militante, reapropiarse del propio deseo incluso cuando eso implique romper con los modelos del amor sagrado, todo esto forma parte del mismo movimiento.
Porque, en el fondo, lo que late tras los celos es el dueño privado. Marx explica que la opresión de la mujer no es “natural”, sino histórica y ligada al surgimiento de la propiedad privada, la familia patriarcal y las clases sociales. Kollontai imaginó un eros de camaradas, Firestone soñó con una reproducción liberada del cuerpo femenino; es la misma apuesta, que el amor deje de ser una forma refinada de dominación y se convierta en un espacio de libertad compartida. Que el partido, la fábrica, la casa y la cama no sean territorios donde se perfeccione la subordinación de las mujeres, sino talleres contradictorios donde, a costa de rupturas y conflictos, se ensayen relaciones que ya no necesitan esclavos ni dueños, celosos o tóxicos, sino sujetos que se encuentran sin dueños de sí mismos en el marco de la lucha por la revolución y la igualdad social. Como una lucha interna dentro de los partidos obreros que se desarrolla y se expresa de manera positiva, y que facilita el próximo encuentro con las masas trabajadoras.

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