Cae la natalidad en CABA
Por Raúl Valle
Para comprender el panorama demográfico actual de la Ciudad de Buenos Aires, donde el desplome de la natalidad y la caída de los matrimonios alcanzan niveles históricos, es imperativo retomar la tesis de Marx sobre la mercancía como célula económica de la sociedad burguesa.
No se trata de fenómenos aislados o meras elecciones culturales de estilo de vida, sino del resultado lógico de un sistema que ha terminado por devorar la base material de la reproducción humana. En la nota anterior explicábamos que, para Marx, la mercancía es la unidad elemental porque contiene en potencia todas las contradicciones del capital. Al analizar la realidad porteña desde 1983 hasta este 2026, observamos que la fuerza de trabajo se ha convertido de forma tan absoluta en una mercancía que ya no encuentra las condiciones mínimas para su propia reposición biológica y social.
El hecho de que la tasa de fecundidad en CABA haya caído a 1,09 hijos por mujer —muy por debajo del reemplazo poblacional— es la prueba estadística de que el capitalismo ha llegado a un punto donde la producción de plusvalía entra en colisión directa con la producción de vida.
La relación es profunda y estructural: en el capitalismo, el tiempo de vida es tiempo de trabajo potencial. En una ciudad como Buenos Aires, donde el mercado inmobiliario ha dolarizado el acceso a la vivienda y la inflación ha precarizado el salario, el costo de reproducción de la "mercancía fuerza de trabajo" se ha vuelto prohibitivo para las mayorías.
Marx señalaba que el valor de la fuerza de trabajo equivale a los medios de vida necesarios para que el obrero se mantenga y deje descendencia; sin embargo, la dinámica actual del capital en la ciudad ha roto este equilibrio.
Hoy, el tiempo y los recursos necesarios para sostener una familia tradicional son succionados por la necesidad de jornadas laborales interminables, pluriempleo y formación constante para no quedar fuera de un mercado competitivo. La familia, que solía ser el ámbito de reproducción privada, está siendo triturada por la célula económica real: la mercancía. Los individuos, convertidos en átomos que deben venderse cada día para sobrevivir, ven en la formación de un hogar o en la crianza no un refugio, sino un obstáculo para su propia supervivencia económica. El descenso de los matrimonios y el auge de los divorcios y las uniones transitorias reflejan la fragilidad de los vínculos humanos en un entorno donde todo, incluso el afecto y el cuidado, tiende a medirse bajo la vara del valor de cambio.
Desde esta perspectiva, la crisis demográfica porteña es la culminación del proceso de fetichismo que mencionábamos antes. Las relaciones entre personas se han transformado tan radicalmente en relaciones entre cosas que la decisión de tener un hijo se analiza hoy como una inversión financiera de alto riesgo o como un consumo de lujo inalcanzable.
El sistema ha logrado que la propia vida humana sea "poco rentable". La caída de la natalidad es, en última instancia, una huelga biológica silenciosa provocada por un entorno hostil que ya no garantiza las condiciones para la crianza. Si la familia burguesa se fundaba en la herencia y la propiedad, la falta de acceso a la propiedad para los jóvenes porteños quita el suelo material a esa institución. Sin techo propio y con salarios que apenas cubren la canasta individual, la "célula familiar" estalla, dejando solo individuos aislados que circulan por la ciudad como mercancías disponibles para el capital.
Frente a este escenario de disolución y crisis de la vida, la salida desde la izquierda no puede ser una apelación nostálgica al retorno de la familia patriarcal o conservadora, sino una propuesta que recoja las banderas de Engels para avanzar hacia la socialización radical de los cuidados.
La superación de este colapso demográfico y social requiere, en primer lugar, romper la dictadura de la mercancía sobre el tiempo de vida. Esto implica una reducción drástica de la jornada laboral sin rebaja salarial, permitiendo que el tiempo humano deje de pertenecerle exclusivamente al capital y vuelva a manos de las personas para el desarrollo de sus vínculos y su creatividad. No habrá recuperación de la natalidad ni de la estabilidad afectiva si el tiempo de crianza sigue siendo un tiempo "robado" a la producción de plusvalía.
La izquierda propone que el cuidado de las nuevas generaciones y de los adultos mayores deje de ser una carga privada y angustiante encerrada en cuatro paredes para convertirse en una función pública y colectiva de alta calidad.
Una salida real desde la izquierda para una ciudad como Buenos Aires exigiría la creación de una red integral de infraestructuras sociales gratuitas: comedores comunitarios de gestión democrática, lavanderías públicas y centros de cuidado infantil abiertos las 24 horas, que despojen a la familia de su rol de "unidad de sacrificio" y permitan que la mujer y el varón participen por igual en la vida social.
Al mismo tiempo, es fundamental la nacionalización del suelo urbano y la provisión estatal de vivienda para desvincular el hogar de la especulación financiera. Solo cuando la vivienda y el sustento dejen de ser mercancías inalcanzables, la unión entre las personas podrá fundarse verdaderamente en el amor y la afinidad, y no en la conveniencia económica o la desesperación por compartir gastos.
La propuesta es, en definitiva, transitar desde una sociedad de individuos-mercancía hacia una comunidad de productores libres, donde la reproducción de la vida sea el fin último y no un residuo molesto del proceso de acumulación.
La crisis demográfica en CABA es el grito de una sociedad que se agota; la respuesta es socializar la existencia para que la vida, y no el capital, sea finalmente el centro del orden social.

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