La Gran Huelga Palestina de seis meses que se oculta, una de las más largas y grandes del mundo

 


La gran huelga palestina que todos ocultan: seis meses de huelga que llevaron a la derrota del Imperio británico (1936-1939)



Por Raúl Valle


Una de las versiones de Palestina es que no hay acción obrera ni análisis de izquierdas; se la considera una región desértica de indígenas a lomos de camellos, sumidos en la ignorancia y la desesperación. No es así.

La mayor huelga general en Palestina, conocida como la Gran Revuelta Árabe o la Revolución Palestina, se extendió desde abril de 1936 hasta octubre de ese año, paralizando la economía del Mandato Británico de Palestina durante exactamente seis meses. Este levantamiento popular surgió como respuesta al colonialismo británico y su apoyo al sionismo, exigiendo el fin de la inmigración judía armada y masiva, y la venta de tierras a los colonos, en un contexto de creciente tensión de clase, étnica y económica en la histórica región de Palestina.

Iniciada el 20 de abril de 1936 tras el asesinato de cuatro palestinos en Jaffa por colonos judíos, la huelga general fue convocada por un Comité Nacional en Nablus y rápidamente se expandió a ciudades como Jerusalén, Jaffa y Haifa, uniendo a trabajadores, campesinos y líderes urbanos bajo el Alto Comité Árabe.

El contexto histórico se remonta al final de la Primera Guerra Mundial, cuando el Imperio Británico asumió el Mandato sobre Palestina en 1920, prometiendo en la Declaración Balfour de 1917 un "hogar nacional" para el pueblo judío, mientras ignoraba las aspiraciones independentistas árabes.

Desde 1920, oleadas de inmigración judia acompañada con un fuerte armamento, desde fusiles, torretas de vigilancia, camiones, y máquinas de demolición para viviendas de los palestinos junto a los hospitales y escuelas,  procedentes de Europa Central, que nunca habían tenido vínculos con la tierra palestina ni con los pueblos semitas, fueron impulsadas por el sionismo y aumentaron la población judía del 11% al 30% en 1936.

Compraron tierras a terratenientes árabes, tomaron tierras cambiando el marco legal de los catastros y los registros de propiedad privada por otros adulterados y desplazaron a miles de campesinos palestinos (fellahín) mediante la apropiación de tierras y el asesinato por parte de terroristas sionistas, colonos ultras y mercenarios sionistas. Se apoderaron de empresas capitalistas y provocaron desempleo masivo y resentimiento palestino; no contrataron trabajadores palestinos, solo sionistas.

Las causas inmediatas incluyeron la crisis económica mundial de la década de 1930, exacerbada por la Gran Depresión, que afectó severamente a la agricultura palestina, y disturbios anteriores como los de 1929 y octubre de 1933 contra la inmigración y los armamentos sionistas. 

El detonante, después de soportar durante años robos de tierras, incursiones de bandidos y colonos armados, incendios de aldeas y asesinatos de civiles desarmados, fue el tiroteo sionista en Jaffa el 15 de abril de 1936, seguido de represalias árabes contra judíos y británicos, que culminaron en la huelga indefinida declarada cinco días después.

El desarrollo de la revuelta se divide en fases claras. La primera fase (abril-octubre de 1936) fue predominantemente pacífica: la huelga general paralizó el comercio, el transporte y los puertos, con manifestaciones masivas en Jerusalén (hasta 2.000 personas) y sabotajes a la infraestructura británica y judía. El Alto Comité Árabe, liderado por el muftí Amin al-Husseini, coordinó boicots y exigió un gobierno nacional palestino, la independencia y el cese de la inmigración sionista y armada. 

Los británicos respondieron con "regulaciones de emergencia", enviando 20.000 soldados, declarando la ley marcial, utilizando escudos humanos palestinos contra minas, torturando prisioneros y demoliendo viviendas, asesinando a cientos de personas en represalia. Tras seis meses de deterioro económico —que dejó exhausta a la población árabe—, los líderes de la llamada burguesía nacional y la teocracia de los países árabes vecinos (Irak, Egipto y Arabia Saudí) presionaron para detener la huelga, y el 11 de octubre de 1936, el Alto Comité la suspendió por orden real, a la espera de las concesiones de una comisión investigadora.

La segunda fase (1937-1939) intensificó la guerra de guerrillas: ataques contra asentamientos judíos, oleoductos y patrullas británicas por parte de bandas rurales (fasa'il) lideradas por figuras como Abd al-Qadir al-Husayni y Abu Yilda. Los británicos intensificaron la represión con 30.000 soldados, campos de concentración para más de 9.000 palestinos y ejecuciones sumarias, destruyendo aldeas enteras. La Comisión Peel de 1937 recomendó la partición (Estado judío, zona árabe y británica), rechazada por los árabes; la Comisión Woodhead la desestimó en 1938. El punto álgido fue la "Semana de la Bomba Negra" en julio de 1938, pero la revuelta fracasó debido a las divisiones internas en el liderazgo nacionalista, los infiltrados y la brutalidad británica, y finalizó oficialmente en septiembre de 1939 con el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Esta revuelta exacerbó la crisis del Imperio Británico, ya debilitado por la Depresión y preparándose para una guerra global. Palestina costó miles de millones en tropas y recursos, lo que puso de manifiesto la insostenibilidad del Mandato. Gran Bretaña enfrentó revueltas simultáneas en India (1930), Irlanda y Egipto, con deudas de guerra y la pérdida de aliados árabes clave para el petróleo iraquí y egipcio.

Tras la crisis, la solicitud formalizada en el Libro Blanco de 1939 tuvo una vida efímera: limitó la inmigración judía a 75.000 personas en cinco años y prometió la independencia en diez, traicionando al sionismo y acelerando la radicalización judía (Irgún, Lehi). La revuelta mató a unos 5.000 palestinos (80% civiles), 400 judíos y 200 británicos, destruyendo la dirección política nacionalista palestina (2.500 líderes exiliados o fallecidos) y su economía, facilitando la Nakba de 1948.

Hoy, la Gran Revuelta sigue vigente como símbolo de la resistencia palestina y la Huelga General, inspirando movimientos como las Marchas del Retorno de 2018 en Gaza (con más de 150 muertos). Refleja las reivindicaciones y la lucha constantes contra el genocidio actual: el fin de la ocupación, la autodeterminación y la lucha contra los asentamientos, en un conflicto que ha matado a más de 40.000 palestinos desde octubre de 2023.

A medida que Israel expande sus asentamientos (más de 700.000 colonos en Cisjordania y Jerusalén Este para 2026), la huelga de 1936 resuena en las protestas globales y en los fallos de la CIJ contra la ocupación ilegal, subrayando los ciclos de represión británico-israelí y la lucha palestina por la soberanía en el siglo XXI. Muestra cómo una huelga general condujo a la derrota de uno de los imperios más sangrientos del mundo, como el británico, y la necesidad, tanto pasada como presente, de una mayor unidad internacional de los trabajadores: el imperio yanqui y los sionistas genocidas deben ser derrotados.

Los trabajadores y campesinos palestinos desempeñaron un papel central y decisivo en la Gran Huelga y la Revuelta Palestina de 1936-1939, actuando como vanguardia espontánea y fuerza impulsora del levantamiento contra el Mandato Británico y el sionismo. 

Desde que estalló la huelga el 15 de abril de 1936 en Jaffa, tras el asesinato de cuatro palestinos por colonos judíos, los trabajadores portuarios, los conductores de autobús y los trabajadores urbanos de Haifa y Jaffa declararon una huelga general el 20 de abril, paralizando puertos, ferrocarriles y mercados durante seis meses. 

Los campesinos sin tierra (fellahin), desplazados por las ventas masivas de propiedades de los terratenientes palestinos y árabes a los sionistas (que aumentaron del 2% en 1920 al 7% en 1936), se unieron en masa y formaron comités locales en Nablus y en las aldeas rurales antes de que intervinieran las élites urbanas, como el Alto Comité Árabe.

Esta fase inicial no violenta reflejó su acción proletaria, boicots al "trabajo sionista" exclusivo y sabotajes a la infraestructura británico-sionista, drenando la economía colonial. 

En la segunda fase (octubre de 1937-septiembre de 1939), los campesinos lideraron la resistencia armada, organizados en fasa'il (grupos rurales de 50 a 150 hombres) bajo líderes como Abd al-Qadir al-Husayni y Abd al-Rahim al-Hajj Muhammad. Atacaron patrullas británicas (30.000 soldados), oleoductos y asentamientos judíos en Galilea y el Triángulo, empleando tácticas de guerrilla desde cuevas y olivares, con miles de voluntarios fellahin que proporcionaban inteligencia y logística local a pesar de la hambruna causada por la represión.

Los trabajadores árabes, marginados por políticas salariales discriminatorias (el salario mínimo árabe era un 20% inferior al judío), saboteaban fábricas sionistas como Nesher y Shemen, mientras el predicador Izz ad-Din al-Qassam inspiraba a los proletarios hacinados en los barrios bajos de Haifa. 

Su superioridad numérica y su acción de masas (el 80% de las 5.000 bajas palestinas eran civiles rurales) les obligaron a hacer concesiones como el citado Libro Blanco de 1939, pero hubo divisiones de clase (feudales contra campesinos) y represión británica (9.000 aldeas internadas y dinamitadas) que les diezmaron, debilitando la sociedad palestina anterior a la Nakba. 

En 1938, durante la "Semana de la Bomba Negra", los campesinos coordinaron 1.000 ataques mensuales, exponiendo la vulnerabilidad imperial. Hoy, su modelo de huelgas prolongadas y guerrillas campesinas inspira intifadas y protestas en Gaza, donde la solidaridad de los trabajadores portuarios, al igual que la de los italianos, ha provocado boicots contra el bloqueo y ha obligado a Trump a ceder por ahora, incluso mientras continúa la masacre de civiles a manos de los sionistas.

Las principales reivindicaciones del Alto Comité Árabe durante la Gran Revuelta de Palestina (1936-1939) se centraron en tres pilares fundamentales: el cese inmediato de la inmigración judía, la prohibición de la venta de tierras a los colonos sionistas y la creación de un gobierno nacional independiente dirigido por los árabes palestinos.

Sus demandas fueron expresadas en un ultimátum oficial a las autoridades británicas el 20 de abril, vinculando la huelga indefinida a la satisfacción de dichas demandas, lo que reflejaba el rechazo al Mandato Británico y a su política prosionista derivada de la Declaración Balfour de 1917. Estas demandas no surgieron de la nada, sino de las tensiones acumuladas por la masiva inmigración judía (del 11% al 30% de la población entre 1922 y 1936) y la desposesión de tierras a los fellahin por ventas a la Agencia Judía.


 -Exigieron la suspensión inmediata e indefinida de las entradas sionistas armadas, vistas como una amenaza existencial que alteraba la demografía árabe mayoritaria (90% en 1922) y facilitaba la "colonización hebrea".


- Prohibición de transferencias de tierras, Querían vetar cualquier venta o arrendamiento de propiedades a judíos, protegiendo así la base económica campesina palestina contra adquisiciones que pasaron del 2,5% al ​​6,6% del territorio entre 1920 y 1936.


- Gobierno nacional árabe: Exigieron un parlamento electo, la plena independencia bajo soberanía palestina y el fin del Mandato, inspirados en las luchas anticoloniales de Egipto e Irak.


Estas demandas se reiteraron en negociaciones fallidas, como la suspensión temporal de la huelga el 11 de octubre de 1936 a través de la mediación de los líderes árabes vecinos, en espera de concesiones de la Comisión Peel (1937), cuya propuesta de partición fue rechazada por el Comité.

Los británicos ignoraron el ultimátum inicial y respondieron con represión militar (20.000 soldados, ley marcial). Sin embargo, las exigencias obligaron a revisiones políticas. La Comisión Peel recomendó limitar la inmigración, aunque su plan de partición (un estado judío del 20% del territorio) fue calificado de "injusto" por el Comité, que exigía soberanía total. El Libro Blanco de 1939 concedió parcialmente la medida al limitar la inmigración a 75.000 personas en cinco años y prometer la independencia en diez. Sin embargo, esto no se materializó tras la disolución del Comité en 1937 debido a los exilios masivos y las detenciones. Estas posturas radicalizaron la revuelta hacia la fase guerrillera, debilitando al movimiento obrero palestino, pero sentando un intento de facción burguesa conciliadora y precedentes para las actuales demandas de autodeterminación en la ONU.

La huelga general palestina de 1936, parte de la Gran Revuelta Árabe (1936-1939), fue derrotada por una combinación letal de brutal represión militar británica, divisiones internas de la burguesía palestina, agotamiento económico y laboral, y presiones diplomáticas externas que desmovilizaron el movimiento en sus inicios. Esto se debió a su liderazgo nacionalista, que posteriormente lo llevó a convertirse en un colaborador clave del sionismo en la represión interna, al igual que la actual Autoridad Palestina. Es evidente que su fracaso debe ser superado por un liderazgo de izquierda; de lo contrario, conducirá a la sustitución del nacionalismo actual por otro falso nacionalismo.

La fuerza represiva del imperialismo fue muy fuerte desde octubre de 1936, pues el sionismo conocía lo que estaba en juego y la posibilidad de crear el ejército sionista más poderoso del mundo y un estado artificial. Tras la suspensión temporal de la huelga, los británicos desplegaron hasta 30.000 soldados y 10.000 policías auxiliares judíos, imponiendo "regulaciones de emergencia" con tortura sistemática, la demolición de 2.000 viviendas, el uso de civiles como escudos humanos contra minas y la ejecución sumaria de 108 líderes rebeldes. Esta ofensiva culminó en 1938-1939, destruyendo 40 aldeas y asesinando a 5.000 palestinos (80% civiles), mientras que los campos de internamiento albergaron a 9.000 prisioneros, lo que redujo la capacidad operativa de las guerrillas campesinas de Fas'il.

La élite de un intento de  burguesía que intentó formar el Alto Comité Árabe, liderada por el Mufti Amin al-Husseini, negó la unidad en un mando único para la huelga general y la posibilidad de crear partidos obreros independientes, y también se desconectó de las bases campesinas y obreras que iniciaron la huelga espontáneamente; las rivalidades de clanes (Nashashibi vs. Husseini) generaron infiltrados y traiciones, fragmentando la dirección tras la disolución del Comité en 1937 debido a los exilios masivos (2.500 dirigentes deportados). 

Además, la falta de una milicia unificada y de armamento moderno (en comparación con la Haganá judía bien equipada) permitió que la revuelta pasara de una huelga de masas a una guerrilla descoordinada con sólo 1.000 ataques mensuales sin un comando único.

Seis meses de huelga paralizaron la economía árabe (puertos, ferrocarriles, cítricos) y, sin una política de reagrupamiento con perspectiva de clase, provocaron hambruna, desempleo masivo y deserción voluntaria entre los exhaustos fellahin, agravados por los boicots británicos a las exportaciones palestinas. La población rural, base de la resistencia, quedó devastada: 15.000 heridos, el 10% de los hombres adultos discapacitados, la economía agrícola se desplomó y la élite económica burguesa quedó diezmada, impidiendo la recuperación antes de la Segunda Guerra Mundial.

El 11 de octubre de 1936, los líderes árabes conservadores y la teocracia (reyes de Transjordania, Irak, Arabia Saudita y Yemen), ante el colapso y la posibilidad del colapso del Imperio Británico, tanto dentro como fuera de la guerra mundial, ordenaron detener la huelga debido a la presión británica, temiendo el radicalismo panárabe y priorizando la estabilidad petrolera. Esto permitió a Gran Bretaña reagruparse. La crisis imperial —revueltas simultáneas en India e Irlanda— y los preparativos para la guerra contra Hitler obligaron a hacer algunas concesiones en el camino, pero la revuelta ya estaba reprimida, dejando a Palestina vulnerable a la Nakba de 1948.

Con esta experiencia, los métodos y programas de los partidos obreros que luchan por la huelga general en Palestina e Israel son más eficaces que nunca para aplastar el imperialismo yanqui, el nacionalismo israelí, el sionismo y el arabismo, que solo buscan desmoralizar a los trabajadores, y que no experimenten una dirección propia, ya sea con el voto o con la lucha. Por lo tanto, es necesario recuperar la moral con tribunos y partidos obreros que se enfrentan al imperialismo y a sus cómplices nacionalistas.

Por la Unión Socialista del Medio Oriente, por la hermandad de los trabajadores israelíes y palestinos contra sus teocracias burguesas y nacionalistas, por la devolución total de las tierras ocupadas por los bandidos sionistas y genocidas a los trabajadores palestinos.




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