El genocidio laboral en Enfermería de los tiempos de Mileii
Burnout en enfermeras: ¿Enfermedad silenciosa o violencia estatal deliberada de Milei?
Por Raúl Valle
En las trincheras invisibles de los hospitales argentinos, las enfermeras no sólo combaten enfermedades, sino una guerra silenciosa contra el agotamiento total que las devora vivas, un fenómeno que el artículo de Rodrigo Torres de 2023, titulado “Burnout: ¿Enfermedad profesional o violencia laboral?”, expone con brutal crudeza no como un simple desgaste individual, sino una forma sistemática de violencia ejercida por el Estado liberal de Milei.
La nota periodística publicada en un medio de enfermería, muestra a un profesional exhausto tirando simbólicamente su uniforme a la basura, hay que decir, aunque la nota no profundice, que se da en un contexto donde los políticos de Javier Milei y macristas, con complicidad peronista, desconocen por completo el profesionalismo de estos héroes anónimos, relegándolos a la precariedad absoluta y agudizando las consecuencias del COVID-19 que aún sangran en sus cuerpos y mentes.
No se trata de una mera queja: es un grito de auxilio ante un sistema que transforma el cuidado de la vida en un martirio laboral, donde el burnout se presenta como un síndrome de burnout, caracterizado por agotamiento emocional, despersonalización y baja realización personal, pero Torres lo redefine como una consecuencia directa de condiciones laborales abusivas que incluyen salarios de pobreza, ratios enfermera-paciente deshumanizantes de 1:10 o peores, turnos interminables de 12 horas sin respiro, falta de insumos básicos y una invisibilidad profesional que data de décadas atrás, agravada por la pandemia que dejó a miles de trabajadores de la salud con secuelas físicas como fatiga crónica, problemas respiratorios persistentes y daño neurológico, junto con profundos traumas psicológicos como el trastorno de estrés postraumático (TEPT), ansiedad crónica y depresión mayor.
Imaginemos a las enfermeras que durante el pico de la COVID-19 en 2020 atendieron a cientos de pacientes intubados al día, expuestas sin la protección adecuada, viendo morir a decenas sin electricidad ni despedirse de sus familias, para luego enfrentarse a la discriminación social -llamadas "superinfecciosas"- y a un Estado que les daba palmaditas en la espalda mientras recortaba presupuestos y a una clase media pedorra que pedía aplausos e ignoraba los aumentos salariales; un estudio reveló que el 38,7% sufría de alto burnout, el 40,5% de ansiedad y el 22,1% de depresión, con un 4,5% reportando ideación suicida frecuente, cifras que no son casualidad sino fruto de una sobrecarga que persiste en 2026 bajo el gobierno de Milei.
Casos trágicos salpican esta realidad: en Mar del Plata, una enfermera de 38 años se suicidó en 2020 mientras padecía coronavirus, abrumada por el peso de la profesión; informes de 2025 registran más de 11.000 intentos de suicidio en Argentina, con despidos masivos en hospitales públicos -como los 130 de El Posadas- que afectaron directamente a las enfermeras, muchas de las cuales se reincorporaron después del macrismo solo para ser devueltas en una "masacre sanitaria" que Torres describiría como pura violencia.
La pandemia no solo contagió cuerpos: el 96% de las enfermeras en contacto directo contrajo el virus, el 14,3% con secuelas de COVID como disnea persistente y niebla mental, pero el verdadero veneno es estructural: pluriempleo forzado porque un salario no alcanza para la canasta básica, falta de apoyo psicológico institucional y políticas que niegan el estatus profesional de la enfermería, excluida de leyes como la 6035 en CABA desde 2018, dejando salarios por debajo de la pobreza extrema.
Torres argumenta con precisión quirúrgica que no se trata de una patología individual, sino de una violencia laboral oculta: el burnout surge de entornos tóxicos donde se desconoce la autonomía profesional, se humilla con tareas subordinadas y se precariza vía contratos basura, un patrón que Milei acelera con DNU que limitan huelgas, recortes presupuestarios del 30% en salud y declaraciones donde se jacta de ser "cruel" con los empleados públicos "sucios", mientras Jorge Macri en CABA incumple promesas electorales de reconocimiento salarial, provocando masivas protestas de enfermeros porteños que reclaman ser vistos como profesionales, no como trabajadores descartables. Y los sindicatos con dirección peronistas como SUTECBA mantiene a los trabajadores de enfermería fuera de encuadre profesional y los pone como administrativos y los extorsiona con módulos.
En cuidados intensivos, más del 80% presenta burnout moderado-alto debido a ratios imposibles de 1:3, escasez de personal post pandemia y estrés acumulado que lleva a errores clínicos, renuncias y, en los peores casos, al borde del suicidio; estudios mexicanos y locales confirman que el acoso laboral -mobbing- y la falta de resiliencia organizacional multiplican el riesgo en 300%, siendo las enfermeras jóvenes menores de 30 años las más vulnerables.
¿Y las consecuencias de la COVID? No son anécdotas, el cansancio que te impide caminar después de tus turnos, el insomnio que destruye familias, el alcoholismo y el tabaquismo que se han disparado hasta un 40% como mecanismos de afrontamiento fallidos, la discriminación que te aísla socialmente y un sistema de salud mental colapsado por los mismos recortes que están despidiendo a sus terapeutas.
Milei y los cómplices peronistas personifican esta violencia, el primero con ajustes que desmantelan los hospitales públicos, cerrando camas y despidiendo a quienes sostienen el sistema; el segundo con la precariedad laboral galopante en Buenos Aires, donde las enfermeras protestan en la calle contra los salarios de hambre y la falta de jerarquías que reconozcan su experticia en cuidados críticos, farmacología y manejo de emergencias.
Torres pide un cambio paradigmático: declarar el burnout como enfermedad profesional por una compensación justa, jubilación anticipada, 6 horas de trabajo por salud, implementar ratios legales de 1:2 en las UCI, invertir en salud mental laboral con psicólogos dedicados y, sobre todo, una ley nacional de ejercicio profesional que dignifique la carrera, sistemáticamente vetada por gobiernos que priorizan los mercados sobre las vidas.
En 2026, con presupuestos de salud mental por debajo del 5% del total –los más bajos de la región–, los intentos de suicidio se intensifican, sindicatos como ATE y FATSA unifican fuerzas pero chocan con sus direcciones conciliadoras y con un modelo que ve al trabajador público como el enemigo; la imagen del enfermero quitándose el uniforme no es una metáfora, sino la profecía de un éxodo masivo si no se revierte esta violencia.
Se necesita una rebelión laboral en lugar de una reforma laboral: sociedad y sindicatos presionan por equidad salarial (un mínimo de $1,000,000 ajustado a la inflación), educación continua post COVID y reconocimiento como una carrera universitaria, no una subprofesión; de lo contrario, el agotamiento devorará generaciones de cuidadores, dejando un sistema de salud desmoronado donde Milei cosechará los cadáveres para privatizar la salud.
No se trata de un agotamiento aislado, es la posibilidad del genocidio lento de la enfermería argentina.
Hagamos propia una victoria sobre Milei con una huelga general de la salud y cuidemos a los profesionales y trabajadores de la salud juntos a los familiares de los pacientes.

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